Emprendimiento

16 de Marzo de 2012

Braudel, teta que da de mamar en algún momento a todos los historiadores, define al empresario de una manera muy escueta. Aquel que en Colombia ahora se define (autodefine, normalmente) como constructor de país es, para el historiador francés, un organizador. No dice mucho más. Pero me gusta más la definición de papá Braudel, sobre todo porque, a diferencia de la otra, da a entender algo.

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Hacer cualquier cosa, organizar la hechura de algo, es como hacer camisetas. Ser empresario es como hacer camisetas. Cuando hice camisetas con otra gente —es decir, cuando fui empresario—, sencillamente buscamos «camisetas» en el directorio, llamamos y averiguamos quién nos hacía el trabajo más barato. Después preguntamos qué colores tenían y nos hablaron en términos fáciles de comprender: «el rojo, el azul, el amarillo». ¿No tiene negro? «No, es que el negro no circula tanto». Entonces no se puede hacer negro esta vez. Cagada y otra vez será. «Usemos azul oscuro en vez de negro, la gente no se da cuenta».

Cuando llegamos con la camiseta azul la gente pregunta por la camiseta negra y decimos que se agotó. Y eso es parcialmente cierto: se agotó antes de que la compráramos nosotros. Unos lo piensan dos veces y la compran. Otros saben bien qué quieren y no hacen negocio. No nos hacen el negocio. Al final se venden muchas camisetas y disfrutamos la aventura. (A estas aventuras ahora le dicen emprendimiento porque la palabra tiene al mismo tiempo un significado con sabor a irse de aventuras a territorios desconocidos pero un significante afín a la seriedad que supuestamente tiene una sociedad anónima o compañía limitada.)

Después queda el sabor de que lo que se hizo no se parece tanto a lo que se buscaba, de que se quiere mejorar el producto. Esa vez había que hacerlo rapidito y facilito porque Rock al Parque era la semana siguiente y la oportunidad estaba ahí y no se podía dejar ir porque así son los negocios. Pero cuando se llama de nuevo la respuesta es la misma de la vez pasada: «el azul, el rojo, el verdelimón, del verdecali de pronto hay algunas, el amarillo…». ¿Y no tienen amarillo ocre? «No, señor. Es que ese no circula». ¿Azul rey? «No se vende casi». ¿Verde oliva? «De pronto nos llega un pedido». ¿Vinotinto? «No, pero hay turquesa, que lo lleva mucho». ¿Gris? «Ja ja ja, ¿quiere parecer un ratón?».

Digamos que se logra averiguar cuánto cuesta un rollo de tela. Pero después de hacer cuentas, alcanzaría para hacer un millón de camisetas. Un millón de camisetas blancas con el logo de la administración de turno. O un millón de camisetas negras, aquel color que no se vende casi, para tenerlas guardadas, quién sabe en dónde, por toda la eternidad.

La alternativa es negociar los acabados. ¿Realmente tiene que ponerle cuatro capas de plastisol a la camiseta para que quede agrietada? «Claro, porque si no se va a ver la tela». ¿Si le digo que esa capa del estampado va con PMS 209 usted me entiende? «Sí, tranquilo que aquí le dejamos ese morado igual así como el que usted puso». Trajimos esta camiseta que conseguimos en otro lado más barata… «No, señor, es que esa es tela burda. Vea: puede ver a través. En cambio la nuestra es tela de excelente calidad, que abriga, véala a trasluz, no puede ver nada, es como cuero». ¿Y el cuello tiene que ser de un centímetro de diámetro y no dejar respirar? «Claro, es un cuello de calidad, que no se desjeta, con triple refuerzo que se fija bien al cuello y le va a durar toda la vida, más que la tela de la camiseta».

No es fácil hacer camisetas. O sí es fácil, pero hay que ser chambón. Pero no una vez, no un poquito, sino eternamente chambón porque nadie sabe nada sobre el otro lado y nadie del lado del triste empresario, el organizador, tiene el suficiente poder para cambiar las circunstancias. Si se quiere hacer camisetas bonitas hay que esperar que alguien importe camisetas bonitas de China. O podría importarse una tela de tal color y mandar a hacer la camiseta en un taller en Bellavista que quién sabe si siga ahí la próxima semana. Y la camiseta ya no costaría tanto sino dos veces tanto. O tres. Tal vez un día se habrán vendido suficientes camisetas chambonas para haber reunido suficiente dinero para cambiar las circunstancias.

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Hacer libros es como hacer camisetas: hay que buscar en el directorio a ver qué tienen. Pero casi todos tienen lo mismo porque muy poca gente produce o importa bobinas de papel o tiene máquinas litográficas pequeñas y mucho menos rotativas. Todos tienen lo mismo, es decir, bond blanco o beige (o equivalente propalibros), propalcote y, de pronto, propalmate. Y por consiguiente casi todos hacen lo mismo.

Las cosas no cambian mucho si uno hace salida de campo a las plantas. Allá el gerente de calidad solo sabe que en su máquina entran papeles de tales gramajes. Después es fácil darse cuenta de que es el gramaje del papel que les sale más barato importar: por eso nos dicen. Siempre nos dirán, por eso, que muchas cosas no se pueden hacer. A veces no «se puede» porque no es razonable económicamente para ellos. Por ejemplo, un formato con un centímetro menos de lo normal. O un troquel. A veces no «se puede» porque eso nadie nunca lo ha hecho antes y es imposible que a alguien se le haya ocurrido. Por ejemplo, imprimir el otro lado de una carátula. «¿Con un color de proceso? ¿Por qué? ¿Para qué? No entiendo, no entiendo, ¡no entiendo!». O barnizar los filos de las páginas. O encuadernar con cartón burdo de esqueleto de bloc.

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¿Cuántas camisetas chambonas hay que hacer antes de poder hacer camisetas como las que uno siempre quiso hacer? ¿Cuántos libros convencionales, intrascendentes o cuántos best-sellers vergonzosos? ¿Cuánto arroz chino hay que vender antes de poder montar el restaurante con concepto e ingredientes de primera calidad que uno siempre soñó?

Siglas

6 de Marzo de 2012

Acabo de tener una discusión con mi jefe porque «tercamente» cambié la grafía de una sigla en un documento. La sigla no era cualquier cosa pues es el nombre de un tipo de documento que todos los institutos de investigación adscritos o vinculados al Ministerio de Ambiente deben crear. El nombre del documento es Plan Institucional Cuatrienal de Investigación Ambiental y suelen llamarlo Picia o PICIA. Mi jefe dice que debe usarse la primera forma mientras yo me inclino por la segunda.

Según mi jefe, que sigue el Diccionario Panhispánico de Dudas, cualquier sigla de más de cuatro letras debe escribirse como un siglónimo. Un siglónimo es una sigla que se vuelve palabra, de manera que los siglónimos se escriben usando minúsculas. Un ejemplo es Unicef, sigla que corresponde a United Nations International Children’s Emergency Fund. En consecuencia debería ser Picia porque es una sigla de más de cuatro letras que además puede leerse como se escribe, como una palabra; de hecho la palabra picia está en el diccionario de la Real Academia.

Mi lógica es más sencilla pues tiene una sencillez que le falta cada vez más a la Real Academia a la hora de reglamentar el idioma. Para mí, si es sigla (es decir, si cada letra corresponde a la inicial del nombre, por ejemplo ONU, FARC), va en mayúscula, aun si puede o no leerse como se escribe, aun si tiene más de cuatro letras. Y si es un acrónimo (es decir, la palabra usa varias letras de cada palabra, como en el caso de Ingeominas o Ecopetrol), va en minúsculas.

Pero la verdad es que mi jefe tiene razón porque sigue la norma: «Las siglas que se pronuncian como se escriben, esto es, los acrónimos, se escriben solo con la inicial mayúscula si se trata de nombres propios y tienen más de cuatro letras … o con todas sus letras minúsculas, si se trata de nombres comunes». Así que el problema podría ser otro: ¿es Picia o es picia? ¿El Plan o el plan? ¿El Plan del Instituto Humboldt o el plan de uno de los institutos adscritos o vinculados al Ministerio de Ambiente? ¿Cuándo el plan es un nombre propio?

(Bueno, definitivamente no es Farc ni Onu, como escriben en Semana o El Tiempo.)

Estas preguntas pendejas suelen no serlo cuando uno es el gestor del lenguaje en general y del institucional en particular. Esas mayúsculas acaban proyectando valores y significados o tienen desempeños tipográficos que producen efectos agradables o desagradables. Por ejemplo, se espera de un diseñador con sensibilidad tipográfica que use versalitas en vez de mayúsculas a la hora de componer siglas.

Al final quedará Picia, con mayúscula, porque corresponde a que siempre hablamos del Plan Institucional, con mayúscula.

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El inglés es una lengua de palabras cortas, casi siempre monosílabas, y su desempeño es como el de una lengua aglutinante: sin género, sin declinaciones, casi sin preposiciones, una misma palabra puede ser sustantivo, verbo, adjetivo y adverbio. Parece natural que conviertan palabras largas en sílabas y un conjunto de palabras en siglas o acrónimos. Parece que les resultara insoportable usar palabras enteras, por lo que el latín y el griego han padecido la descriteriada y asemántica tijera del inglés corriente en nombre de la economía del lenguaje: bus, dino, mini, tech, holic, matic, icious, etc. En español parece ser una costumbre cada vez más frecuente: el súper, la bici, el cole, deli, etc.

Las siglas también toman cada vez más fuerza en el español, en los ámbitos de la academia y de las organizaciones. Los documentos, los procesos y los cargos dejaron de llamarse por sus nombres. Me parece innecesario, me parece que empobrece el lenguaje, nos pone a hablar como bebés balbuceantes. Y tipográficamente aparecen adefesios como D+T o CyT. Mi opinión respecto al uso de siglas es que solamente deben usarse para los nombres propios o para expresiones demasiado largas, como las que ocuparían todo un renglón o más.

El otro lado de las cosas es que las siglas han desplazado a las abreviaturas, que eran originalmente soluciones taquigráficas (tienen su origen en los procesos jurídicos, como casi todo lo que tiene que ver con escritura) y que son la pesadilla de los que tienen que verse con paleografía o la composición tipográfica. Por las abreviaturas existen los nombres de las notas musicales o las voladitas.

Adenda: Según Fernando Ávila, las siglas deberían escribirse siempre en mayúsculas con el fin de distinguirlas de palabras homónimas. Y pone como ejemplo SOPA. Gracias a Julián Ortega por este dato.

Entrevista

23 de Febrero de 2012

El 30 de septiembre de 2011, a raíz de la encuesta sobre ajiacos ideales (cuyos resultados todavía me comprometo a publicar algún día, mientras tanto contribuyan, el formulario sigue abierto) me entrevistaron en Radio Nacional de Colombia sobre el ajiaco, su historia y sus costumbres. Esta es la transcripción de la entrevista, un favor que me hizo Paola Vargas.

Juan Pablo Calvás — El verdadero nombre del Juglar del Zipa es Miguel Olaya y está con nosotros a esta hora para hablar del ajiaco porque resulta, Deisa [Rayo], que este hombre es un investigador del ajiaco. Es lo que llamaríamos un ajiacólogo, un experto en ajiacos.

Andrés Amador — O sea que me va a regañar.

JPC — Pues cuando le contemos que usted le echa arracacha, arvejas, zanahoria y costilla de res a su ajiaco le va a dar un colapso nervioso. Y que el color es rojo.

AA — ¿Así dije yo?

JPC — No. Lo del color no, pero lo de la arveja, la arracacha y zanahoria, sí. Miguel Olaya, buenos días. Bienvenido a Radio Nacional.

Miguel Olaya — Buenos días. ¿Cómo están?

JPC — Bueno, señor, hablemos del ajiaco. Primero que todo, ¿por qué razón hace usted una encuesta sobre el ajiaco ideal?

MO — Porque yo quiero entender cuál es la diferencia de criterios de la gente. La gente se imagina algo cuando piensa en ajiaco pero estas ideas son muy diferentes entre sí y cada uno cree que es una válida. Yo personalmente creo que tiene que ser así porque además hay muchas variantes del ajiaco. Pero quería tener la certeza. (Bueno, con esta encuesta no voy a tener la certeza, solamente una idea de qué es lo que la gente está pensando.) Y, en particular, porque quiero saber dónde está mi versión del ajiaco dentro de todas esas ideas.

JPC — Claro, pero entonces usted está haciendo como… algo parecido a lo que pasaba en un concurso de televisión hace un tiempo, Cien colombianos dicen. Entonces, lo que diga la gente. ¿Pero eso puede llevar a la receta original, a la receta del ajiaco ciento por ciento ajiaco?

MO — El problema de eso es que no hay una receta original o única de ajiaco porque ajiaco es una palabra genérica que es equivalente a sancocho. Ajiaco es cualquier sopa con tubérculos y carnes. Incluso hay versiones con plátano.

JPC — ¿Pero cómo así? ¿Y entonces en qué momento se convierte en lo que conocemos? ¿O por qué razón nosotros tenemos una asociación directa a ajiaco hacia esa sopa pero en realidad es un sancocho?

MO — Porque en algún momento una de estas versiones, de estas variantes de ajiaco, se vuelve la versión establecida. Eso toca ver cómo se fue generando. Lo que sí podemos decir es que la primera referencia a un ajiaco parecido a lo que probablemente todos tenemos en mente cuando pensamos en ajiaco solamente aparece en un libro de recetas llamado Manual práctico de cocina para la ciudad y el campo, que es de 1923, o sea que es bastante reciente. E incluso esa versión tiene un aspecto raro y es que dice que hay que espesarlo con calados, como una changua. Pero la que más, más se parece —o sea, una sopa de papa con pollo y alcaparras, por definirlo así— aparece en 1937. O sea que es una versión al parecer muy reciente. Quien sabe en qué momento apareció el primer ajiaco parecido al que usualmente conseguimos, pero esto es la primera pista que tenemos, digamos, la que queda consagrada en un libro, como una versión oficial.

Deisa Rayo — Quería preguntarle si usted tiene, de pronto, una medición más bien por lo rico. Es decir, finalmente la comida se califica es por el sabor. Entonces, dentro de esa receta, ¿cuál es el ajiaco más rico, el que tiene qué ingredientes? De pronto usted no ha hecho esa medición por ese lado y no por la originalidad o por, no sé, o por la creatividad.

MO — Eso sería otro tipo de investigación, otro tipo de preguntas. En la encuesta yo incluí la pregunta sobre cuál es su paradigma de ajiaco y supongo que con esa pregunta también estoy resolviendo cuál es el que le parece más rico.

JP — Pero pues es que aquí todos dijimos “mi mamá”. Yo no sé. Manuel, ¿el suyo es el de su mamá?

AA — Es una referencia.

Manuel Arias — Es el de mi mamá, sí.

JP — Claro, pues es que el mejor ajiaco es el de la mamá de uno.

MO — Sí, mucha gente ha dicho eso. Y yo puedo decir que el ajiaco que yo hago es una versión modificada de la que me dio mi mamá por lo mismo, porque me parecía muy bueno. Aunque haya otros referentes. Pero volviendo a esto, también preguntando qué es lo que uno espera que vaya en el plato se puede entender qué tipo de sabores se van a parecer más a eso rico que uno tiene en mente. Por eso hablo de ajiaco ideal. Y los ingredientes, los sabores que predominan, la textura, todo eso es lo que le da forma al ajiaco rico. Pero ya tocaría buscar todos los ajiacos, todos los posibles ajiacos reales, y no estos ajiacos teóricos, y ponerse a calificar con algún criterio. A mí eso me parece realmente muy difícil.

AA — Claro, muy subjetivo.

MO — También porque lo que a uno le parece rico a otra persona no.

AA — ¿Es decir que mi ajiaco, el sancocho trifásico con todos los juguetes, es como el abuelito del ajiaco?

JPC — Sí, le está hablando Andrés Amador el que le echa arracacha, arvejas y zanahoria al ajiaco.

AA — No, no. En mi casa le echaban eso. Yo ni siquiera el huevo lo sé hacer.

MO — No sé si sea un abuelito porque además hay todas estas versiones que coexisten.

AA — El eslabón perdido, tal vez.

MO — Pues lo que le puedo decir es que en la versión del siglo XVI, en unas crónicas de conquista, hablan de echarle carne de venado y carne de chivo, plátano, yuca. O sea, nada que se le parezca al ajiaco actual. Actualmente hay unas cinco variantes que combinan cuatro ingredientes básicos. Entonces estas versiones son: solo papa; papa, arracacha, zanahoria y arveja; papa, arracacha y zanahoria; papa, arracacha y arveja; y papa y arveja.

AA — Miguel, ¿se puede hablar de que el ajiaco, como muchos platos en cada región, adoptó las costumbres, la culinaria y los productos de la zona? O sea, hay ajiaco bogotano, el tradicional, el que aparentemente conocemos, ¿pero también habría ajiaco en el Tolima, ajiaco en la costa, ajiaco en cualquier región del país?

MO — Sí. Existen recetas de ajiacos boyacense, cartagenero, tolimense y santanderano. Todos tienen en común, como ya dije, que son una sopa de alguna carne con algún tubérculo, una cocción húmeda de esos ingredientes. Ahí las preguntas que hay que hacerse es cómo se fueron definiendo, cómo se usaron esos ingredientes, es decir, cuál es la razón de usarlos. Y en concreto el ajiaco en su variante bogotana o santafereña usa ingredientes que en algún momento fueron bastante caros, pues el pollo, la crema de leche y las alcaparras son exquisiteces. Pero hoy uno sabe que si lleva en la bolsa del mercado todos estos ingredientes es porque va a hacer ajiaco. Lo otro es el uso de guascas, que es una hierba que ataca a los cultivos, es una maleza, pero únicamente se usa para hacer el ajiaco. Y otro aspecto que hay que tener en cuenta es que se usan las tres variedades de papa que se encuentran en el mercado. Se consiguen unas cinco variedades, aunque hay infinitas variedades de papa. Pero en este diálogo entre la producción de ajiaco, y otros productos que usen papa, y el mercado, se definen el uno al otro. Entonces solamente encuentro las papas que me sirven para el ajiaco y solamente puedo hacer ajiaco con las papas que consigo en el mercado.

JP — A ver, Miguel Olaya, también conocido como @juglardelzipa en Twitter: yo ahora quiero resolver una duda gigantesca que me llega a la mente en medio de esta conversación y es por qué razón usted quiere desentrañar los misterios del ajiaco. ¿Hay detrás de esto un interés académico? ¿Usted está preparando una tesis doctoral sobre el ajiaco o el sancocho en Santa Fe desde la conquista a nuestros días? ¿Por qué razón querer descubrir la realidad detrás del ajiaco?

MO — Porque me encanta. Siempre me ha gustado el ajiaco. No tengo ningún interés académico o al menos no lo estoy haciendo dentro de una investigación académica. Tal vez puede ser mi deformación profesional porque estudie historia y siempre tiendo a orientar mis inquietudes por ese lado. Pero es más bien porque yo quiero hacer un ajiaco mejor y he estado perfeccionando y buscando elementos para mejorar eso, para, digamos, complacer al público del ajiaco.

MA — Miguel, dentro de esta receta que usted está preparando y que quiere hacer el mejor ajiaco, una duda que me sale a mí es, dentro de las preguntas que hacia Juan Pablo, si el pollo va desmechado o entero.

DR — Sí, eso es fundamental.

MA — Porque uno lo ve en distintas presentaciones y uno no sabe cuál es la correcta.

DR — Yo, entero.

JPC — Yo soy honesto. A mí me llega a salir una presa entera como en el ajiaco de la casa de Deisa y yo simplemente no como. Me retiro. Es más, Deisa, nunca me invite a su casa a comer ajiaco. Jamás.

DR — Es que se sirve diferente. Porque normalmente esa presa de pollo iría al lado.

JPC — No, horrible. No justifique. A mí eso me parece una canallada.

MA — Entonces, ¿cuál es la correcta dentro de lo que usted ha investigado, Miguel?

MO — Yo puedo decir que a mí me gusta desmechado en pedazos grandes.

JPC — Muy bien, es usted un gran ajiacólogo.

MA — ¿Pero qué indica la historia que usted ha averiguado?

MO — Dependiendo de la versión uno encuentra que las presas se cocinan junto con las papas o que se usan únicamente los cuartos traseros del pollo, o sea las patas —los perniles, que llaman— y no la pechuga. Y tiene sentido porque los perniles son más sabrosos que la pechuga. Pero si uno quiere comerse una parte más delicada entonces se come la pechuga. Y todo eso depende de cómo se quiere comer uno las cosas que va a hacer. Y, de nuevo, es la idea de ajiaco, o la idea del plato que se nos ocurra, y lo que finalmente nos sirven lo que va a definir esa diferencia entre si me gustó o no me gustó. O si esto sí es un ajiaco o es otra cosa con un nombre que no se merece.

JPC — Pero eso no quita, Miguel, que el ajiaco de la casa de Deisa sea horrible por el solo hecho de que le sirvan a uno la pierna entera.

DR — Hágame un favor. Es como si usted se toma un caldo de costilla con la costilla desmenuzada. ¡El caldo de costilla es con la costilla ahí!

JPC — ¡Ay, Deisa! ¡Cómo compara eso! ¡Me le apagan el micrófono a Deisa!

DR — ¿Ah no? Ya. Con esta comparación cierro la discusión. Tiene que ir la presa adentro.

JPC — Venga, Miguel, ¿usted en medio de esta investigación se ha encontrado con que existe una ortodoxia del ajiaco, que existe como un grupo de gente como, prácticamente, el facismo del ajiaco?

MA — La logia.

MO — Sí. Sí porque hay mucha gente que rechazará versiones que difieran o que se distancien mucho de esta, digamos, versión canónica. Sobre lo que hay que llamar la atención aquí es que hay muchas versiones de ajiaco, o sea, de idea de ajiaco, incluso de la variante santafereña como ya dije. Entonces ahí hay que hacerse preguntas sobre cómo se estableció una versión, cómo predomino una versión sobre otras y en qué lugares predomina más una cosa y si eso está ligado a una idea de clase social o de origen geográfico. Esas serían preguntas interesantes, en las que habría que avanzar si esto fuera una investigación científica y sistemáticamente realizada. Esta encuesta —no es una encuesta, es solamente un sondeo— es para darme una idea, puede ser un punto de partida para algo.

JPC — Venga, Miguel. Me cuentan internamente una cosa, ¿qué sus ajiacos son famosísimos?

MO — Los promociono mucho en Twitter y entre mis amigos más cercanos.

JPC — ¿Y usted hace reuniones de ajiaco? Gira todo en torno a un plato.

MO — En general hago reuniones con comida; yo soy cocinero también. Entonces me gusta cocinar para compartir con amigos o para conocer gente. Y uno de los platos que más hago es el ajiaco. Y alguna vez que estuve desempleado vendí ajiacos en mi casa con un esquema de marca y mercadeo y así hice famoso mi ajiaco en Twitter, que era mi principal fuente de clientes.

JPC — Pues revisemos rápidamente Twitter antes de despedirlo, Miguel. @CristinaVelezV dice: “mi tia elegantísima que vivía en Nueva York cogía las guascas para el ajiaco del separador de Park Avenue”. Por lo que usted decía, porque es una maleza, ¿no?

MO — Sí. La guasca se consigue en las jardineras de los andenes. Siempre dicen que es lo más difícil de conseguir pero si uno se pone juicioso en otro país, las encuentra. Y tiene nombre raros. En Argentina se llama albahaca silvestre y en inglés es gallant soldier.

JPC — @elpalabrista dice que yo represento el fundamentalismo del ajiaco. No: es que el ajiaco es como es y punto. Don Miguel Olaya, muchas gracias por estos minutos. Algún día lo invitaré a comer ajiaco donde mi mamá, que es el mejor del planeta.

MO — Muy bien. Muchas gracias. Además me dijo que era una versión de un ajiaco muy famoso, que es el del restaurante Mora.

JP — Bueno. Pero eso es lo que usted y yo hablamos internamente. Los oyentes no sabían eso. Pero sí, esa es la versión. Don miguel, gracias, chao.

MO — Gracias a ustedes.

JPC — Que prepare rico ajiaco.

Inventario

24 de Enero de 2012

Magia, píldoras, «¡vamos!», nada que perder, el Opus, Caperucita roja, bazuco, niñas perdidas en el bosque, rastrojos, helado de lulo, τετέλεσται, ¡Oh, libertad!, «Tu papá me cae bien», Alcaraván, guarapo, La Mayorista, «lávate los dientes», «nunca he estado en Coveñas», vikingos, hamaca, tobillo, Oatmeal, Zelda, tzatziki, wikileaks, «tu matica, mi matica, el chat», Nouveau défi, «llévame», ceibas, «ajá», Marinos, narcoterraza, El Machetico, alcachofas, John, pichar, Otraparte, buñuelitos y empanaditas, El Poblado, «mucho taco», Counting Crows, mortero, cometa, medias veladas, Ubaque-Cáqueza, «demás que», la loma del Campestre, Aurora, María, cultura Metro, Arví, Fenicia, Cantaleta, Te busco, botas, «perfecta imperfección», pintar paredes, La niña Juani, Firehouse, peye, pájaros, «bueno… esto es Bogotá», peces, reinado, baile de tío, Ara ararauna, Urocyon cinereoargenteus, retraso, Diane Lane en Rumble Fish, Envigado F. C., Quiero una chica chonqueta, ardillas, Carepaisa…

Y así…

Pelo

10 de Enero de 2012

Mi pelo —mi cabellera, mi vello facial, mi abundante vello corporal, en ese orden— ha definido mi vida. Me ha hecho sentirme vanidoso o dejado, apreciado o rechazado, bonito o feo. Nunca realmente cómodo.

***

Mi cabellera es un montón de pelo de varios colores que al final parecen café muy oscuro. Aunque en el nivel agregado puede decirse que soy crespo, si se ve cada pelo individualmente podemos ver que no son crespos ni ondulados sino en zig-zag. Sobre mi frente se ve más rizado que atrás. Los pelos de atrás tienden a bajar lisos, o más exactamente rectos, pues no caen sino que siguen erectos. Nunca he encontrado un corte de pelo que me haga sentir realmente cómodo. A veces hay días en que todo parece muy bien, pero son muy escasos. Casi siempre me gusta como me veo cuando salgo de la ducha, cuando está aplacado por la humedad y se ve brillante y con alguna forma. Pero eso es una ilusión pasajera. Después se seca y aparece quemado, opaco. Las cremas para peinar han ayudado un poco desde que comencé a usarlas hace unos cinco años. Pero en general es un desastre.

En el colegio, entre los 14 y los 16 años, usé el pelo largo. Me decían «La Mota», «Afrid», «Disco», «Kramer»… Una vez, en un paseo en San Agustín, uno de los montadores del salón comenzó a sacudirme el pelo mientras hablaba con un profesor. Yo le grité pidiéndole que parara pero el man seguía. El profesor me dijo «tolere». Me quedé sentado, emputadísimo, preguntándome por qué carajos tenía que aguantarme la montadera, esta y tantas más, por esta y otras razones. Debía ser cuestión de poner la otra mejilla: el profesor estaba a cargo del área de religión. Entonces tomé aire y le mandé al profesor un puño en la boca del estómago. El puño, por supuesto, iba en realidad para el que me estaba jodiendo. Pero a él le tocó recibirlo de manera simbólica. Quedó sin aliento y yo le dije «tolérelo». No me echaron. Esa noche me iban a dejar sin comida, pero al final comí. El profesor era un amigo más y yo tenía privilegios por ser inteligente y esas cosas.

A los 17 años me calveé. Por varios años duré calveándome regularmente cada vez que me aburría del pelo. No he dado con un peluquero que pueda resolver el problema de mi pelo, de domarlo, de darle forma, de proyectarle un futuro. La mayoría de peluqueros opta por dejármelo bajito, «juicioso». Varias veces he ofrecido mi melena tan larga como me la llego a aguantar (a veces un año entero sin cortar) y en vez de hacer algo maravilloso con eso, la solución casi siempre es bajarla a su mínima expresión, donde ya no se ve crespo pero tampoco liso, porque eso es imposible. Así que es imposible hacer algo maravilloso con mi pelo, al menos algo con lo que me sienta conforme.

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Mi barba comienza en la mitad del cuello y acaba un centímetro o menos debajo de los ojos. Mi barba apareció como bozo a los diez años y como pelos aislados en el mentón a los once o doce años. Una vez me quité los pelos del bigote con una crema para depilar que tenía mi mamá. El miedo era, como siempre, que no desaparecieran sino que se volvieran más gruesos. Pero igual lo hice. Y lo hice y lo hice. Hasta que a los catorce fue necesario comenzar a afeitarse, aunque no con mucha regularidad. Pero qué aburrido era afeitarse, afeitarse para acabar con tres pelos con el único fin de que en el colegio no me la montaran por tener bozo.

A los quince o dieciséis pasó lo peor porque comenzó a crecer un lanugo asqueroso entre el área razonable de la barba y los ojos. Me comparaba con horror con mis tíos maternos, especialmente con uno que tenía una mancha gris en todo el rostro. Veía en él mi futuro, un futuro lleno de pelos que iba a hacer falta controlar, cortar, dejar a raya, que nunca iban a desaparecer. Mi barba era, pues, invertida. Por mucho tiempo intenté aplicar la fórmula que según mi mamá le había garantizado no tener vellos en los brazos: restregarse piel de calabacín con regularidad. Ella en verdad no tenía pelos en los brazos. En mí no funcionó o no lo hice tantas veces como hubiera sido necesario. Y me demoré mucho en adoptar la otra solución. Un día en que comprendí que la «buena presentación personal» era fundamental por la magnitud de lo que tenía que hacer, me hice depilar los pómulos con cera. No dolió mucho, pero me dejó quemaduras. La depilación abrió una nueva puerta a la montadera: ahora era el man que se había hecho quitar sus pelos. Pero el lanugo desapareció y se convirtió el pelos normales, gruesos y un poco menos abundantes.

No me afeito con regularidad. No me gusta usar cuchilla porque me maltrata la piel. Prefiero pasarle la máquina a los pómulos, con cierta regularidad. Pero la máquina de afeitar que usaba, una que olvidó un chino con el que compartía pieza en París, la dejé en Buenos Aires. A veces, simplemente, me la dejo crecer indefinidamente hasta que la cara se ve sucia y, reuniendo ánimos, me la vuelvo a perfilar. La barba hace parte de mi identidad. Cuando no llevo barba me dicen que parezco menor o que me veo más cachetón. O que simplemente no soy yo. Es difícil darle forma porque es crespa y rebelde, porque salen pelos mirones entre el mar de aparente regularidad. Hace mucho, unos ocho años, no me afeito a ras todo el rostro. Odio ver cómo la piel queda brillante y ese sentir en exceso de la piel sin vellos. También, por alguna razón, asocio esa sensación con «ser guiso». Una idiotez, pero algo que evado.

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Tengo pelos en todo el cuerpo. En la nuca, en los nudillos, en el culo, en las rodillas y detrás de ellas, en el pecho, en el abdomen… Nunca me han incomodado. A veces recorto los de alguna zona. Nunca me he depilado ni he pensado en hacerlo. Pero los pelos caen y caen sobre las cosas, en la ducha, en la ropa, en la cama… No tengo problema con mis pelos. Yo no.

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Un día, en el chat de Facebook, López, uno de los montadores del colegio, me habló. Él, que nació en la misma fecha que yo, pero es un año más viejo, volvía a joderme doce años después con mis pelos, con mis muchos pelos.

Factores

12 de Diciembre de 2011

Tener empleados «negros» (o de cualquier «raza») no es racista. De hecho lo que suele considerarse racista es no tener ni un empleado «negro». Del mismo modo, en algún contexto, tener solamente empleados «negros» podría ser considerado racista. A veces solamente se considera racista tener empleados «negros» que se dediquen únicamente a oficios considerados indignos (hasta ahora hablaba de cualquier tipo de empleo), es decir, los que nadie quiere hacer pero que alguien debería hacer, o sea, los que «nadie» hace justamente por la posibilidad de que haya gente que sí.

En la práctica es muy difícil escapar de estos círculos cognitivos, estas autorreferencias en que un «dato» —como raza, origen, ingreso o lugar en el mundo— está fuertemente correlacionado con los otros. En la práctica, insisto, es muy difícil marcar una diferencia clara entre el estereotipo —o la caricatura— y la realidad. O, mejor «la realidad». En la práctica todo suele seguir como está por mucho tiempo, como ha estado ya por mucho tiempo. Por eso dejar de ocupar el lugar usual en el mundo acaba casi siempre en lo que algunos, en el mejor de los casos, entienden como «perder la esencia»: los negros dejan de bailar sabroso, los indígenas ya no usan más emplastes para curar, los mestizos renuncian al paseo de olla. Ese tipo de cosas. En el peor de los casos no lo llaman perder la esencia sino arribismo, trepamiento y otros nombres horribles. ¿Los blancos? Ellos siempre han sido blancos. Pero por fortuna hacia allá vamos todos por la vía del progreso.

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Es una composición. Parece un cuadro de Fra Angelico. Hay un punto de fuga en el centro, que se pierde en el valle verde. Hacia él, con ángulos muy agudos, se orientan los muebles blancos, los bordes de la piscina. Y en cada lado hay una negra vestida de blanco, robusta, erguida, sosteniendo una bandeja con tetera y tazas. Quedan dos negras como resultado de duplicar uno de los lados de esta composición simétrica. Ellas se miran frente a frente, de manera perpendicular a la cámara. Hacia el lente sí miran las cuatro mujeres que son centro del cuadro y que le dan su título: «Las mujeres más poderosas del Valle del Cauca».

Las mujeres poderosas tienen nombre. Las negras también, pero no salen ahí. (Me gustaría tener evidencia para asegurar que es más probable que salga el nombre de las mascotas, incluso si no salen en la foto.) Desde luego, las negras no son esclavas porque en este país ya no hay esclavitud. Con seguridad, a las negras les pagan por servir el té y las otras tantas cosas que hagan.

Las negras son negras porque el Valle del Cauca era en la Colonia una región productora de oro adonde, por eso mismo, como es lógico, hubo que llevar muchos esclavos. Los negros se volvieron parte del paisaje e imaginario sociales y ocupan un lugar en particular en el que pasan de ser esclavos sin alma a sirvientes inmóviles, sin voz y sin carácter. Es decir, objetos, como en esta foto. Pero no, por favor, no sigamos diciendo estas cosas, que es hilar muy fino. Mejor digamos que los negros se vuelven gente que da sabor y color al Valle, que aportaron (en pretérito: acción concluida) la música y la sazón («sabor a negro», decía cierta cocinera de Twitter sobre las empanadas que de allá vienen) que distinguen a la región.

Por lo demás, las negras son más pintorescas que otras «razas» que podrían desempeñar ese oficio en otros lugares de Colombia y además sirven bien a la imagen de racismo global: los blancos son poderosos y los demás deben servirles. ¿Gente mestiza? Bueno… es que no genera tanto contraste. Condimente esto con buenas intenciones y el manido cuento de que los empresarios andan derramando empleo y dignidad con una cornucopia (y a cambio, si se lo «piden», usted debe posar en una foto como si fuera un mueble) y lista la composición.

Ah… ¿era en serio?

20 de Noviembre de 2011

En El péndulo de Foucault, Umberto Eco parecía advertirnos sobre el inminente establecimiento (que no venida, ellos ya habían llegado) de gente como Dan Brown o el enfoque cada vez más exobiológico, espectral y conspiratorio de Discovery y History Channel. Si hoy hicieran una película sobre El péndulo, seguramente dirían que es un plagio de El código Da Vinci. Ahora bien, Dan Brown dice —al menos de dientes para afuera— que todo lo que cuenta en sus novelas es la pura verdad, basada en documentos que existen. Los canales, por su parte, sostienen todo lo que dicen porque lo dice alguien, alguna autoridad. En suma, lo que originalmente Eco mostraba como un chiste acabó por volverse realidad. Quién sabe cuánta gente se lo ha tomado en serio, quién sabe cuántas veces han llamado a Eco para explicar, con mucha solemnidad, con aura de verdad, temas como textos perdidos que cambiarían el destino de la humanidad, sectas ocultas con planes macabros de dominación que ya están en marcha, desdoblamientos y sinestesia entre gemelos y, por supuesto, viajes a tierras desconocidas y los seres fantásticos que allí habitan.

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El enfoque cada vez más popular de freakonomics parece una copia de Allegro ma non troppo, de Carlo Cipolla. Pero en serio. ¡Y con datos! ¿Realmente, a pesar del título y de la introducción, era tan fácil leer este panfleto de Cipollla como algo «en serio»? (Y cuando digo «en serio» quiero decir que es algo que se expresa con una solemnidad que hace suponer que todo lo ahí afirmado pretende ser una descripción de «la verdad», de revelaciones, como expresa la etimología de esta palabra en griego.) Pues al parecer sí: el artículo de Wikipedia en español sobre Cipolla todavía dice que él «exploró el controvertido tema de la estupidez formulando su famosa Teoría de la Estupidez». En efecto, el artículo de Cipolla es formalmente muy sólido y cada ley se interrelaciona elegantemente con las otras. Al final nos resume todo con un gráfico cartesiano muy hermoso, del estilo del political compass. ¡Pero es jodiendo, maldita sea!

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Todo iba bien y nos reíamos, como quien lee una carátula de Barcelona. Hasta que dijo que era en serio. Cuando eso sucedió fue necesario hacer otra cara al leer «el país progresa», la conclusión a la que llegó Alejandro Gaviria después (o no, incluso antes: está en el título) de presentar unos gráficos hechos a partir de una robusta serie histórica de datos, principalmente antropométricos, relativos a las concursantes del Reinado Nacional de la Belleza. (Esto también nos lleva a la pregunta sobre cómo los obtuvo y a la respuesta tentativa de que fue con chimpancés.)

Si el tema es en serio, si hay que tomárselo en serio, con solemnidad, todo parece ser muy preocupante. No hablaré sobre la proyección de valores machistas en las conclusiones o la selección de los temas de estudio. No sugeriré nada sobre cómo se validan estereotipos clasistas o racistas desde el mismo planteamiento de este tipo de investigaciones, incluso antes de llegar a conclusiones. Simplemente haré algunas preguntas válidas a partir de las reglas, los supuestos y los postulados de las ciencias duras y su arma fundamental, la estadística.

¿La muestra sí es representativa? ¿Representan quince mujeres por año las características o la influencia de o en la economía y la cultura en todo un país? No porque, entre otras cosas, el grupo no abarca una variable definitiva como el sexo.

¿Un dato como la longitud del ancho de las caderas es suficiente para concluir (o si quiera suponer) que la «raza negra» es más predominante o ha logrado «mezclarse más» hoy que hace cuarenta años? ¿Se controló rigurosamente esta variable —con otro estudio, por ejemplo— para poder concluir que «raza» y ancho de cadera estaban estrecha y concluyentemente relacionadas? ¿El ancho promedio de la cadera nacional tiende al ancho promedio de la cadera «negra»? Y una pregunta sobre las implicaciones ideológicas de una afirmación como que mientras menos racismo haya hay más progreso. ¿De dónde saca eso? ¿En qué se basa? ¿Por qué se está comprometiendo con unos valores? Por último: si bien las tetas han disminuido de tamaño, ¿no corresponderá el tamaño de las caderas a una nueva tendencia en cirugías?

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Cada vez que alguien de las llamadas ciencias sociales se aventura a hacer extrapolaciones y generalizaciones a partir de un puñado de observaciones localizadas con la discutible y subjetivista técnica de la etnografía o análisis de discurso, que sobreinterpretan las palabras de un texto —que son simplemente datos, entiéndanlo, y estos nunca mienten—, lo que hay que hacer es llamarlos charlatanes y gente sin rigor.

En las ciencias sociales nunca se usan herramientas ni estrategias metodológicas que permitan llegar a conclusiones que de verdad merezcan este nombre, nunca abarcan en sus estudios suficiente tiempo, suficiente muestreo estadístico, suficientes diferencias, nunca comparan. En cambio sí pierden el tiempo intentando describir cosas que quieren ver más complejas de lo que en realidad son. Lo que es peor: nada de lo que dicen suele tener provecho técnico, no da elementos que sirvan para orientar a la sociedad por el camino del progreso.

Pero lo peor de todo es que los científicos sociales tienen una manía terrible que es coger como objeto de estudio cualquier bobada que se les aparece, como reinados de belleza o futbolistas, y a partir de eso buscan hablar de valores de la sociedad, de cambios de paradigma, de dispositivos de dominación y otras chácharas posmodernas, por poner problema, por figurar por ahí en la prensa como formadores de opinión.

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Quizá Gaviria se refería a otra cosa cuando dijo que era «en serio»: que los datos no son inventados, que su procesamiento fue tan riguroso como el de cualquier estudio «serio» (sobre cosas serias), que las gráficas se hicieron con STATA y no con Excel.

Quizá Gaviria no hablaba en serio cuando dijo que no era en serio.

Pero quizá no.

Grave, ma non troppo. Grave ancora.