Automotores

5 de August de 2015

En los últimos años, al parecer, cada vez más gente que vive y trabaja en el sector que cubre la ciclorruta de la 11 usa la bicicleta como medio de transporte. Como ha dicho Carlos Pardo, lo que antes era patrimonio de celadores y jardineros, hoy es una opción para gomelos. En el último año, creo, esto ya dejó de ser moda para convertirse en alternativa razonable más allá de sentirse bien con el planeta o estar acorde con las últimas tendencias.

Pero todo viene con un precio. Resulta que la ciclorruta de la carrera 11 es una maldición para los peatones. En su diseño e implementación se privilegió a los carros pues en vez de quitarles espacio a estos se les quitó espacio a los peatones. El estrecho andén debe ser compartido por ambos y en varios segmentos no existe ni siquiera andén «para peatones», solo ciclorruta. Y los ciclistas usan esta ciclorruta sin ninguna consideración ni consciencia de este privilegio. Así que se comportan con la misma arrogancia de los carros, espantan a los peatones, no frenan, los gritan, quieren andar a toda y sin detenerse. Y los peatones se comportan como lo harían con los carros: les ceden el paso por miedo o porque se resignan a que ese metro de asfalto —que les quitó su espacio pero no lo saben— es intransitable y caminar por ahí sería falta de sentido común o a las normas de tránsito. Conforme crece el uso de la bicicleta, crecen estas costumbres y terminará por crecer el odio a las bicicletas. Eso es muy triste.

Ahora hay también otro elemento: la popularización de las «bicicletas» motorizadas. Estas, lo he visto, se promocionan como «libertad»: no tienen pico y placa pero siguen siendo veloces y culebreras sin necesidad de pedalear. ¡Y si son eléctricas, cómo no, son ecológicas! Estos vehículos que por definición son automotores ya fueron asimilados a la categoría de motocicletas según un concepto del Ministerio de Transporte. Por eso mismo, dice el concepto, estas «bicicletas» deberían llevar placa y su conductor debería tener licencia para manejar moto y pagar SOAT, factores que van en detrimento de la tal «libertad». ¡Y sin embargo las promocionan como si no necesitaran nada de eso! Pero además, al tratarse de motos (no bicicletas), de acuerdo con el parágrafo 2 del artículo 68 del código de tránsito, las «bicicletas» motorizadas simplemente no pueden andar por ciclorruta. No obstante, por ahí se las ve. Y van rápido, muy rápido, tanto como pueden.

***

En la noche de ayer iba por la ciclorruta de la 11, frente al Gimnasio Moderno. A lo lejos divisé la muy brillante luz de una de esas motos llamadas Biológica. Tal vez porque era mi cumpleaños decidí que era hora de enfrentar por primera vez esta situación. Así que me paré en el carril. La moto no llegó a frenar del todo, así que me golpeó. En la moto había dos mujeres que me gritaron loco, quítese, etc. Yo les dije que debían bajarse de la ciclorruta y andar por la calle porque estaba en un vehículo motorizado.

Dijeron que no podían andar por ahí porque un policía les había dicho que no podían andar por la calzada sin seguro y sin placa. Yo insistí en que se trataba de un automotor. Respondieron que no era así, que era una bicicleta eléctrica. Eléctrico, en efecto, con motor eléctrico, usted no está haciendo ningún esfuerzo para hacerla mover. Que si quería arreglar el país, que cogiera oficio, que si no tenía nada mejor que hacer… me dijeron lo que ya es típico.

Pronto apareció un hombre en defensa de las señoritas. Hizo suyos los mismos argumentos, dijo que eso no le hacía daño a nadie, que dejara de joder. El tipo terminó llamando al 123 afirmando que yo estaba «agrediendo» a las señoritas. Desde otro lado otro hombre me decía que si me creía muy varón por andar molestando a dos mujeres, que lo hacía por eso. Después aparecieron otros ciclistas y peatones que se pusieron a mi favor. Alguno incluso afirmó haberlas visto pasar frente al Andino «como unas locas». Entonces se sintieron insultadas.

La policía llegó, un agente identificado con el 77062. Dijo que le habían informado «desde tránsito» que los vehículos que no superaran los 50 kilómetros por hora podían transitar por la ciclorruta. Yo no lo podía creer. La mujer de la moto señalaba el velocímetro de su moto: «solo alcanza 30 km/h». Falso: en el sitio web, la marca Biológica afirma que estos vehículos pueden andar a 40 km/h y eso es algo que uno sabe muy bien si se los ha cruzado. Seguían parando otros ciclistas, les reclamaban a las de la moto que habían tenido accidentes chocando contra vehículos así. Alguien más le dijo al agente que existía el concepto aquel del Ministerio. El tombo simplemente repetía «50 km/h, 50 km/h, es lo que me dicen». Yo le cité el concepto, le cité el código. Pero nada. «En internet usted encuentra cualquier cosa». Finalmente le dejó el número de mi cédula a la señora para que me denunciara por agresión y retención.

De pronto quedé solo. Entonces llegó otro agente, que no se dejó tomar el número: era el policía malo. Para él, por las ciclorrutas podían transitar vehículos con motores de menos de 50 centímetros cúbicos. Le dije «este vehículo tiene un motor eléctrico que no se mide en centímetros cúbicos», a lo que él respondió con algún «por eso le digo». Y me exigió ver la tarjeta de propiedad: «esto es un papel, esto lo hubiera podido hacer yo, esto no tiene sello, usted pudo haberse robado esta bicicleta y qué». Y que si seguía alegando me iba a llevar al CAI. Ya todos sabemos cómo funciona esa técnica… Ah, por supuesto: no le pidió la tarjeta a la de la moto, que por cierto no la tenía. Ni placa, ni seguro, ni nada de lo que debería tener. Humillado, decidí seguir mi camino, con las risas de todos de fondo, antes de tener la dicha de vivir una noche de perros el día de mi cumpleaños.

***

Varias conclusiones:

  • La ley no sirve para nada. Pero eso ya lo sabíamos, ¿no? Y, cómo no, tampoco sirve de nada discutir con tombos.
  • Las bicicletas eléctricas son, como las motos, un resultado de la movilidad de mierda, de la sobrepoblación de carros que no da espacio para que el transporte público colectivo, el modo de transporte más usado en Bogotá, funcione como debería. Estas señoras dijeron vivir «en el sur» y necesitar visitar a sus hijos. Y a la gente hay que creerle. La moto eléctrica simplemente les soluciona el problema de la velocidad y de la economía.
  • La reglamentación sobre bicicletas con motor no la conocen ni los policías ni los que las usan ni los que las venden. O todos se hacen oportunamente los de la vista gorda. ¡Pero las bicicletas eléctricas no están en ninguna zona gris! ¡Tienen su lugar y sus deberes!
  • Los que andamos en bicicleta tampoco sabemos nada de nuestros deberes y límites o los deberes y límites de los demás. ¿Serviría saberlo? Ante la arbitrariedad de los tombos igual no parece significar nada a la larga.
  • Uno, como hombre, también acaba siendo víctima del patriarcado. ¡Pero cierto que no se puede decir eso! Aquí el hecho rápidamente se volvió un episodio de agresión de un macho asqueroso y desocupado contra dos inofensivas mujeres que querían ir a cuidar a sus hijos y no de un ciudadano que exigía que se cumplieran unas normas, que se usara el más elemental sentido común o que dejaran de ser abusivas.

***

Me gustaría contar con la ayuda y apoyo de otros enfermos de la movilidad y la bicicleta en caso de que acabe emproblemado por una denuncia injusta. De verdad, de verdad verdad, no me gusta ser el loco del pueblo si creo tener toda la hijueputa razón.

Por lo demás, que cuenten conmigo para sacar a los vehículos motorizados de las ciclorrutas y los andenes.

El peatón radical

10 de June de 2014

En la casa nunca hubo carro. En la casa nunca hubo un montón de cosas que sí había en otras casas «normales», es decir, las de mis compañeros del colegio o mis familiares, que vendrían siendo mis pares de clase socioeconómica. Mientras otras cosas fueron llegando, conforme las leyes del mercado y el progreso económico lo permitían, el carro nunca llegó. Nunca hubo carro y mucho menos voluntad de tenerlo. Tampoco hubo horno microondas.

Después de la primera revascularización que le hicieron a mi papá (1984), el cardiólogo le dijo que ahora sí debía comprarse un carro «para hijueputiar» y liberar todo ese estrés que mágicamente se le había convertido en ateromas. Por mucho tiempo, con ese argumento, intenté convencer a mi papá de que «compráramos» un carro. Es que no tenerlo se volvía otra razón para configurarme como el tipo más raro del curso: papá anciano, no le gustaba el fútbol y sí la música clásica, no estaba bautizado… ¡y no tenía carro! Pero nunca pasó.

***

Cuando mi papá volvió a tener muy serios problemas coronarios (1994), las órdenes del nuevo cardiólogo fueron dos: comer sin grasa y limitando las harinas, y caminar al menos una hora diaria. En los primeros días acompañé a mi papá a dar vueltas lenta y monótonamente en un parque al lado de la iglesia del barrio. Durábamos una hora exactamente.

En poco tiempo las caminatas se volvieron nuestra forma principal de desplazamiento, como cuando íbamos juntos a mi academia de música en El Polo. Una vez nos fuimos a pie desde nuestra casa en Los Alcázares hasta Unicentro a buscar discos. Para mi eso era una distancia extraordinaria. En el camino nos encontramos al esposo de una prima, que iba en carro, en un trancón en la 9; ya entonces había trancones en Bogotá, curiosamente. Lo recuerdo ahí, viéndonos con esa combinación de desprecio, envidia y admiración con la que tantas veces he visto que juzgan a mi papá al contemplar su austeridad.

Era la austeridad de quien camina para desplazarse.

Han pasado veinte años desde entonces y mi papá no ha dejado de caminar un día. Aunque cada vez más lento, sigue haciéndolo erguido, solitario, como es él.

***

Solo podemos desplazarnos si desplazamos nuestro cuerpo. Nuestra primera forma de independencia es cuando podemos desplazarnos torpemente por medio de nuestro propio cuerpo, nuestro frágil cuerpo, el accidente que nos hace individuos. y por eso todos somos peatones, a todos nos iguala serlo. El mundo, sin embargo, parece estar armado para privilegiar una forma específica de desplazamiento: el motorizado.

No se trata solamente de que puedan faltar andenes o que no sean suficientemente anchos. Algunos dirán que faltan puentes peatonales para cruzar las amplias autopistas. La realidad es otra: es que lleguemos a pensar eso mismo, que lo que falta son unas construcciones que demandan que la gente que va a pie deba esforzarse físicamente para que los que van en carro se ahorren uno o dos minutos de trayecto.

La realidad es que la gente cruza la calle con miedo porque sabe que quienes van en carro muy difícilmente disminuirán la velocidad pues ante todo usan la máquina con la que se desplazan como una amenaza para disuadir el paso de la gente, un espantador de «bestias». Y dirán que esa gente es imprudente, atravesada, y que si los cogieron fue por eso. «Por eso los matan», me gritó una vez una conductora energúmena a la que «me le atravesé». A mí me sonó a «por eso las violan». «¿Quieres morir?», gritaba una exnovia desde su carro a los peatones que pasaban frente a ella.

El peatón y su fragilidad no son prioridad y muchos peatones terminan actuando en consecuencia, alienados, para que el río siga su curso.

***

Algunos dirán que una ciudad bien planeada exige segregación para carros y personas. Sin necesidad de decir que eso es algo que está muy lejos de suceder realmente en Bogotá, yo simplemente quiero ir más lejos, tan lejos como pueda, porque quiero ser radical.

El hombre del tanque se enfrentó con la fragilidad de su cuerpo a una fila de auténticas máquinas para matar.

Frente a la arrogante violencia de estas máquinas que matan, hagamos lo mismo. Quedémonos quietos frente a ellas, retándolas, retando a quienes las manejan. Caminemos despacio para reivindicar la velocidad con la que también somos capaces de llegar a cualquier lado. Busquemos esa mirada de quienes desprecian la austeridad de nuestro propio cuerpo. Dejémoslos desnudos, como estamos nosotros, los que no nos desplazamos con esa coraza asesina.

La mofeta y la arbitrariedad

4 de December de 2013

Cuando estaba en segundo (1989) nos pusieron de tarea de matemáticas hacer un conjunto con «los animales». En mi conjunto de animales incluí la mofeta al lado de la gallina, el elefante o cualquier otro animal legítimo, es decir, europeo, estadounidense o exótico para esas mismas nacionalidades. (Algunos activistas de la biodiversidad en Colombia señalan cómo aquí uno se aprende las letras del abecedario con animales que no son de aquí sino justamente con esos animales de allá. Pero esa es otra historia.)

Para quienes no sepan qué es o cómo se ve una mofeta, aquí les muestro la foto más linda que encontré en internet:

Aunque la mayoría conoce a la mofeta como cierto «apestoso zorrillo»:

Al presentar la tarea, la profesora me puso mala nota porque «la mofeta no existe» y yo me estaba inventando animales. Creo que además incluyó una anotación en el cuaderno de control para informar a mis papás de que su único hijo estaba delirando. Eso acabó en reunión con ellos, que aprovecharon para mostrarle que había errores conceptuales en lo que estaba enseñando sobre conjuntos. Por mi parte, y por mi cuenta, llevé el tomo de una enciclopedia o diccionario que tenía, especializado en animales, aunque tristemente no recuerdo el nombre, y le presenté la entrada de la mofeta. Pero la vieja no hizo nada. Ni se disculpó, ni me cambió la nota y, lo peor de todo, no me dio la razón. No me dio la razón.

Siempre salgo con esta anécdota cada vez que alguien me dice que tengo problemas con la autoridad, que soy un resentido o cualquiera de esas cosas que siempre me dicen. Lo cierto es que casi siempre tengo problemas con la arbitrariedad: la de los policías, la de los cajeros que llaman a la gente que vieron colarse frente a uno, los profesores que tienen favoritos o los jefes que actúan por capricho.

Recoger café

22 de October de 2013

La buena noticia —y de verdad espero que lo sea para ustedes— es que ando en el plan de abrir un restaurante. ¡Pero por ahora no hay más detalles!

¿Para qué hablar de eso? Antes de armar el plan de negocios del restaurante es necesario hacer una investigación de mercado. Y como Javier, que es mi socio, y yo somos tan buenos obsesivos y amantes de los datos por los datos, nos pusimos a ver manzana por manzana, cuadra por cuadra, puerta por puerta, cuántos restaurantes hay en la zona, qué ofrecen, a cuánto lo ofrecen y a cuántas personas podrían atender. Hasta hoy hemos recogido esta información para algo más de cien restaurantes en la zona de Quinta Camacho, donde pensamos que quede el restaurante. Esos datos después se tabulan, se geolocalizan, se corren en un modelo matemático complejísimo y, en resumen, nos sirven para tomar una serie de decisiones o para echar un gran carreto que logre convencer a nuestros inversionistas de que invertir en un negocio de comida más en ese sector tendrá un buen retorno en cachimoni.

Recoger estos datos en una mugre planilla no es tarea fácil, básicamente porque la planilla hace pensar que somos encuestadores. Pero cuando ven que no lo somos e igual estamos ahí mirando, se ponen nerviosos. Hasta ahora no nos había pasado nada extraño (a excepción de un pequeño incidente en el restaurante suizo Divino, que es además carísimo, no vayan) hasta que hoy nos tocó enfrentar el eje más gomelo del sector: la carrera 9. Decidimos que, por el perfil de la zona, para no llamar tanto la atención, íbamos a quedarnos un rato en cada lugar, pedir una cerveza, ver por encima e irnos.

La primera —y a la larga última— parada fue el restaurante La Herencia, un lugar donde sirven algunos platos colombianos o de inspiración colombiana. Después de pedir la cerveza, salí a contar mesas en el primer piso y después en el segundo. Estamos anotando cuántas mesas y cuántos puestos por mesa hay, así que llevamos esos datos en una matriz. Yo me anoto los datos en la mano. Estando en el segundo piso apareció la administradora y preguntó si me podía ayudar en algo. Guardé silencio un rato y, mirando al salón y no a ella, le pregunté cuál era la capacidad del segundo piso. Me dijo que era de sesenta mesas. Anoté, bajé las escaleras, miré el otro salón, anoté y volví a la mesa con Javier.

A la vista de todos anoté el resto de datos que nos faltaban en la planilla. Seguiamos hablando, yo seguía tomándome la cerveza; veíamos pasar a los meseros, a la gente de las otras mesas, la desastrosa decoración de día de las brujas —que no le puede quedar bien a ningún lugar—, comentamos cuando la administradora botó unas alcaparras…

Y de pronto llegó un par de policías directamente a nuestra mesa. Cédula, requisa, que muestre lo que llevo ahí, que explique qué estaba anotando. La verdad y nada más que la verdad: mesas y puestos. Los tombos siguieron ahí y no devolvían las cédulas. Yo ya estaba emputado, pero quería emputarme más, sobre todo con la administradora. Comencé a decirles a los meseros que la llamaran, pero nada. Cada vez que pasaba les exigía que quería hablar con ella, les decía que quería saber si este era un tratamiento normal para con los clientes o si simplemente se trataba de discriminación. Cuando dije que esto era discriminación el mesero respondió inmediata y contundentemente: «sí».

Las cédulas no volvían. Poco después regresó el mesero con un papel y un esfero y dijo «por favor anote aquí sus datos para que la administradora se ponga en contacto con ustedes». Entonces, ahí sí, me emputé mucho más y le dije que de ninguna manera nos íbamos a ir sin hablar con la administradora, que finalmente se hizo presente para decirnos que nuestra actitud era sospechosa. Le expliqué que estábamos recogiendo información a simple vista y tomando una cerveza. La señora respondió diciendo que le parecía sospechoso que no la hubiera mirado a la cara para preguntarle el dato de los puestos. También habló de los videos, del cuadrante, de las amenazas, etc. Volví a increparla sobre lo recurrente de una actitud de este estilo con los clientes, haciendo cada vez más escándalo.

Finalmente, en medio de todo eso, pedimos la cuenta. El restaurante está decorado con libros y la cuenta la entregan dentro de un libro cualquiera. Para mayor ironía, el libro en el que nos entregaron la cuenta fue Crimen y castigo. Pero olvidé algo: la administradora había dicho que no nos iba a cobrar por «la molestia».

Salí del restaurante muy emputado a desamarrar las bicicletas. Me quedé esperando a Javier, que salió un rato después. Me contó que había hablado con los policías para explicarles qué estábamos haciendo, previendo que esta situación podría repetirse en todos los restaurantes de la carrera 9. Salimos y cruzamos varias palabras sobre los alegatos nuestros, de los tombos y de la administradora. Estábamos emputados y preocupados, pero también con una cierta sensación de diversión porque por fin nos habían cogido.

Nos dirigimos al siguiente restaurante, que es Itano’s. No había mesas. Nos quedamos esperando un rato. Le dije a Javier que aquí sí, de una, debíamos llamar al administrador y pedirle los datos directamente. Ahí la pregunta es si sí se puede confiar, ya que desconfían de nosotros por hacer preguntas. Pedimos cervezas pero no alcanzaron a llegar con el pedido cuando el mesero dijo que afuera nos buscaban dos policías. Javier y yo nos miramos con cara de no poder creerlo.

Cuando salimos estaban ahí los mismos tombos. «Usted está detenido por atentar contra propiedad del Estado», me dijo. Yo lo miré todavía más estupefacto. «Hay un video que lo incrimina y aquí mi compañero dice que lo vio a usted rompiendo el espejo de la moto». Le dije que me gustaría ver el tal video. «El video lo podrá ver en la audiencia con el fiscal. Le voy a leer sus derechos…». Y sí, me leyó mis derechos, como en serie gringa, pero sin ponerme esposas y sin meterme en una patrulla empujándome la cabeza. En ese momento me quedó clarísimo que estaban hablando muchísima mierda.

Nos fuimos caminando. Mientras tanto llamé a mi abogado, quien me confirmó que todo era irregular e indirectamente me dio a entender que seguramente querían plata. Me dijo que no podía estar allá hasta después de las cinco. Me programé para pasar hambre. Le conté a Javier y llegamos al CAI de Lourdes, donde iba a ser «detenido». Cuando entré había dos jóvenes esposados. Me senté en una silla a la que le faltaba una pata, así que me puse de pie y empecé a tuitear:

Algunos lo tomaron como una broma, otros lo tomaron en serio. Algunos se preguntaron qué era CAHP y otros afirmaron que en Lourdes no había CAI. Pronto recibí una llamada de Frank, que me habló de una amiga de él, abogada. En Twitter alguien le decía a Paula que me ayudara. Más ironías…

¿Por qué necesitaba un abogado? Porque mi ignorancia me volvía indefenso. El sentido común —y, cómo no, estar convencido de que no había roto ningún espejo— me daba a entender que esto era completamente irregular. Pero no tenía forma de discutirlo, aunque tenga por pasatiempo increpar a los policías por sus arbitrariedades monumentales. El patrullero me llamó y me pidió mis datos. Mientras tanto fui anotando los números de las chaquetas de cada uno de los tombos que había en el CAI; pueden jugar al Baloto con esos números, tal como lo sugirieron. Cuando le dije que mi profesión era historiador y que vivía cerca de donde todo había comenzado, el tipo cambió el tono y me llamó para que saliéramos.

Afuera del CAI el patrullero insistió en que confesara que yo había roto el espejo. Dije que no. Me dijo que me había visto. Pero después me preguntó que si no había sido yo entonces quién. Ahí apareció Javier, con quien comenzó a hablar el patrullero, intentando convencerlo de que había sido yo porque yo había quedado muy bravo en el restaurante. Javier me defendió. Mientras tanto yo hablaba por teléfono con Carolina, una abogada tributarista que ya estaba buscando jurisprudencia y normas para saber qué había que hacer. También recibí llamada de Claudia, una periodista, que a su vez había llamado a una ONG de abogados.

Nadie apareció. Y, como era de esperarse, el tal video que me incriminaba tampoco. «La vieja se aculilló», dijo el tombo refiriéndose a la administradora de La Herencia. Me devolvieron mi cédula y nos dijeron que tuviéramos cuidado con la forma de hacer la investigación porque qué tal que algo así nos pasara a nosotros cuando se abriera el restaurante… Esa siempre es la moraleja de los tombos.

No quiero concluir nada. Simplemente voy a decir una vez más que la Policía es el peor esperpento de este país, que no confío en absolutamente nada de lo que dicen o hacen, ni en su forma de ver las cosas, que aborrezco el modo como tratan a la gente, desde su condescendencia hasta sacar el arma para ganar una discusión, como ya me pasó y como seguramente le ha pasado a tanta gente con peores resultados.

***

¡Este post tiene tanto que ver con el anterior!

***

Gracias a todos los que me ayudaron y me acompañaron hoy.

Me gustaría saber qué hay que hacer, si es que hay algo que se pueda hacer, para que esto no se quede así y para que podamos salvarnos de las sistemáticas arbitrariedades de los tombos.

El miedo

28 de February de 2013

Declaración de suficiencia moral: En Bogotá me han robado unas seis veces. Dos veces me han robado el celular en la calle. Una vez me lo sacaron del bolsillo en Transmilenio. Dos veces, en dos meses, se entraron a mi casa y robaron varios artículos electrónicos. La segunda vez, inclusive, fue a mano armada y permanecí encerrado en un baño sin saber qué le podía estar pasando a mi papá. Otro par de veces me robaron un discman sacándomelo del bolsillo. También tengo varios amigos y conocidos a los que han robado de mil maneras. Aún no sé de heridos o muertos. También he sido víctima de atraco en Medellín (allá fue mi primera vez) y Buenos Aires, Argentina. Hago esta declaración para demostrar que tengo autoridad moral para firmar lo que sigue. La hago porque sé bien cómo piensan… como medida de precaución.

***

A propósito de las desafortunadas declaraciones de Petro sobre el uso de celular en lugares públicos dije lo siguiente en un tuit que, de acuerdo con mi tasa corriente, se volvió extraordinariamente popular:

Creo saber por qué fue popular: porque habla mal de Petro. Qué obviedad. Pero también sé que fue popular, y no creo que en menor medida, porque a muchos les debió sonar a que sí hay razones, y muchas, para vivir crónicamente con miedo en Bogotá, que se necesita mano dura y que ojalá algún día podamos hacer lo que algún día se resumió con «volver a la finca». Entonces escribo esto por si acaso, para desmarcarme de eso, si es que alguien lo pensó, pero sobre todo para ampliar la idea.

Por ahora le apuesto a sacar a Petro de este tema. Por más que el alcalde haya quedado sonando, como dijo Lewin, «como una mamá preocupada», si él se queda, el tema se vuelve, como ya se volvió, una nueva ronda de buscar razones para demostrar que es pésimo alcalde. (Originalmente había escrito «despolitizar», pero de lo que voy a hablar es claramente un asunto político.)

Sobre todo le apuesto a no hablar de Petro porque el tuit tiene un fondo más grande, que era lo que más me interesaba, y se refiere a una idea que desde hace rato me da vueltas en la cabeza: Bogotá, sin importar quién la gobierne, es una ciudad que se tiene miedo a sí misma. Obviamente no es la única ciudad con esa condición —otro ejemplo muy claro es Buenos Aires—, pero eso es algo que no importa.

He hablado aquí de la prohibición, implícita o explícita, de hacer fotografías en lugares públicos y cómo la gente ha hecho suyas esta y otras reglas porque son reglas y no porque puedan tener algún sentido. Como están las cosas, creo que es casi imposible considerar que está cercano el día en que suficiente gente se cuestionará si ciertas reglas de verdad tienen sentido o se hará preguntas sobre su origen y los supuestos en que se basan o sobre sus alcances. Digo esto porque casi siempre la gente exige más represión suponiendo que como son «gente de bien» nunca les va a tocar (en últimas eso puede ser, como ha sido, una realidad), porque esta es una ciudad de espíritu prohibitivo.

Creo —y esto es una obviedad monumental para cualquier sociólogo y quizá politólogo— que el miedo está relacionado con la arbitrariedad de las normas y la incapacidad estructural de la sociedad para cuestionarlas. El miedo es otra forma de regla implícita, una suposición frente al futuro que se interioriza y comienza a prohibir permanentemente hacer cosas, usar la libertad. Con miedo de por medio, actividades triviales como ir a una determinada calle, salir a una determinada hora y hasta expresar una idea se vuelven imposibles.

El camino que va del miedo individual al miedo colectivo y a la prohibición no es muy corto. Voy a ilustrarlo. Aunque es un gran mirador de Bogotá, muchísimo mejor que Monserrate, el cerro de Guadalupe es un lugar con muy mala reputación porque para llegar o salir hay que pasar cerca del sector de Los Laches, un barrio que, en la psicogeografía local, está lleno de maleantes. Hace poco fui con unos amigos a la cima del cerro, un domingo casi minutos antes de que fueran las 5 de la tarde. Valdría la pena dar detalles sobre la luz que hubo esa tarde, pero nos tuvimos que ir porque los policías que había comenzaron a rondarnos a los que estábamos ahí diciendo que teníamos que irnos. Entre mis amigos y yo comenzamos a preguntar por qué a diferentes policías y ahí comenzaron a salir las más diferentes razones: porque es inseguro, porque nos quedábamos bajo nuestra propia responsabilidad y finalmente porque no está permitido quedarse en el cerro después de las 5. No está permitido. Y lo dice un policía entonces debe ser verdad. Claro, claro. Así, Guadalupe seguirá siendo un lugar inseguro, no solo porque lo sea, digamos, efectivamente, sino porque los mismos policías dicen que es así, que se lo advirtieron y que, si llegara a pasarle algo, usted ya sabía.

Lugares así hay miles en Bogotá. Para muchos, gente que me parece insoportable, es incluso Bogotá toda. Son lugares prohibidos consuetudinariamente, sobre todo por los prejuicios que crea el miedo. Son miedos prestados, miedos magnificados, con bases reales incuestionables, las mismas que se muestran con indignación cuando se ridiculiza la idea de «percepción». No vale la pena cuestionar el pánico del que robaron, asaltaron, amenazaron o el que mataron porque es suficiente evidencia para saber que algo está mal. Pero sí que vale la pena preguntarse por el miedo a lo que aún no ha pasado y a no confundir ser precavido con renunciar a la libertad o a la tranquilidad, ni siquiera a favor de la represión de un régimen sino de darle el poder a quién sabe quién para no dejarnos llevar la vida en paz.

Los invito a usar la ciudad sin miedos y mucho menos pensando que es una aventura valerosa. Los invito a caminar de noche, a exigir que deje de ser una ciudad oscura y sin vida nocturna, a motivar a las tiendas para que sigan abiertas porque la gente sigue ahí, sin miedo. Los invito a salir del centro comercial, aunque ese espacio ya ganó, justamente por lo seguro y contenido que es. Los invito a no vivir tanto de la esperanza de gentrificación, a ver si nos damos cuenta de que la ciudad es, sobre todo, como es. Los invito a caminar de noche con Hernando Gómez Serrano, pornomiseria aparte, o con Antonio Manrique. Los invito a leer lo que dice el grupo Stalker sobre los territorios reales, los lugares donde aún no se ha consolidado nada y solo pueden entenderse, ahí sí como dice el lugar común, si se está ahí mismo. Casi siempre el mayor riesgo al caminar son los perros. En fin, esa es la forma en que los invito a no tenerle miedo a Bogotá para que las cosas comiencen a cambiar. Si el alcalde propuso guardar el celular como forma de cultura ciudadana, yo los invito a hablar donde quieran, incluso cerca de los CAI, donde los policías consideran que eso los amenaza (los policías nos tienen miedo a los ciudadanos) y correrán a «tomar precauciones», a pedirle rutinariamente el documento para verificar que no tienen antecedentes y a pedirle que deje de hablar o que lo haga lejos de ahí. A mí ya me pasó una vez.

Costal de papa

21 de January de 2013

Convencer no siempre pasa por hacer que el interlocutor asuma como propias las posiciones de uno. A veces convencer es simplemente hacer que el otro se quede callado, tal vez pensando que lo que antes sostenía puede ser insostenible o necesita trabajo. Pero si es difícil cambiar de parecer, es mucho más difícil, hasta el punto de lo imposible, hacer que otros cambien de parecer. Siempre hay premisas ocultas en nuestros razonamientos (o errores cognitivos o ideologías, les ponen muchos nombres), unas bases que nos llevan a pensar una cosa y no otra frente a la misma situación o los mismos hechos o evidencias.

En el juego de la argumentación hay montones de supuestos y el principal es que todos somos «racionales». La argumentación es una de esas ilusiones de nuestra ilusoria experiencia racional —sea por «naturaleza», por «cultura» o como momento de la vida—, la ilusión de que permanentemente estamos evaluando evidencias. Pero la argumentación es en realidad un juego con unas reglas, con unos supuestos, una forma de comportarse en el diálogo, una forma de expresar lo que se dice. La argumentación es un estilo, un modo. Tal vez no todo lo que podamos decir argumentando lo podamos decir de otra manera. En cambio hay muchas formas de convencer. (Ahora vuelva al párrafo anterior y siga leyendo una y otra vez, indefinidamente.)

***

Bienvenidos al club de la argumentación. En el club de la argumentación nunca peleamos contra los que sostienen un argumento.

La primera regla del club de la argumentación es que se pelea contra los argumentos, no contra la persona que los sostiene.

La segunda regla del club de la argumentación es que se pelea contra la forma de hacer los argumentos, no contra la persona que los sostiene.

Atacar a la persona y no al argumento es una conducta tipificada desde hace mucho como falacia ad hominem, «contra el hombre». (Hay muchos tipos de falacias.) Todos sabemos, por experiencia, que hacerlo es bastante práctico y sumamente efectivo para convencer al gran público, pero no es adecuado si se está en el club de la argumentación. De hecho es gravísimo porque va contra las primeras dos reglas.

Un ejemplo: Miguel es un tipo que se dedica a hablar mierda. Un día encuentra, con mucho interés, que una antigua compañera de universidad está hablando con mucha propiedad sobre moda y estilo. La compañera —que se llama, digamos, Vanessa— sostiene que las mujeres del país se visten con «mal gusto», algo reprobable porque dicho «mal gusto» es la manifestación estética de la visión machista de narcotraficantes o terratenientes ganaderos. Miguel interpela a Vanessa diciendo que no encuentra suficiente el argumento de la ubicación socioeconómica de dicha estética, pues esto solo reflejaría que vestirse bien o mal es cuestión de llevar una vida acorde con lo legal; y señala que el argumento parece basarse más bien en una idea de la relación entre lugar en la sociedad y legitimidad, o sea, que es una posición clasista, si acaso moralista, y que a esta altura de la vida y de la historia no tiene sentido juzgar a la gente con posiciones de ese estilo, sin bases objetivas. Vanessa le responde a Miguel pidiéndole que se calle, ya que resulta evidente, por la forma como él se viste, que no sabe nada sobre cómo es vestirse bien. Vanessa también pudo haber dado por terminada la discusión aduciendo que Miguel tiene sobrepeso, se afeita poco, nació en Bogotá, vive en Colombia o que su nombre suena a Miguey. Pero al final Vanessa opta por decir que Miguel es «un resentido lleno de carencias» y da a entender que por esto no deberían tenerse en cuenta sus argumentos. En fin, atacó a la persona, no al argumento. Por cierto, no era difícil despachar lo que decía Miguel porque no era tanto un argumento sino un juego de espejos en busca de la reducción al absurdo.

El abuso de ad hominem haría de un programa como Hora 20 algo mucho más aburrido. Sería muy fácil despachar a Navarro Wolff porque es cojo y habla con una papa en la boca, a Gómez Buendía porque no pronuncia correctamente la r, a Rangel porque chasquea como comiendo papaya cuando acaba las frases o a Juan Carlos Flórez porque tiene un acento amanerado o porque no se lavó bien los dientes. Hasta ahora, por suerte, quizás, no se ha llegado a este nivel de estupidez que haría ver peor —como un niño de preescolar— al atacante que al atacado.

Pero con el tiempo uno aprende a disfrazar este mismo tipo de descartes falaces con fórmulas más sofisticadas. Entonces aparece otro tipo de falacia —que también tiene su nombre en latín porque fue tipificada desde hace mucho—, que llaman tu quoque. Tu quoque significa «tú también» y se usa cuando la validez de un argumento se ponen en duda porque quien lo sostiene no hace lo que dice el argumento, porque no es coherente.

Un ejemplo: Diana es una madre joven que tiene un hijo de siete años, llamado, digamos, Isaac, que lleva una larga cabellera rizada. Un día Diana dice, en una conversación casual, que lo mejor para que a los niños no les dé piojos es que lleven el pelo corto. Agrega que lo leyó en una revista donde citaban un estudio que mostraba una mayor incidencia de piojos en niños con pelo largo, aunque no mucho más. Su interlocutora, oportunamente, le señala a Diana que está equivocada porque si fuera cierto Isaac llevaría el pelo corto. Diana se siente mal, se calla y tal vez regresa a la casa a calvear a Isaac.

Un ejemplo más fácil: un hombre infiel dice que la infidelidad es mala. Agrega que es así porque sale muy cara. En respuesta, le dicen que se equivoca al decir que la infidelidad es mala porque él mismo es infiel. En consecuencia la infidelidad es buena, aun si sale cara. ¿Se diferencia de decirle a alguien que está equivocado porque tiene mal aliento?

***

Hay una forma específica de tu quoque que es muy común. La llamo «costal de papa» por una anécdota personal. Un día hablaba de cualquier cosa con Alejandro Peláez y acabamos hablando de la izquierda o de Chávez o algo así. Entonces él me pasó un video en que entrevistaban a un funcionario de Chávez que afirmaba cualquier cosa que afirmaría alguien de izquierda o chavismo o lo que sea que sea eso. El periodista encontró la forma más elevada de dejar callado al chavista: «¿y entonces por qué está vestido con [marca de ropa fina]?». El funcionario se quedó callado. Lo dejaron callado. Le pregunté a Peláez si acaso le daría validez a las afirmaciones del funcionario chavista si mejor estuviera vestido con un costal de papa.

A diario se invalidan los argumentos de izquierda porque los sostienen personas que están «bien vestidas», viven en barrios ricos y no parecen estar pasando hambre ni tener origen pobre. Hace poco, justamente en Hora 20, interpelaron a León Valencia preguntándole cuánto ganaba mensualmente. Valencia respondió que ganaba 10 millones de pesos y la reacción de, por ejemplo, Laura Gil, fue decir que era «izquierda zarrapastrosa». La idea es que alguien con esa cantidad de ingresos o patrones de gasto no puede ni debería ser de izquierda o, más exactamente, andar ventilando ideas de izquierda o argumentos a favor de estas.

Lo curioso es que cuando aparece gente, digamos, coherente —Pepe Mujica— el antiargumento costal de papa se vuelve en su contra, ya no para señalar la invalidez de la idea por incoherencia sino porque cómo alguien que vive como un pobre va a gobernar un país. Y eso no es muy diferente de joder porque usa sudadera o monta a caballo con sombrero. Pero es más curioso que nunca se use un argumento así para hablar de coherencia con los supuestos valores de la derecha. Casi nadie invalida a «la derecha» denunciando que no salgan a hacer etnocidios o que vivan en barrios de clase media dado que ser de derecha es cosa de ricos.

***

Predicar pero no aplicar nunca es grave al argumentar si se está en el club de la argumentación. Predicar y no aplicar es desastroso para el ejercicio político porque simplemente la política no es cosa de argumentar sino de hacer, de hacer para obtener respaldo y ser muy hábil con la retórica, donde caben todas las trampas. La retórica es el todo vale.

¿Van a destruir las reivindicaciones de un movimiento que aparentemente es de izquierda porque los que jodían con eso oyen música en un iPod, como hicieron con los que ocuparon Wall Street? Más altura, por favor, no me traten como a un niño. Bastante se puede decir en contra de los supuestos de la izquierda antes de andar señalando esas nimiedades. O despáchenlos por feos; pero entonces estén dispuestos a convencerse si les sale alguno bonito.

¿Van a joder a un gobernante de izquierda por regalarle un país a unas multinacionales? Eso tiene más sentido. Pero el problema nunca es la coherencia porque el verdadero problema es que no haga lo que quiero que haga. Pero esa es otra historia.

Viaje

24 de May de 2012

Hace varios años ya, cuando comenzaron a aparecer los traductores en línea, The Economist mostró un ejemplo de cómo esos traductores volvían nada lo que uno los ponía a traducir. Hacían traducir, digamos, algún pasaje del inglés al francés, del francés al alemán y después de nuevo al inglés. Y el resultado era, por supuesto. un desastre. Pero un desastre muy divertido.

Se me ocurrió hacer el mismo experimento pero con algo más de imaginación, como si fuera un viaje de costa a costa del viejo mundo, de Portugal a Japón.

La frase con la que arranqué fue «viajemos de Portugal a Japón con Google Translate». Después de sucesivas traducciones al portugués, de nuevo al español, después francés, holandés, alemán, polaco, lituano, bielorruso, letón, estonio, ruso, chino, coreano, japonés, la última versión, nuevamente en español, fue «viaje de Portugal a la interpretación de Japón y Google». En este mapa puede seguir el recorrido y ver cómo se fue transformando. ¡Acompáñenme!



Deprecated: Function split() is deprecated in /home/jdz/public_html/wordpress/wp-includes/cache.php on line 215

Deprecated: Function split() is deprecated in /home/jdz/public_html/wordpress/wp-includes/cache.php on line 215