Historia clínica
Llevo desde el jueves en la Clínica Shaio, donde está hospitalizado mi papá. Escribo esto en la noche del 27 de junio. Mañana él será operado del corazón por segunda vez en veinte años. Este jueves, ojalá, cumplirá 77.
Aquí en el hospital uno piensa en muchas cosas. El ambiente me da muy malas sensaciones porque mi mamá estuvo rondando los últimos meses de su vida por lugares como este, llenos de higiene, blanco, piso de vinilo, luces fluorescentes, acero, etc. Los ascensores huelen bien a las 8 a.m. pero a las 8 p.m. huelen mucho a gente. Es inevitable pensar vulgarmente en Foucault y su paranoia por los panópticos y en Elias y su vaina con la soledad de los moribundos. Los hospitales son instituciones opresoras que marginalizan… eso dicen, repito, entendiéndolos vulgarmente.
La edad de mi papá es engañosa, al igual que su condición. Él está en riesgo de infarto pero está como siempre, perfectamente. Tal vez desde hace diez años las cosas han ido cayendo… pero al menos ha sido por diez años. Se supone que con lo que le hacen mañana va a estar mejor que antes. Me imagino cómo puede estar él mejor que antes si ya está bien.
Hace poco bajé a la cafetería, que por fortuna está abierta las 24 horas. Pensaba en los pasillos largos que sólo se ven en este tipo de edificios y lo propicios que son para fantasmas y apariciones. No debería creer en fantasmas, pero me emociona mucho su posible existencia. Por otra parte, los hospitales son lugares perfectos para ellos. Al menos conozco una historia al respecto, que ocurre en el Hospital San Rafael.
Iba un día un amigo mío, que estudia medicina, haciendo sus rondas por el dicho hospital. A eso de las dos de la mañana le dijeron que llevara no sé qué papeles a tal piso. Él pidió el ascensor y cuando las puertas se abrieron encontró a una monja anciana. Mi amigo, entonces prospecto de galeno y siempre muy cortés, la saludó sin percatarse de que a tan altas horas de la noche no debería haber personal ajeno a la institución merodeando por ahí. Mucho menos una doncella de Cristo. El ascensor llegó a uno de los últimos pisos. Mi amigo se bajó pero no la monja que, antipática, no respondió al ademán de mi amigo. En la recepción del piso preguntó mi amigo la identidad de la arisca señorita. Le dijeron que era el fantasma del hospital, que por eso después de la una todos los médicos usaban las escaleras —de por sí bastante tenebrosas— y que si por favor bajaba estos papeles. Mi amigo, ni corto ni perezoso, fue con diligencia al ascensor y para su sorpresa, cuando se abrieron las puertas, volvió a encontrar a la monja. Pero él, muy cortés, la saludó de nuevo. Y sí, cuando quiso subir otra vez volvió a pedir el ascensor. Pero ya no había monja.
Yo ante algo así sencillamente me muero de paro cardiaco. De lo que se sigue que en la Shaio no hay fantasmas porque nadie quiere que se muera gente de paro cardiaco en una clínica especializada en el corazón.
Pésima conclusión, yo sé. Espero que sea la única de estos días extraños.





19 de Noviembre, 2009 - 15:38
huyyy severo mike……….