Glosolalia

Desde el jueves estoy en Villa del Parque, en la periferia. Es un barrio con aire de pueblo que me recuerda mucho a San Antonio, en Bogotá, donde murió mi abuela materna: casas pequeñas, edificios de vez en cuando, algunos negocios, parques y un par de avenidas importantes a pocas cuadras.

Al parecer, la gente es todo bien en este lugar, atenta, cortés y familiar, muy diferente al mesero/tendero/revistero porteño del centro, que se espanta cuando se le dice gracias, no sin antes preguntar «¿qué?».

Entré a una peluquería y me senté.

—Sos nuevo en el barrio, ¿eh? —dijo el peluquero—. No sos de acá vos.
—Llegué hace dos semanas a Buenos Aires y hace dos días al barrio.
—Sí, nunca te había visto.

Y siguió cortándole el pelo a alguien. Mientras tanto llegaba más gente. Se saludaban de beso, se preguntaban cosas, parecían viejos conocidos.

—Seguí ahora —me dijo cuando acabó—. ¿Cómo querés?
—Solo que me quite la barba.
—La barba sola, muy bien. ¿De dónde sos vos?
—De Colombia.
—¡Hablás muy bien el castellano para llevar tan poco tiempo aquí!

No pude explicarle que en Colombia… el tipo seguía hablando. Entre tantas cosas —y señas— dijo que hablaba mucho mientras trabajaba porque
así podía hacer amigos, como todos sus clientes, porque los peluqueaba desde que tenía doce años. Y me mostró una foto de cuando tenía quince.

Al final no me cobró.

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