Archivo de la categoría "Uncategorized"

Inventario

Martes, 24 de Enero de 2012

Magia, píldoras, «¡vamos!», nada que perder, el Opus, Caperucita roja, bazuco, niñas perdidas en el bosque, rastrojos, helado de lulo, τετέλεσται, ¡Oh, libertad!, «Tu papá me cae bien», Alcaraván, guarapo, La Mayorista, «lávate los dientes», «nunca he estado en Coveñas», vikingos, hamaca, tobillo, Oatmeal, Zelda, tzatziki, wikileaks, «tu matica, mi matica, el chat», Nouveau défi, «llévame», ceibas, «ajá», Marinos, narcoterraza, El Machetico, alcachofas, John, pichar, Otraparte, buñuelitos y empanaditas, El Poblado, «mucho taco», Counting Crows, mortero, cometa, medias veladas, Ubaque-Cáqueza, «demás que», la loma del Campestre, Aurora, María, cultura Metro, Arví, Fenicia, Cantaleta, Te busco, botas, «perfecta imperfección», La niña Juani, Firehouse, peye, pájaros, «bueno… esto es Bogotá», peces, reinado, baile de tío, Ara ararauna, Urocyon cinereoargenteus, retraso, Diane Lane en Rumble Fish, Envigado F. C., Quiero una chica chonqueta, ardillas, Carepaisa…

Y así…

Pelo

Martes, 10 de Enero de 2012

Mi pelo —mi cabellera, mi vello facial, mi abundante vello corporal, en ese orden— ha definido mi vida. Me ha hecho sentirme vanidoso o dejado, apreciado o rechazado, bonito o feo. Nunca realmente cómodo.

***

Mi cabellera es un montón de pelo de varios colores que al final parecen café muy oscuro. Aunque en el nivel agregado puede decirse que soy crespo, si se ve cada pelo individualmente podemos ver que no son crespos ni ondulados sino en zig-zag. Sobre mi frente se ve más rizado que atrás. Los pelos de atrás tienden a bajar lisos, o más exactamente rectos, pues no caen sino que siguen erectos. Nunca he encontrado un corte de pelo que me haga sentir realmente cómodo. A veces hay días en que todo parece muy bien, pero son muy escasos. Casi siempre me gusta como me veo cuando salgo de la ducha, cuando está aplacado por la humedad y se ve brillante y con alguna forma. Pero eso es una ilusión pasajera. Después se seca y aparece quemado, opaco. Las cremas para peinar han ayudado un poco desde que comencé a usarlas hace unos cinco años. Pero en general es un desastre.

En el colegio, entre los 14 y los 16 años, usé el pelo largo. Me decían «La Mota», «Afrid», «Disco», «Kramer»… Una vez, en un paseo en San Agustín, uno de los montadores del salón comenzó a sacudirme el pelo mientras hablaba con un profesor. Yo le grité pidiéndole que parara pero el man seguía. El profesor me dijo «tolere». Me quedé sentado, emputadísimo, preguntándome por qué carajos tenía que aguantarme la montadera, esta y tantas más, por esta y otras razones. Debía ser cuestión de poner la otra mejilla: el profesor estaba a cargo del área de religión. Entonces tomé aire y le mandé al profesor un puño en la boca del estómago. El puño, por supuesto, iba en realidad para el que me estaba jodiendo. Pero a él le tocó recibirlo de manera simbólica. Quedó sin aliento y yo le dije «tolérelo». No me echaron. Esa noche me iban a dejar sin comida, pero al final comí. El profesor era un amigo más y yo tenía privilegios por ser inteligente y esas cosas.

A los 17 años me calveé. Por varios años duré calveándome regularmente cada vez que me aburría del pelo. No he dado con un peluquero que pueda resolver el problema de mi pelo, de domarlo, de darle forma, de proyectarle un futuro. La mayoría de peluqueros opta por dejármelo bajito, «juicioso». Varias veces he ofrecido mi melena tan larga como me la llego a aguantar (a veces un año entero sin cortar) y en vez de hacer algo maravilloso con eso, la solución casi siempre es bajarla a su mínima expresión, donde ya no se ve crespo pero tampoco liso, porque eso es imposible. Así que es imposible hacer algo maravilloso con mi pelo, al menos algo con lo que me sienta conforme.

***

Mi barba comienza en la mitad del cuello y acaba un centímetro o menos debajo de los ojos. Mi barba apareció como bozo a los diez años y como pelos aislados en el mentón a los once o doce años. Una vez me quité los pelos del bigote con una crema para depilar que tenía mi mamá. El miedo era, como siempre, que no desaparecieran sino que se volvieran más gruesos. Pero igual lo hice. Y lo hice y lo hice. Hasta que a los catorce fue necesario comenzar a afeitarse, aunque no con mucha regularidad. Pero qué aburrido era afeitarse, afeitarse para acabar con tres pelos con el único fin de que en el colegio no me la montaran por tener bozo.

A los quince o dieciséis pasó lo peor porque comenzó a crecer un lanugo asqueroso entre el área razonable de la barba y los ojos. Me comparaba con horror con mis tíos maternos, especialmente con uno que tenía una mancha gris en todo el rostro. Veía en él mi futuro, un futuro lleno de pelos que iba a hacer falta controlar, cortar, dejar a raya, que nunca iban a desaparecer. Mi barba era, pues, invertida. Por mucho tiempo intenté aplicar la fórmula que según mi mamá le había garantizado no tener vellos en los brazos: restregarse piel de calabacín con regularidad. Ella en verdad no tenía pelos en los brazos. En mí no funcionó o no lo hice tantas veces como hubiera sido necesario. Y me demoré mucho en adoptar la otra solución. Un día en que comprendí que la «buena presentación personal» era fundamental por la magnitud de lo que tenía que hacer, me hice depilar los pómulos con cera. No dolió mucho, pero me dejó quemaduras. La depilación abrió una nueva puerta a la montadera: ahora era el man que se había hecho quitar sus pelos. Pero el lanugo desapareció y se convirtió el pelos normales, gruesos y un poco menos abundantes.

No me afeito con regularidad. No me gusta usar cuchilla porque me maltrata la piel. Prefiero pasarle la máquina a los pómulos, con cierta regularidad. Pero la máquina de afeitar que usaba, una que olvidó un chino con el que compartía pieza en París, la dejé en Buenos Aires. A veces, simplemente, me la dejo crecer indefinidamente hasta que la cara se ve sucia y, reuniendo ánimos, me la vuelvo a perfilar. La barba hace parte de mi identidad. Cuando no llevo barba me dicen que parezco menor o que me veo más cachetón. O que simplemente no soy yo. Es difícil darle forma porque es crespa y rebelde, porque salen pelos mirones entre el mar de aparente regularidad. Hace mucho, unos ocho años, no me afeito a ras todo el rostro. Odio ver cómo la piel queda brillante y ese sentir en exceso de la piel sin vellos. También, por alguna razón, asocio esa sensación con «ser guiso». Una idiotez, pero algo que evado.

***

Tengo pelos en todo el cuerpo. En la nuca, en los nudillos, en el culo, en las rodillas y detrás de ellas, en el pecho, en el abdomen… Nunca me han incomodado. A veces recorto los de alguna zona. Nunca me he depilado ni he pensado en hacerlo. Pero los pelos caen y caen sobre las cosas, en la ducha, en la ropa, en la cama… No tengo problema con mis pelos. Yo no.

***

Un día, en el chat de Facebook, López, uno de los montadores del colegio, me habló. Él, que nació en la misma fecha que yo, pero es un año más viejo, volvía a joderme doce años después con mis pelos, con mis muchos pelos.

Factores

Lunes, 12 de Diciembre de 2011

Tener empleados «negros» (o de cualquier «raza») no es racista. De hecho lo que suele considerarse racista es no tener ni un empleado «negro». Del mismo modo, en algún contexto, tener solamente empleados «negros» podría ser considerado racista. A veces solamente se considera racista tener empleados «negros» que se dediquen únicamente a oficios considerados indignos (hasta ahora hablaba de cualquier tipo de empleo), es decir, los que nadie quiere hacer pero que alguien debería hacer, o sea, los que «nadie» hace justamente por la posibilidad de que haya gente que sí.

En la práctica es muy difícil escapar de estos círculos cognitivos, estas autorreferencias en que un «dato» —como raza, origen, ingreso o lugar en el mundo— está fuertemente correlacionado con los otros. En la práctica, insisto, es muy difícil marcar una diferencia clara entre el estereotipo —o la caricatura— y la realidad. O, mejor «la realidad». En la práctica todo suele seguir como está por mucho tiempo, como ha estado ya por mucho tiempo. Por eso dejar de ocupar el lugar usual en el mundo acaba casi siempre en lo que algunos, en el mejor de los casos, entienden como «perder la esencia»: los negros dejan de bailar sabroso, los indígenas ya no usan más emplastes para curar, los mestizos renuncian al paseo de olla. Ese tipo de cosas. En el peor de los casos no lo llaman perder la esencia sino arribismo, trepamiento y otros nombres horribles. ¿Los blancos? Ellos siempre han sido blancos. Pero por fortuna hacia allá vamos todos por la vía del progreso.

***

Es una composición. Parece un cuadro de Fra Angelico. Hay un punto de fuga en el centro, que se pierde en el valle verde. Hacia él, con ángulos muy agudos, se orientan los muebles blancos, los bordes de la piscina. Y en cada lado hay una negra vestida de blanco, robusta, erguida, sosteniendo una bandeja con tetera y tazas. Quedan dos negras como resultado de duplicar uno de los lados de esta composición simétrica. Ellas se miran frente a frente, de manera perpendicular a la cámara. Hacia el lente sí miran las cuatro mujeres que son centro del cuadro y que le dan su título: «Las mujeres más poderosas del Valle del Cauca».

Las mujeres poderosas tienen nombre. Las negras también, pero no salen ahí. (Me gustaría tener evidencia para asegurar que es más probable que salga el nombre de las mascotas, incluso si no salen en la foto.) Desde luego, las negras no son esclavas porque en este país ya no hay esclavitud. Con seguridad, a las negras les pagan por servir el té y las otras tantas cosas que hagan.

Las negras son negras porque el Valle del Cauca era en la Colonia una región productora de oro adonde, por eso mismo, como es lógico, hubo que llevar muchos esclavos. Los negros se volvieron parte del paisaje e imaginario sociales y ocupan un lugar en particular en el que pasan de ser esclavos sin alma a sirvientes inmóviles, sin voz y sin carácter. Es decir, objetos, como en esta foto. Pero no, por favor, no sigamos diciendo estas cosas, que es hilar muy fino. Mejor digamos que los negros se vuelven gente que da sabor y color al Valle, que aportaron (en pretérito: acción concluida) la música y la sazón («sabor a negro», decía cierta cocinera de Twitter sobre las empanadas que de allá vienen) que distinguen a la región.

Por lo demás, las negras son más pintorescas que otras «razas» que podrían desempeñar ese oficio en otros lugares de Colombia y además sirven bien a la imagen de racismo global: los blancos son poderosos y los demás deben servirles. ¿Gente mestiza? Bueno… es que no genera tanto contraste. Condimente esto con buenas intenciones y el manido cuento de que los empresarios andan derramando empleo y dignidad con una cornucopia (y a cambio, si se lo «piden», usted debe posar en una foto como si fuera un mueble) y lista la composición.

Ah… ¿era en serio?

Domingo, 20 de Noviembre de 2011

En El péndulo de Foucault, Umberto Eco parecía advertirnos sobre el inminente establecimiento (que no venida, ellos ya habían llegado) de gente como Dan Brown o el enfoque cada vez más exobiológico, espectral y conspiratorio de Discovery y History Channel. Si hoy hicieran una película sobre El péndulo, seguramente dirían que es un plagio de El código Da Vinci. Ahora bien, Dan Brown dice —al menos de dientes para afuera— que todo lo que cuenta en sus novelas es la pura verdad, basada en documentos que existen. Los canales, por su parte, sostienen todo lo que dicen porque lo dice alguien, alguna autoridad. En suma, lo que originalmente Eco mostraba como un chiste acabó por volverse realidad. Quién sabe cuánta gente se lo ha tomado en serio, quién sabe cuántas veces han llamado a Eco para explicar, con mucha solemnidad, con aura de verdad, temas como textos perdidos que cambiarían el destino de la humanidad, sectas ocultas con planes macabros de dominación que ya están en marcha, desdoblamientos y sinestesia entre gemelos y, por supuesto, viajes a tierras desconocidas y los seres fantásticos que allí habitan.

***

El enfoque cada vez más popular de freakonomics parece una copia de Allegro ma non troppo, de Carlo Cipolla. Pero en serio. ¡Y con datos! ¿Realmente, a pesar del título y de la introducción, era tan fácil leer este panfleto de Cipollla como algo «en serio»? (Y cuando digo «en serio» quiero decir que es algo que se expresa con una solemnidad que hace suponer que todo lo ahí afirmado pretende ser una descripción de «la verdad», de revelaciones, como expresa la etimología de esta palabra en griego.) Pues al parecer sí: el artículo de Wikipedia en español sobre Cipolla todavía dice que él «exploró el controvertido tema de la estupidez formulando su famosa Teoría de la Estupidez». En efecto, el artículo de Cipolla es formalmente muy sólido y cada ley se interrelaciona elegantemente con las otras. Al final nos resume todo con un gráfico cartesiano muy hermoso, del estilo del political compass. ¡Pero es jodiendo, maldita sea!

***

Todo iba bien y nos reíamos, como quien lee una carátula de Barcelona. Hasta que dijo que era en serio. Cuando eso sucedió fue necesario hacer otra cara al leer «el país progresa», la conclusión a la que llegó Alejandro Gaviria después (o no, incluso antes: está en el título) de presentar unos gráficos hechos a partir de una robusta serie histórica de datos, principalmente antropométricos, relativos a las concursantes del Reinado Nacional de la Belleza. (Esto también nos lleva a la pregunta sobre cómo los obtuvo y a la respuesta tentativa de que fue con chimpancés.)

Si el tema es en serio, si hay que tomárselo en serio, con solemnidad, todo parece ser muy preocupante. No hablaré sobre la proyección de valores machistas en las conclusiones o la selección de los temas de estudio. No sugeriré nada sobre cómo se validan estereotipos clasistas o racistas desde el mismo planteamiento de este tipo de investigaciones, incluso antes de llegar a conclusiones. Simplemente haré algunas preguntas válidas a partir de las reglas, los supuestos y los postulados de las ciencias duras y su arma fundamental, la estadística.

¿La muestra sí es representativa? ¿Representan quince mujeres por año las características o la influencia de o en la economía y la cultura en todo un país? No porque, entre otras cosas, el grupo no abarca una variable definitiva como el sexo.

¿Un dato como la longitud del ancho de las caderas es suficiente para concluir (o si quiera suponer) que la «raza negra» es más predominante o ha logrado «mezclarse más» hoy que hace cuarenta años? ¿Se controló rigurosamente esta variable —con otro estudio, por ejemplo— para poder concluir que «raza» y ancho de cadera estaban estrecha y concluyentemente relacionadas? ¿El ancho promedio de la cadera nacional tiende al ancho promedio de la cadera «negra»? Y una pregunta sobre las implicaciones ideológicas de una afirmación como que mientras menos racismo haya hay más progreso. ¿De dónde saca eso? ¿En qué se basa? ¿Por qué se está comprometiendo con unos valores? Por último: si bien las tetas han disminuido de tamaño, ¿no corresponderá el tamaño de las caderas a una nueva tendencia en cirugías?

***

Cada vez que alguien de las llamadas ciencias sociales se aventura a hacer extrapolaciones y generalizaciones a partir de un puñado de observaciones localizadas con la discutible y subjetivista técnica de la etnografía o análisis de discurso, que sobreinterpretan las palabras de un texto —que son simplemente datos, entiéndanlo, y estos nunca mienten—, lo que hay que hacer es llamarlos charlatanes y gente sin rigor.

En las ciencias sociales nunca se usan herramientas ni estrategias metodológicas que permitan llegar a conclusiones que de verdad merezcan este nombre, nunca abarcan en sus estudios suficiente tiempo, suficiente muestreo estadístico, suficientes diferencias, nunca comparan. En cambio sí pierden el tiempo intentando describir cosas que quieren ver más complejas de lo que en realidad son. Lo que es peor: nada de lo que dicen suele tener provecho técnico, no da elementos que sirvan para orientar a la sociedad por el camino del progreso.

Pero lo peor de todo es que los científicos sociales tienen una manía terrible que es coger como objeto de estudio cualquier bobada que se les aparece, como reinados de belleza o futbolistas, y a partir de eso buscan hablar de valores de la sociedad, de cambios de paradigma, de dispositivos de dominación y otras chácharas posmodernas, por poner problema, por figurar por ahí en la prensa como formadores de opinión.

***

Quizá Gaviria se refería a otra cosa cuando dijo que era «en serio»: que los datos no son inventados, que su procesamiento fue tan riguroso como el de cualquier estudio «serio» (sobre cosas serias), que las gráficas se hicieron con STATA y no con Excel.

Quizá Gaviria no hablaba en serio cuando dijo que no era en serio.

Pero quizá no.

Grave, ma non troppo. Grave ancora.

Amor: una declaración de principios

Lunes, 8 de Agosto de 2011

“When I use a word,” Humpty Dumpty said, in rather a scornful tone, “it means just what I choose it to mean — neither more nor less.”

Dijo Catalina Ruiz que el amor está hecho para la mujer que todo lo tiene. Que para tener hijos puede buscarse un especialista en fertilidad, que la independencia laboral le da para el sustento. El amor, le respondí, se lo puede dar un perro, porque el perro, aunque no está dando amor, parece estar dando amor. La búsqueda constante y la fidelidad de un perro por su amo son simplemente manifestaciones del instinto de una especie gregaria, condenada además por los humanos a vivir una infancia eterna, dócil y sometida. Y la ama (estamos hablando de mujeres que no necesitan nada más que eso) entiende bien que eso es amor o devoción. Porque, y esta es la raíz de todo, el amor de otra persona solo existe en uno, como una interpretación de algo que alguien más hace, probablemente sin intención. Si usted se siente amado, se siente amado. Y si no, no. Nunca es responsabilidad de uno hacer sentir al otro que lo están amando porque eso es simplemente imposible.

Pero he dicho todo esto sin problematizar el contenido de la palabra amor. Pero es que es una palabra tan común y tan caspeada como cualquiera del vocabulario de las ciencias sociales (discurso, poder, estructura…), una de esas palabras que todo el mundo usa sin preguntarse qué entiende por ella ni qué le van a entender cuando la use. Pero además es una palabra tabú, que designa algo supuestamente puro, inconmensurable, indescriptible y, sobre todo, sagrado, cuya existencia es incuestionable y que solo se siente cuando se siente. A nadie le gusta que le digan que es, por ejemplo, una reacción química en el cerebro o una construcción social. En el colegio, Castro me dijo una vez que debería haber una máquina que le dijera a uno si está enamorado o no.

Y sin embargo, de nuevo, el amor es fundamental. Quién sabe qué amor, qué idea de amor, pero es fundamental. La gente no vive feliz sin amor, sin amar ni que la amen. ¿Pero qué carajos es eso? ¿Qué carajos quieren decir con todo eso? Algo, desde luego, alguna noción existe, pero no es nada que puedan describir, definir, concretar y a veces ni siquiera señalar. Está en su esencia práctica el no aceptar limitación semántica alguna (referente, significado, significante, excepto la palabra misma), ni siquiera por el bien de nada. Se daña, dicen. Pero entonces sucede algo más interesante y con frecuencia aberrante: si no es declarado, no existe. Así de paradójico y así de complicado.

Cuando a mí me dicen «te amo» yo honestamente no sé qué hacer y me pongo nervioso. Solamente entiendo que ha de ser algo muy importante, que no es algo que se le dice a cualquiera o en cualquier circunstancia, que debería estar orgulloso u honrado y que debería coger esas palabras con pinzas y dejarlas en un lugar seguro. Y por eso yo difícilmente digo eso. Una vez para una clase leí un cuento cubano que se llama «No le digas que la quieres» o algo así. La idea era leerlo críticamente, leerlo a la luz de los hábitos de pensamiento sobre el amor o el cariño. Se lo di a leer a Diana después de nuestra primera vez. A ella le gustó y probablemente se enamoró más. El cuento dice que todos los amigos le dicen a otro amigo, que va a perder la virginidad con la novia, que no se le ocurra nunca decirle que la quiere; o que la ama. Pero el tipo al final lo hace porque «es inevitable».

En mi caso decirlo no es inevitable, es algo que hay que pensar y meditar, que es fruto de la voluntad propia, más allá de que en el fondo se pueda sentir un dolor —por cierto, pasajero— en el estómago. Y porque aún no sé qué es con certeza, pero sigo creyendo que es sagrado y no merece ser usado en vano. ¡Pero sobre todo es algo que siento y hago, maldita sea! Y si usted no entiende que la amo por las cosas que hago, pues nunca lo va a entender. Si no lo vio en la mirada o en el gesto o en la caricia, nunca lo va a ver. Y si decidió que no lo quiere ver ni en mí ni en nadie, pues mucho menos. No me culpe por no querer sentirse amada como yo la amo. No me diga que estoy atrofiado, que tengo una forma enferma de amar. No me juzgue si no saqué todas mis ideas sobre el contenido de esa palabra de una emisora de canciones hechas para vender, sino de un papá y una mamá que, según todo indica, se quisieron desde que ya estaban viejos hasta que ella se murió. Si no es capaz de sentir o entender que la aman es su problema, no el mío.

***

Adenda:

El 7 de marzo escribí esto: «ser una cosa que fracasó en su intento de comunicar algo muy sencillo que no sentía hace rato».

Seguir contando muertos

Lunes, 25 de Julio de 2011

Me parece bien que El Tiempo se haya subido al bus de la visualización de información. Lo malo de cuando los medios se suben a esos buses es que casi nunca lo hacen de una manera comprometida y seria, al menos honesta, sino por moda, porque hay que ir a la par con las «nuevas tendencias». Y aquí podría decirse que no se les puede exigir nada, que son empresas, que van al ritmo de las cosas, que en este país las noticias van a mil. Y todo eso es cierto pero no debe justificar chambonerías.

Hoy salió en la página de El Tiempo un «mapa multimedia» sobre el tema de los homicidios en Bogotá. El mapa es pertinente porque ahora dicen que la ciudad se volvió insegura e invivible y mucha gente se indigna cuando les hablan de que es un tema de percepción: creen que hablar de percepción es negar que sí suceden robos, asaltos y homicidios. Como la ciudad es un espacio fácil de representar (una silueta basta) y como los homicidios suceden en un lugar concreto, un mapa es un recurso útil para presentar cantidades, particularidades, relaciones, secuencias, etc. Cada homicidio, cada punto muestral, cada dato, se vuelve un alfiler con el que se pincha el mapa que está colgado en la estación de Policía y al final aparece un dibujo, que es una mancha, una distribución, algo que pone a pensar.

Sobre este mapa hay dos preguntas muy sencillas para hacerse. La primera es dónde están los datos y la información. En concreto, el mapa solamente presenta cinco datos: la cantidad de homicidios que ocurrieron en el primer semestre de 2011 en Bogotá (760); el número de homicidios que tuvieron lugar «el primer día de la semana», que hay que suponer que es el lunes (28,9% = 220); y el número de homicidios efectuados con arma blanca (62,7% = 477), con arma de fuego (34,2% = 260) y con otras armas (3% = 23). Hay otra pestaña con otros datos, pero no hablaré de eso. ¿Las manchas rojas representan algo? ¿Cuál es el significado del rojo? «Alta». ¿Alta qué? ¿Tasa de homicidios? ¿Incidencia de homicidios? ¿Con respecto a qué? ¿A la zona? ¿A todo Bogotá? Eso no aparece. Solo queda el rojo, que significa peligro. Es una señal que va más allá del dato de la cantidad de homicidios, un dato que, solo, tampoco dice nada.

Porque los datos solo dicen algo cuando se los compara. Y esa es la otra pregunta: ¿con qué están comparando esto? ¿Qué hace que haya manchas rojas y manchas verdes? ¿Qué es alto y qué es bajo? Y con respecto a lo que había antes, ¿aumentó o disminuyó? ¿Se desplazó? Ni idea. No sabemos si 760 (más o menos 10,8 homicidios por cada 100.000 habitantes) es mucho o poco, más allá de que todos creamos que cualquier asesinato es inaceptable. Y ver un mapa lleno de manchas rojas en un momento en el que todos nos dicen que la ciudad es invivible solamente refuerza la idea de que la ciudad es invivible y que tarde o temprano nos van a matar. O que hay zonas de miedo, terrenos vedados por donde es mejor no pasar.

¿Qué se debió haber hecho? En vez de representar los homicidios como manchas continuas, como amebas multicolores, la visualización debió haberse basado en el carácter discreto del dato: un homicidio es uno solo. Así, cada punto muestral pudo ser un círculo con transparencia de, digamos, 5%; pudo ser de color rojo, si querían. Superpuestos unos sobre otros —si llegara a ser así, si hubiera dos homicidios en el mismo punto—, los puntos crean una mancha más oscura en el lugar donde más casos ha habido. El tono final del punto arroja información sobre el número de homicidios pues cuando llegue a un nivel de opacidad de 100% significará que hubo 20 homicidios en ese punto, es decir, 3% del total de la ciudad en ese semestre. ¿Y qué más podría decirse? ¿Por qué no incluir la información específica sobre cada homicidio, del mismo tipo de la que se encuentra en la segunda pestaña? Así podríamos encontrar dónde se concentran los homicidios por riñas y dónde los ajustes de cuentas. O darnos cuenta de que no existen patrones geográficos aparentes. ¿Y qué tal si los puntos muestrales van apareciendo en una secuencia de tiempo? ¿Qué tal que los homicidios se hayan estado moviendo de zona? Etcétera. Que los datos hablan por sí mismos es una forma de decir las cosas: es claro que hablan mucho mejor si se los hace hablar más y mejor.

Contar los muertos

Martes, 15 de Febrero de 2011

Lo intertextual: la relación implícita o explícita entre los textos —entendiendo texto en su concepto universal— en el espacio y el tiempo. Quiero relacionar tres columnas distantes entre sí que aparecieron en El Espectador. En su orden, «¿Indecente? Solo si se hace bien», de Catalina Ruiz y publicada el 10 de septiembre de 2010, «Escalafones», de Francisco Gutiérrez y publicada el 11 de noviembre de 2010, y «173 kilómetros de cadáveres», de Alfredo Molano y publicada el pasado domingo 13 de febrero.

La columna de Catalina trata el tema de los actos terroristas como obras de arte. Mejor dicho, como composiciones que buscan crear efectos, crear imágenes imborrables, aunque desagradables y dolorosas, por supuesto. Esta es una idea difícil de comprender, asimilar o compartir para quienes piensan que el arte debe transmitir lo bello mostrando lo bueno y lo verdadero. En suma, los atentados del 11 de septiembre de 2001 eran una obra de arte por su composición, porque «había sido pensado visualmente»: con imágenes —visuales o narrativas— se crean los acontecimientos, las historias que se cuentan.

Gutiérrez llama la atención sobre la toma del Palacio de Justicia en noviembre de 1985 como el acontecimiento que encabeza la lista de lo que «los colombianos» consideran las peores tragedias de la historia. Y ahí está, de nuevo, una imagen: la luz de un edificio en llamas, que contrasta con el negro del cielo nocturno, simboliza toda una historia de insensatez y crueldad, el acontecimiento. Pero Gutiérrez, sin minimizar la tragedia del Palacio, habla de tragedias más horribles, considerando otros criterios. Finalmente llega a la conclusión de que la peor tragedia del país es el desplazamiento. ¿Pero qué imagen hay de esto? Gente que mendiga en la calle, una caricatura de Antonio Caballero, una idealización de la vida en el campo: ¿dónde están los millones de desplazados? ¿Es posible imaginarse tal cosa?

Finalmente Molano nos invita a construir una imagen que voy a amplificar: un viaje por carretera, de Bogotá a Tunja (o de Cali a Popayán, o de Medellín a Honda), con una fila de cadáveres, uno detrás del otro al lado. Esa sería la imagen de las personas asesinadas por los paramilitares «si se fusilaran de uno en uno»: una fila de 135.000 cadáveres. Molano imagina más: un pueblo grande como Yarumal, Zarzal o Guaduas. Creo que solo he visto una imagen remotamente parecida a eso en la película Hotel Ruanda:

Pensando en eso construí un mapa en el que uso el Parque Tercer Milenio como referencia para un cementerio de 135.000 cadáveres en tumbas de 1,7 por 3,2 metros, un cementerio de 733 mil metros cuadrados. A su lado, para que nos hagamos una idea, para que amplifiquemos la imagen, las áreas de la Universidad Nacional, de los parques Nacional y Simón Bolívar, del Country Club y el cementerio Jardines del Recuerdo.


Ver 173 kilómetros de cadáveres en un mapa más grande

Alguna vez vi en la séptima una imagen parecida a la que propone Molano. Era un monumento temporal a víctimas de la izquierda, una fila de ladrillos blancos que partía de la Plaza de Bolívar e iba mucho más allá. Cada ladrillo tenía el nombre de una persona muerta. En Colombia, como dice Posada Carbó, no hay monumentos.