Archivo de la categoría "Recuperatorio"

Establecidos y marginados

Miércoles, 20 de Junio de 2007

Pues sí, no tengo nada que decir últimamente. O nada que importe.

Así que mejor lean la última columna de Daniel Samper en la que, según él, repite algo que ya ha dicho antes. Pero eso mismo lo ha dicho y elaborado antes Fernando Guillén. Y antes seguramente lo había señalado Juan Rodríguez Freile. Y desde siempre insistió con eso el autosecuestrado gramático del régimen; y por eso mismo me parecía que no podía estar tan loco o ser tan huevón. Lo que me gustó de esta columna es que usa la palabra club, que era la que yo usaba para hablar del colegio en que su autor estudió. De hecho, debería referirse mucho más claramente a tan interesante fenómeno.

Loadas sean la estadística y la autorreflexión. Loado sea el entender a Bourdieu de manera vulgar.

Cinco años

Viernes, 15 de Junio de 2007

… que pasan tan rápido como despacio.

Quiero una chica burócrata

Domingo, 3 de Junio de 2007

Quiero una chica burócrata
de esas que…

Bueno, es eso.

De esas que van Sumapaz con cierta frecuencia…

El elegido

Domingo, 3 de Junio de 2007

Hoy eran las elecciones de alcalde en Buenos Aires —aunque aquí como son diferentes no dicen alcalde sino «jefe de gobierno de la Ciudad Autónoma»— y ganó el presidente de Boca, Mauricio Macri, muy famoso por ser lo que aquí llaman «garca» —que quiere decir «gonorrea». (En realidad no ganó porque va a segunda vuelta enfrentando al títere de Kichner. Pero seguro va a ganar, como que Boca le va a ganar al Cúcuta.)

Este es el resultado de su decisión, tomada en febrero, de lanzarse a este cargo en vez del de presidente, que era su primera intención. Cuando esto era así, incluso llegó a visitar a otro señor bien garca, para hablar de las nuevas alianzas geopolíticas que estabilizarán la balanza de poder de esta potencial potencia que es la América latina.

Al final todo tiene que ver con todo.

Fácil, rápido, barato

Jueves, 17 de Mayo de 2007

Ahora imaginen esta escena reproducida miles de veces en lejanas cantinas de mala muerte, ubicadas estratégicamente en los antiguos territorios nacionales. Así, por fin, se acabaría el flagelo de la violencia nacional y la gente de este país, la gente buena, que quiere un país mejor y sin violencia, podría viajar todavía más, crear empresa sin dificultades, ir a trabajar sin tener que pensar que los van a secuestrar y ser feliz de la mano de su Gran Líder.

Lástima que los paracos ya están desmovilizados.

Goodbye, Lenin; guten Morgen, Sonnenschein

Domingo, 13 de Mayo de 2007

Philipp, un amigo alemán que nació del lado oriental cuando aún existía, me cuenta:

Cuba también fue una experiencia rica, pero cara. En
este socialismo gastas más plata que en cualquier lugar capitalista del
mundo. Pero tienen siempre sol. Eso lo organizó bien el socialismo.

El tiempo perdido

Miércoles, 9 de Mayo de 2007

En la infancia uno no se siente dueño de su vida. No, en realidad no sé qué pasa en la infancia, porque no la recuerdo. ¿Es normal que esto suceda? ¿Es normal que deje de ser quien era? Como en esa película de Bruce Willis, a veces me gustaría pensar que puedo dialogar con el Miguel niño. Pero a veces supongo que no recuerdo nada porque sencillamente nada pasaba, nada que mereciera quedar para la posteridad.

Puede ser más bien la pereza, pero buscando en la infancia no encuentro referencias ni respuestas a lo que creo que soy hoy y, en el fondo, creo que no vale la pena hacer el ejercicio. Por una parte, la infancia es un invento muy reciente, como la igualdad de géneros. Por otra, y es una consecuencia de lo primero, el pensar que la niñez determina «quiénes llegamos a ser» es también algo muy reciente. Actualmente, por ejemplo, no cuento entre mis mejores amigos a nadie que haya conocido en la infancia. Siempre consideré que algo así solo habría podido suceder con alguien, pero él se salió del colegio cuando terminó la primaria y, oficialmente, la infancia. Ah, sí, en la infancia yo solo conocí gente en el colegio.

Un día, entre las cosas que me invento aquí para hacer, decidí buscar su nombre en Google. Y resultó bastante fácil, con correo electrónico y todo. Dos meses después nos hablamos por primera vez en el MSN. Él es solo unos meses mayor que yo, está casado, vive en Medellín, tiene una hija y se dedica a algo que para mí escapa de cualquier comprensión: la cetrería. En la charla, gracias a lo que me contaba y a lo que recordaba, volví a ver tantas cosas que había olvidado. Y él era tan parecido al amigo, al niño amigo, que yo recordaba. Parecía seguir siendo esa persona tan segura al hablar, tan dispuesta a proponer, tan extrovertida: una inspiración.

Habían pasado más de diez años y teníamos de qué y por qué hablar.

Y entonces me pregunté qué tanto de lo que él recordaba de mí habrá vuelto a ver en este que soy ahora. Y me pregunto por la esencia de la existencia, de nosotros como supuestos individuos, por el mayor sentido que tiene decir «ser niño» frente a «estar niño». Me pregunto cuántos desgarros en el tejido de los futuros soñados me habrá causado el habernos alejado, cuántas cosas habrían pasado, cuántas cosas habríamos hecho.

Ahora, en el reencuentro, llegamos al acuerdo de que está bien saber de nosotros y creer que algo podremos hacer, como cuando representábamos los libros que leíamos frente al resto de la clase o nos engañábamos mutuamente con cuentos inverosímiles que quién sabe por cuánto tiempo seguimos creyendo. Incluso, este podría ser un cuento más.

Terra Brasilis

Jueves, 3 de Mayo de 2007

Estuve en Sao Paulo —o «San Pablo», como dicen aquí— una semana. Regresé anoche. Comparto con ustedes unas cuantas impresiones. En el futuro, también, un par de fotos.

Sobrevolar Sao Paulo, desde el momento en que se ven las primeras luces hasta que se llega al aeropuerto de Guarulhos —fuera del municipio de Sao Paulo— tarda unos quince minutos. Es la tercera ciudad más grande del mundo y la más grande del hemisferio sur. El mapa de calles de Sao Paulo tiene más de doscientas planillas y hay cerca de mil líneas de buses que conectan las siete regiones geográficas —no sé si administrativas— en que se divide el municipio. La zona del centro está definida por los ríos Tietê y Pinheiros, pero el centro de verdad está a una hora en tren. En las horas pico en cualquier estación de metro puede haber diez mil personas y en una de intercambio cincuenta mil.

Sao Paulo me resultó muy parecida a Cali. Si uno habla con un caleño en estos días dicen que es una porquería, que está vuelta mierda. Y me quiero imaginar cómo diablos era porque a mí me encanta Cali por la disposición de las cosas, las avenidas con separadores sembrados de pasto y palmeras al lado de edificios de cualquier tipo; o de concreto y adoquín, como la Paulista. Es como Cali por la gente en la calle, por las innumerables tiendas de jugos y empanadas. Y, por qué no, por la cantidad de mulatos. Sao Paulo, una ciudad latinoamericana, que a la vez es luminosa pero sabe ser fría. Sí, yo sé que eso no le dice nada a nadie…

Al barrio Liberdade fueron a parar todos los inmigrantes japoneses que llegaron a Sao Paulo y la convirtieron en la primera ciudad japonesa fuera de Japón. Encontrarse gente con ojos rasgados es muy común, así como con publicidades de envío de remesas que promocionan agencias «en portugués» en Japón. Hay varias panaderías y mercados con productos japoneses y, al mismo tiempo, marcas de productos tan brasileños como la farofa —harina cocida de yuca para condimentar y apanar— que tienen nombres japoneses.

No fui a ver el parque Ibirapuera ni el Pacaembú ni el monumento a América Latina —de eso me arrepiento—, pero conocí otros aspectos de la cotidianidad paulista… porque fue lo que hice: Alessandra hace un excelente churrasco y me lleva a fiestas donde hay funk carioca. Y, por si acaso, también hay varios colombianos por ahí.

Post scriptum: En portugués también se dice «como assim?».