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El vecino

Wednesday, 7 de November de 2007

Desde mañana no podré decir más que vivo al lado de Crab’s. Desde mañana será al lado de donde era.

Suena la banda que ensaya, como sonaban las otras noches de miércoles que al principio no me dejaban dormir. El sonido monótono de los arpegios (?) de blues que subían y hacían vibrar el edificio. Vibró sobre todo una noche de Beatles en que la gente, no tengo idea de por qué, saltó mucho. Y eso poco después del falso positivo de temblor.

A Crab’s me llevó Roberto, quien entonces vivía aquí, donde mañana será solo un lugar al lado del bar. Fue seguramente en marzo de 2002 y lo recuerdo así porque mi mamá acababa de ser diagnosticada con cáncer y no pude dejar de decirle que el nombre del bar me parecía muy apropiado para la circunstancia.

Volví varias veces después de esa porque era un lugar que llegaba a ser agradable de alguna manera. De hecho, era el único bar que podía decir que frecuentaba, a pesar de que pusieran casi siempre la misma música y que esta fuera cada vez fue menos de mi gusto. Me gustaba la sensación de que alguien estuviera compartiendo algo conmigo con esa música, con esos afiches sucios y esa decoración no planeada. Además de que no cobraban cover y uno no estaba obligado a consumir nada. Con ese ideal romántico nació este bar y no hace falta leer su historia para saberlo.

Con el mismo romanticismo pachuco, desgarrador, lacrimal e invendible, se cierra el bar. Según datos de primera mano, el valor del canon de arriendo fue triplicado, lo que da lugar a especulaciones sobre construcción de propiedad horizontal. De no ser así es un episodio más para replantearse la existencia del sujeto racional. Y es que quien sea el dueño está matando a la gallina de los huevos de oro pues dudo mucho de que alguien quiera pagar un arriendo tan caro por una «casucha» en medio de la nada.

Esa apartente soledad precisamente hacía parte del sabor de tonta exclusividad, de secta secreta y de ritos de iniciación y peregrinación que solo tienen los lugares como Crab’s, que ni rajan ni prestan el hacha, que no imponen lógicas urbanísticas ni obedecen a ellas y un día, por pura dignidad —o eso queremos creer, porque había presenciado con horror cómo le estaban soltando el chuzo a Radioactiva los martes—, se van para no volver, para que todo el mundo los extrañe o tenga motivo para escribir bobadas de este estilo.

El auténtico megalómano

Monday, 5 de November de 2007

Hoy murió Jaime Duque, un hombre que dejó de ser persona para convertirse en nombre, en marca, en «múltiples significados». Ese nombre puede tenerlo cualquier persona, pero para un sector de la sociedad colombiana hace pensar en «el parque», es decir, «el Jaime Duque». Ese nombre, a su vez, significa grandeza o, más exactamente, dimensiones inusitadas, desproporcionadas, innecesarias, desconcertantes, sorprendentes, aterradoras, ridículas.

El pasado viernes, Posada Carbó estaba llorando en su tribuna de El Tiempo porque aquí supuestamente, a diferencia de Inglaterra, no se practica la necrología —pero sí la democracia—. Bien, a manera de homenaje ridiculizante a la persona que se tomó la tarea nunca pedida de hacer los monumentos por cuya ausencia tantas personas se rasgan las vestiduras —Posada Carbó, con toda seguridad—, reproduzco, sin autorización expresa de nadie, algo que escribí para Conexión Colombia —para hacer también homenaje a mi condición de «colombiano de bien»— por allá en marzo del 2006.

Para variar, no me encuentro muy a gusto con el texto, pero otra versión complementaria —y de la que en un tiempo no me sentiré a gusto— está en Equinoxio. Esta versión que publico, además, esta está disminuida pues lamentablemente no están las fotos, que sí me gustaban bastante y eran parte importante de este remedo de informe especial.

El parque de los colombianos

En Briceño, en medio del verde paisaje de la sabana de Bogotá, tan salpicado de vacas, aparece la inmensa mano de Dios que sostiene una esfera. Sabrá Él si alguna vez ese orbe terrestre o celeste se movió -como nos preguntábamos de niños- o si siempre, durante los veintidós años que lleva ahí, ha permanecido inmóvil. La gigantesca estructura metálica se llama Monumento a Dios y es única en Colombia, como es único el parque del que es símbolo, el Parque Jaime Duque.

Duque -nacido en Villamaría, Caldas, en 1917- es uno de los pioneros de la aviación en Colombia. Estudió aeronáutica por correspondencia y después ingresó a la Escuela Militar de Aviación, aunque no como piloto sino como técnico. Luego trabajó en la Sociedad Colombo Alemana de Transporte Aéreo, que dio origen a Avianca. En 1944 consiguió estudiar aviación civil en Estados Unidos, país que terminaría amando profundamente. Cuando nació Avianca, fue el primer jefe de pilotos, el primer capitán de un avión Constellation y el primer piloto que llevó a Europa un avión con bandera colombiana.

Finalmente, en 1952, se retiró para dedicarse a negocios de finca raíz y a su fundación: ha sido un hombre generoso y humilde en el correcto sentido de la palabra. Hace poco dijo lo siguiente a la Revista de la Policía Nacional: “No es que yo sea buena persona sino que es natural, ley universal, designio de Dios, que el que tenga con qué lo reparta entre los que están sufriendo”. En su vida no ha repartido su riqueza solo entre quienes sufre; se la ha dado a varios sectores de la sociedad que representan de alguna manera sus afectos. Donó la biblioteca de las Fuerzas Militares, interesado en la difusión de la ciencia y la tecnología. La fundación ayuda a mantener colegios en Caldas y un hospital en Sopó y para esto dedica todas las ganancias del Parque.

El Parque comenzó a construirse a finales de los setenta y abrió sus puertas a comienzos de los ochenta. La atracción más importante fue el mapa gigante de Colombia que busca hacer sentir al visitante lo mismo que Jaime Duque sintió cuando voló a pocos metros sobre las montañas, cuando volar era un acto heroico. Antes de poder ver el mapa, el visitante encuentra un reto: “En la cúspide de túnel puedes admirar el mapa de Colombia. Al contemplarlo medita unos instantes y pregúntate: ¿Soy útil a mi patria? ¿Qué estoy haciendo por ella?”

Todo en el parque es una invitación al visitante para que se sienta orgulloso de ser colombiano, a que reconozca como propio un pasado glorioso, representado por los héroes de la Independencia y a sus herederos actuales, los militares y policías. Nicolás Velásquez, historiador militar, reflexiona al respecto: “El patriotismo de Duque se me hace parecido al de López Pumarejo. Hay que hacer a Colombia grande, porque hasta ahora ha sido una nación ausente del concierto internacional. No es veintejulierismo sino más bien un sentimiento de responsabilidad con la tierra que lo vio a uno nacer”.

Tanta monumentalidad, comenzando por la increíble mano de Dios, es la forma como el parque quiere hacer emocionar al visitante, haciéndolo sentir pequeño. Tanta monumentalidad, además, llega fácilmente a la cursilería, a lo kitsch, como lo anota Natalia Marín, profesora de estética en la Universidad Javeriana: “todo tiene que llamar mucho la atención, ser muy grande, nada puede ser sutil porque tiene que impactar, aturdir, ser muy contundente. Este parque es villa kitsch.” Pero poco a poco los monumentos parecen demostrar una cierta decadencia. Mientras que la mano de Dios es de bronce y el monumento a la nacionalidad es de piedra, la réplica recientemente construida del Taj Mahal está hecha con bloque y pañete y en otros edificios se quiere dar la impresión de que está hecho con piedra imitando su apariencia con cemento y pintura.

Nacionalismo y cursilería son las dos razones de ser del parque, cada una en función de la otra. De este tono será la visita al parque, que además de incluir una casa de espejos, un museo del vestido en el mundo, dos recorridos en lanchas -uno de ellos de terror-, una pequeña ciudad de hierro, dos restaurantes un tren acuático y otro terrestre, dedica buena parte de su espacio a rendir homenaje a Colombia y a la cultura occidental de la misma manera que lo hacían los antiguos libros de historia con los monumentos y atracciones.

Murió el obispo de Roma

Saturday, 2 de April de 2005

Los apartamentos de la Via della Conciliazione, en Roma, aumentaron sus precios desde que el papa se puso grave: los enviados especiales de varios medios alrededor del mundo vivían en ellos esperando la muerte del antiguo obispo de Cracovia para reportarla al mundo. Por fin sucedió. Se les acabó la vida al lado del Tíber a esos periodistas. Los dueños de los apartamentos dejarán de recibir tan buenas rentas.

Murió Juan Pablo II.

Murió el obispo de Roma, que todo lo ve.

Murió el papa que dizque libró al mundo del comunismo.

Murió el papa que canonizó como un rayo a José María Escrivá y beatificó a Pío IX, dos de los personajes más intolerantes e intransigentes de la historia reciente de la Iglesia.

Murió el papa que hizo del Opus Dei su prelatura personal.

Murió el papa que dicen que dijo que La pasión mostraba los hechos «tal como habían sido».

Murió el papa que siguió hablando de no usar condón aun ante la llegada del SIDA; el mismo papa que, en una visita a la India, habló de las ventajas de mantener el sistema de castas para evitar la enfermedad.

Murió el papa más público de la historia; el papa globalizado, mediático, viajero, futbolista, actor, carismático, cantante.

Murió Juan Pablo II, el obispo de Roma que todo lo ve.

Nunca he visto morir a un papa. Juan Pablo II es el único papa vivo que he conocido en mi vida. Y, para muchos, muchísimos en el mundo, también. Porque lo vieron en televisión y lo oyeron hablar. Porque van a sus encuentros internacionales de juventudes a verlo dar bendiciones en una trasmisión de satélite proyectada en una pantalla —y después, como me contó un amigo que estuvo en uno de esos encuentros, se van a tirar entre ellos, acaso con estricto desuso de condón—. Es un papa popular y conocido. Y por eso especialmente se cree que dizque fue el mejor papa de la historia. O al menos del siglo XX. ¿El mejor papa? Qué va. Hasta dijeron que el más importante personaje del siglo XX.

Su muerte, como su reinado, fue seguida por los medios paso a paso. La globalización, el momento en el que agonizó, permitió que fuera así; permitió, por ejemplo, que hubiera un recuadro en el canal RCN con imágenes en vivo de la Plaza de San Pedro. Su sepelio será seguido por muchas personas en el mundo. Muchas personas llorarán cuando vean, en vivo, cómo lo llevan a su sepulcro. ¿Serán trasmitidos los funerales de Juan Pablo II? Los funerales del «mejor papa de la historia».

¿El mejor? Claramente no. El mejor se hacía llamar Juan XXIII y duró 5 años. Esos besos, esos abrazos, esas sonrisas a los niños y a los ancianos, esos paseos a pie, todos eso que dicen que se inventó Juan Pablo II, todo eso se lo inventó Juan XXIII. Pero no por eso es el mejor papa. Fue el mejor porque era la persona que se merecía la institución para acercarla a la auténtica iglesia, a la comunidad que se hace llamar cristiana. Ojo: cristiana, no católica romana.

El papa bueno.

Juan XXIII fue el primer papa en mucho tiempo que se reunió con el patriarca de la Iglesia ortodoxa. Fue el primer papa que se reunió con un líder de otra religión. Fue el primer papa que invitó al vaticano a un presidente de la Unión Soviética. Juan XXIII fue el gestor del controvertido Concilio Vaticano II (CVII) en el que la Iglesia de Roma reconocía a las demás Iglesias por ser estas manifestaciones de la iglesia, de la comunidad. Y reconocía igualmente a otras religiones, a otras políticas. En las deliberaciones de CVII estuvieron todos los obispos del mundo en adelante y presentaron una nueva tradición, si se quiere más democrática, más comprometida con la comunidad.

En fin, Juan XXIII hizo de buena parte de las voces que hasta entonces se oían en el underground de la institución las voces oficiales. Dejó abierto el camino para la Teología de la Liberación. Pero murió en medio de la fiesta y del optimismo y su remplazo fue un papa a la antigua que con mucho esfuerzo debió caminar por las calles, sonreírles a los niños y darles la mano a los viejos: Pablo VI.

Y llegó Karol Wojtyla, que terminó de mandar al carajo buena parte de eso. Ejemplo: él, que en tiempos del concilio era obispo, pudo participar porque se había democratizado la institución, se había colegiado el cuerpo episcopal. Ahora, gracias a él, los obispos son como antes y deben obedecer sin chistar al papa, no pueden decir nada.

Sobre los aspectos debatibles de la actividad del papa recientemente escribió el teólogo suizo Hans Küng, desde hace mucho tiempo profesor en la Universidad de Tubinga y fuerte crítico de la Iglesia católica. También para Küng, el papa borró con el codo lo que Juan XXIII hizo con la mano. Dice que sí, que es un papa popular, que miles —así como lo acompañaron en su agonía— celebran la aparición del papa por la ventana de su cuarto; pero la Iglesia católica está en su más grande crisis de fieles y de vinculación con la realidad. En todo caso, para pesar de Küng, mío y de tantas personas, la Iglesia católica seguirá siendo importante, indiscutible, infalible y válida mientras siga abarrotando templos, mientras siga representando una religión mayoritaria.

Para otros autores, como Vittorio Messori, el papa sacó a la Iglesia de un infierno. Él, nacido y criado en una familia de ateos socialistas, se convirtió al catolicismo a los 25 años. Desde entonces escribe a favor de las doctrinas. Le contestó al balance de Küng diciendo que el suizo «estaba más cerca de los sesenta que de los ochenta». O sea que Juan XXIII y sus reformas no fueron más que moda: «el que cuando joven no es comunista no tiene corazón, el que cuando viejo sigue siéndolo no tiene razón». Yo me pregunto entonces si la gente vive esta restauración de manera honesta y solemne o más bien hipócrita. El caso de la pedofilia gringa, por ejemplo, demostró que la institución es solapada.

Murió Juan Pablo II. ¿Quién vendrá ahora? ¿Quién será el nuevo obispo de Roma, que todo lo ha de ver? Yo quisiera que fuera Walter Kasper. Él fue colaborador de Küng y aun así es actualmente cardenal y fue obispo de Stuttgart, Alemania. Naturalmente no será él. Ni siquiera está en la baraja.

Un nuevo bueno y otro malo más.

Claro, tampoco está en la baraja el nombre de Joseph Ratzinger, otro alemán, pero de lo más recalcitrante: actualmente dirige la Congregación para la Doctrina de la Fe, el antiguo Santo Oficio, encargado de la Inquisición. Es decir, es la persona encargada de defeder los dogmas.

Se habla de un papa de transición. Imagino que será un papa como los demás, un papa aparentemente sumiso pero lleno de codicia, sin la voluntad sincera de quitarle la mayúscula a su Iglesia. Un papa que, como este, prefiera mostrar el martirio de su agonía en vez de aplicar el evangelio. Un papa muy diferente a Juan XXIII.