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Leer, ver y rayarse

Miércoles, 19 de Abril de 2006

Hace ya como un mes terminé de leer la Trilogía de Nueva York de Paul Auster y la versión gráfica de La ciudad de cristal, la primera novela de la tripleta. Lo único que puedo decir es que uno es el centro del mundo, uno es la medida de todas las cosas y todas las cosas pasan y todas las personas existen para afectarlo a uno. Uno solito y nadie más: todos los círculos comienzan y se cierran en uno. Este es el único consuelo que nos queda al enfrentarnos ante esta mierda de verdad, que está en Habitación cerrada:

La vida no es más que la suma de hechos contingentes, una crónica de intersecciones casuales, de azares, de sucesos fortuitos que no develan nada más que su propia falta de propósito.

La misma sensación tuve anoche cuando vi Oldboy, película que por alguna estúpida razón —la misma de siempre— tradujeron como Cinco días para vengarse. Claro, con ese título en español queda solo lo que dice el tipo que critica películas en las ex Lecturas dominicales. Que Chaan-wok Park —Park es como el Pérez de Corea, al parecer— es el Tarantino coreano, que la violencia sin sentido, que la escandalosa sangre y los dientes escupidos.

Pues esas peleas «sin sentido» son una proeza cinematográfica. «Pero es que no tienen la belleza de las peleas entre bambúes de El tigre y el dragón». Pues por eso mismo. Hay una secuencia de más de cinco minutos en que pasa de todo: sangre, sudor, cansancio, miedo. Una coreografía sin pasos de baile, auténticos pasos de la vida diaria.

Volvamos al título. O mejor no. Mejor verla y saber por qué la película no es sobre la venganza sino sobre cómo uno es realmente lo único que existe en este mundo. Y que el diámetro del círculo es muy pequeño.

Conociendo a Norbert

Viernes, 19 de Agosto de 2005

Hace cinco años estaba comenzando a estudiar Historia y decía querer ser un «científico social». Entonces supe de Norbert Elias en una de las mejores clases que tuve en la Universidad de los Andes. Resulta que Elias estaba poniéndose muy en boga en estos lares, probablemente en virtud del trabajo de la profesora Vera Weiler —de la Universidad Nacional— y de la publicación en 1998 del libro Figuraciones en proceso, que tuve que leer.

De esa pequeña compilación pasé a su obra más importante, El proceso de la civilización. Toda una novedad. Más adelante en otros cursos tuvimos que ver artículos como «Ciencia o ciencias», sus ensayos sobre el deporte y el ocio y el famosísimo ensayo La sociedad de los individuos. Resultaba que los pensamientos de Elias eran «todo lo que a mí se me había ocurrido antes». Naturalmente no era así. Sencillamente Elias es un profeta en su sentido original: un portador de la voz de un momento, de una época. Un hombre síntesis.

Todo esto acaba de quedarme confirmado al terminar de leer Mi trayectoria intelectual, un libro que contiene una entrevista biográfica a Elias y su propia descripción acerca del origen de sus ideas. Dos holandeses —seguramente alumnos suyos— lo entrevistan sobre su vida desde que nació hasta que se consagró como profesor en Holanda, es decir, una historia de casi noventa años de duración.

Elias, el hombre

Para cada cosa Elias ofrece una explicación sociológica pues salpica todas sus vivencias y el contexto de cada momento con todo su universo teórico. Era un judío, pero era un burgués alemán; era un burgués alemán, pero vivía en la periferia de Alemania (lo que hoy es Polonia); vivía en la periferia, pero tuvo que ir a combatir en la Primera Guerra Mundial al Frente Occidental.

En el libro también revela cosas como que siempre dependió de sus padres hasta que murieron —su padre de enfermedad, su madre en Auschwitz—, que su encuentro con la sociología sucedió tarde —cuando estaba llegando a los treinta años—, que el origen del tema El proceso… se dio por casualidad, que confiesa que tiene problemas para escribir —aunque es de los autores más claros y amenos, sin imposturas ni lenguajes oscuros—, que la misma vida de Elias es otro ejemplo de «el triunfo de la voluntad» y sobre todo de las cosas sencillas.

Uno se pregunta qué habría pasado con los aportes de este sujeto si no hubiera vivido todo lo que vivió (1897-1990). Pero Elias es un ejemplo de paciencia para quien está académicamente angustiado porque aún no le sale nada y para quienes muy jóvenes quieren abarcarlo todo. Este breve libro —aunque largo como entrevista— debería ser estudiado por cualquier aspirante a científico social porque hace saber cómo se produce el conocimiento, esas «verdades» que también tienen detrás una historia y una influencia en la vida de quienes las producen. Sin duda, una inspiración.

Alguien que se miraba en un espejo

Lunes, 1 de Agosto de 2005

Cuando la leí por primera vez era chiquito pero intuía que era algo muy chistoso. Ahora ya sé quién es Antonio Caballero, qué ha hecho y qué o a quiénes representa dentro de la sociedad colombiana —o, más exactamente bogotana— y creo que es un libro negrísimo y aún más divertido.

Es Sin remedio, una novela que, entre muchas cosas, se burla de la goma izquierdista de la oligarquía, esa misma goma y oligarquía que Caballero representa. Se encuentra a disposición del público de la interné en la Biblioteca virtual de la Luis Ángel Arango.

Para quien quiera algo menos divertido podrá visitar la novela Los elegidos, escrita por el doctor Pollo, también conocido como Cocoon, alias Alfonso López Michelsen. pero no hay versión pública.

De médicos y meretrices

Domingo, 8 de Mayo de 2005

Según la costumbre es una novela de Gonzalo Mallarino Flórez que salió en 2003. Son las tribulaciones de un médico en su guerra contra la sífilis y un proxeneta. Aunque en la contraportada dice que la historia se desarrolla en Bogotá a finales del siglo XIX, la verdad es que todo pasa a comienzos del siglo XX, después de la Guerra de los Mil Días, tal vez antes de o durante el quinquenio de Reyes.

El libro se deja leer rápidamente. Para quien tenga la lectura como costumbre puede acabar con el libro en uno o dos días. Yo lo acabé a seis golpes de bus. Mallarino escribe de manera muy relajada, tal vez trascribe lo que antes ha grabado. En todo caso es como si a uno le contaran la historia con la voz.

Sin embargo me dejó muchas inquietudes relativas a la forma como se documentó Mallarino. No sólo porque muchos episodios están llenos de palabras relativas a procedimientos e instrumental médico, sino por la disposición geográfica de los lugares y las cosas que menciona. Parece que hubiera uno que otro anacronismo y no se sabe en qué año exactamente se desarrolla la novela. ¿A qué debe creérsele más? ¿A los puntos de referencia cronológica o a la forma de ser de los personajes de la novela?

Me gustaría conocer la opinión sobre esta novela del profesor Germán Mejía Pavony, historiador de la Javeriana y experto en Bogotá durante los siglos XIX y comienzos del XX.