Manifiesto para un esbozo de incertidumbre
Me preguntaron recientemente qué es lo que sé hacer tan bien. Yo nunca he dicho aquí, al menos en serio, que sepa hacer algo bien y mucho menos he dicho que sepa hacer algo extraordinariamente bien. Pero sí hay algo que sé hacer extraordinariamente bien: ajiaco. Puedo decir, redundantemente, con toda la pedantería del caso y sin falsas modestias, que mi ajiaco es excelente. Mi ajiaco ha sorprendido y enamorado cualquier paladar que se lo ha encontrado, ha recibido elogios de muchas personas de todas las procedencias sociales y geográficas —en una vereda del municipio caldense de San José se me conoce como «ajiaco», por antonomasia—, ha sido solicitado en al menos tres ciudades de Colombia y ha sido extrañado, añorado y mediocremente imitado por colombianos y extranjeros que viven allende sus fronteras.
Muchos de los visitantes de este chuzo, beneficiarios frecuentes de mi ajiaco, podrían dar justo testimonio de la verdad de todas estas palabras y quitar de ellas cualquier apariencia del usual barniz de la exageración. Pero suplico que cualquier elogio respectivo sea reservado para la conversación personal, como siempre ha sido. Cualquiera que dude podrá comprobarlo: bastará probarlo.
Pero esta no es la motivación. Escribo en esta oportunidad porque quiero compartir con ustedes la verdad científica a la que he llegado después de más de diez años de práctica constante; porque además es verdad que la práctica hace al maestro. Y mi primera y única maestra en esta aventura fue mi madre.
Podría hacer más poético el momento en que ella me enseñó las técnicas básicas. Tengo recuerdos borrosos de ir a la tienda cercana a comprar las papas y demás ingredientes en la tarde del viernes porque me había dado un antojo. Pero no tengo recuerdos de esa primera clase, porque acaso nunca la hubo. Como digo, mi madre nunca me dio recetas sino técnicas, esas que son fruto del conocimiento empírico de quién sabe cuántas generaciones y que se codifican a manera de proverbios. Mi madre, por ejemplo, nunca me dijo qué cantidad de cada papa tenía que usar. Me dio, sí, una cantidad de referencias, de relaciones de causas y consecuencias que casi parecen supersticiones. Y esta asociación de hechos aislados me permite pensar que el ajiaco es ciencia, ciencia seria y aplicada, con fundamentos.
Les trasmito uno, sencillo, pero fundamental. Su consigna es
«las papas tienen su lado»
Con esto mi madre —o, como decía ella que decía «Mamá tía»— quería decir que las papas debían ser tajadas siguiendo su natural morfología.
La papa es un rizoma. Todos sabemos que si se deja una papa en un lugar húmedo comienzan a brotar pies desde cualquier comisura. Pero hay una comisura que para el caso es fundamental y muy fácil de identificar. No es gratuito que los franceses hayan llamado a la papa —aparte de «trufa de los pobres»— «manzana de tierra» pues la papa tiene una continuidad entre el rizoma —la papa misma— y el arbusto: un tronco, un centro, un eje. No es un eje imaginario como el de la Tierra; este lo podemos ver. La técnica dicta que un corte ortodoxo debe practicarse de manera perpendicular a dicho eje y no de otra manera: «la papa tiene su lado». Ampliaré esto más adelante.
Ahora nos enfrentamos a un problema de aproximación al objeto. Por todos es sabido que un ajiaco santafereño ortodoxo contiene como mínimo tres tipos de papa que, según la denominación usada en la ciudad donde se originó esta receta, son pastusa, sabanera y criolla.
La papa pastusa
En el ajiaco, otorga parte de su consistencia espesa y, en ocasiones, los trozos enteros. No solo por tratarse de la más común la papa pastusa sirve para crear este modelo ideal. Su forma corriente hace más fácil entender este principio: es aplastada y el tallo va del lado delgado, como un ombligo poco profundo. Una vez pelada es fácil identificar la dirección del eje pues la papa se pone sobre la mesa de corte del lado plano y ancho. Como se dijo, los cortes deben ejecutarse de manera perpendicular a la línea que describe el eje que parte del ombligo hacia el otro extremo. Recomiendo además hacerlo en esta dirección siempre pues se facilita la asimilación del principio.
La papa sabanera
Por ser de consistencia fuerte, la papa sabanera se usa para crear los pedazos de papa que dan más gracia al ajiaco y lo hacen parecer más que una simple sopa o crema. Muchos la usan en cubos, pero cualquier ser racional sabe que tal cosa, más que ser heterodoxa, raya en la locura. Esta papa tiene una tendencia morfológica a la esferidad, por lo que la dirección del corte puede resultar más difícil. Invito al lector a no caer en la tentación de partir en mitades la papa para facilitar el corte sobre la mesa. Asiente mejor el lado curvo de la papa sobre su dedo anular mientras la sostiene con el pulgar, el índice y el medio. En la papa sabanera el ombligo es casi siempre profundo, cosa que presenta dificultad cuando se pela; además, se pierde la referencia umbilical cuando la papa ha sido desprovista de piel y bultos. Solo la práctica, que nos familiarizará con el objeto, nos llevará al camino de la verdad.
Una forma sencilla de comprobar que el corte se ha ejecutado de una manera correcta es mirar la tajada a contraluz. Normalmente deberíamos observar una figura similar a una ameba que, transparente, se extiende a lo largo y ancho de la elipse. Rodea a la ameba una segunda capa menos traslúcida que colinda con lo que sería una capa exterior que forma claramente un anillo.
Estas tajadas de papa pastusa y sabanera, según se ha comprobado en ambiente controlado, se descomponen de afuera hacia adentro, conservan su forma más o menos elíptica —siempre agradable a la vista— y liberan los almidones lentamente, espesándolo, pero sin convertirlo en un engrudo. Si se tajan de otra manera, como puede apreciarse en Sopas de mamá y postres de la abuela, el resultado será una sopa muy clara, más similar a un caldo con papas que a un verdadero ajiaco. Las papas tienen su lado.
La papa criolla
Por su constitución, esta papa no responde a la misma lógica. Si bien podríamos aplicar el principio —con mucha dificultad pues el ombligo de esta especie se confunde con cualquier brote—, la constitución de la papa criolla permite que hagamos las tajadas sin preocuparnos por seguir el eje ya que se deshace casi instantáneamente, liberando el color amarillo, fuerte y brillante, que identifica a cualquier buen ajiaco. La papa criolla es el rizoma por excelencia, esa estructura anárquica que explica por qué Deleuze y Guattari la han usado como metáfora de las estructuras no jerárquicas. A diferencia de la tendencia arborescente y «lógica» de las especies pastusa y sabanera, la papa criolla parece comenzar y acabar en un mismo punto y, en el ajiaco, permea cada intersticio. Es al mismo tiempo imperceptible y fundamental. En mi ajiaco, la protagonista, la responsable.
Y así es mi madre: la papa criolla del ajiaco de mi vida, su olvidado Espíritu Santo.