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Revaluando el sujeto racional 3: ají y empanadas

Miércoles, 23 de Abril de 2008

Compro una docena de empanadas para llevar y pido que me regalen medio vaso (6 onzas) de ají. Me dicen que no pueden darme un vaso porque me llevaría mucho ají y el dueño las regañaría, así que lo único que me pueden dar son unas cajitas como de muestra coprológica. Les digo que pido un vaso para poder llevarme fácilmente la cantidad de ají suficiente para doce empanadas. Me dicen que yo no puedo darles órdenes porque ahí mandan ellas. Les digo que podría demostrarles, por medio de una báscula o probeta, que la cantidad de ají que podría pedirles en cajitas superaría la cantidad que les pido en un vaso, que se ahorran cajitas y me ayudan a llevarlo más fácilmente. Me dicen que vaya a darle órdenes a la empleada de mi casa. Me compro un vaso en la tienda de al lado, les pido ocho cajas y me las dan sin problema, aunque antes preguntan si voy a llevarme las empanadas, no sea que por nuestras diferencias técnicas haya decidido encapricharme y dejar de hacer una transacción comercial común y corriente. Lleno las ocho cajas con ají hasta el borde y echo todo su contenido en el vaso, que queda lleno hasta más de la mitad (9 onzas). Se lo muestro a la vendedora, pero ella no me dice nada.

Ojo que todo lo ve

Martes, 1 de Abril de 2008

1

Cafetería de la Luis Ángel. Quiero ir a leer a la terraza, a ver las montañas. Llevo una botella de agua y unas fotocopias. Las terrazas están cerradas, así que regreso a la entrada y me siento. Es hora de almuerzo. Una celadora se me acerca y me dice que solo puedo estudiar ahí a partir de las dos de la tarde. Le digo que voy a tomar agua, que prometo no leer ni una letra.

2

Cafetería La Florida. Estoy echado en la silla, derramado en la silla, y paso así cerca de dos horas antes de que un mesero me pida que deje de poner los pies sobre la silla. Los quito, pero sigo derramado. Minutos más tarde pasa un celador y me dice que me siente bien. Habría sido más chistoso cuando aún tenía el pelo largo («¿quiere que me corte el pelo también?»), pero no. Nos fuimos inmediatamente.

3

Hace ya unos días estábamos en el Cementerio Central. Sacamos una cámara y en ese instante salió de la nada un celador y dijo que había que pedir permiso para tomar fotos. Sí, ya sabíamos que hay que ejerecer ese trámite ridículo. Pero no contento con eso el celador agregó que allí «hay que pedir permiso para todo». Yo le pedí permiso para hablar, pero me dijo que me callara porque le estaba hablando ahí al señor de la cámara. Por cierto, si uno pide el permiso, advierten que se pueden tomar fotos, pero no a las lápidas.

Es que es diferente…

Jueves, 7 de Febrero de 2008

El lunes fue un día de amor, de paz, de armonía. Era un día Crepes & Waffles. Todos unidos, una sola bandera, un solo propósito, tirando para el mismo lado y lo demás no existía o había que hacerlo dejar de existir. Y bueno, ¡hay tantas formas de hacerlo!

El día de la marcha fuimos felices durante unas cuantas horas y los viejos y los jóvenes, los niños y los muertos, todos unidos cantaron con orgullo y agitaron la bandera. Muy bonito.

Solo en días como esos uno puede tomarles fotos a los policías o grabarlos en video. Solo en días como esos cuando la gente que sale es buena, es bienintencionada y quiere lo mejor para todos y sencillamente desea legítimamente que todos los otros que quepan en el costal de los otros no estén más. Que se vayan todos aunque no sepamos adónde.

En otros días, en cambio, la Policía avanzaría hacia ti y tomaría la cámara y la volvería mierda. Un primero de mayo, por ejemplo, para que no quede registro ni de lo bueno ni de lo malo que hayan hecho. O tomaría el casete y lo volvería mierda, como sucede al lado del Palacio de Nariño o en cualquier puente peatonal o en la 82. En el mejor de los casos, en un día cualquiera, el amable servidor del ciudadano te preguntaría qué diablos haces. Pero la pregunta no busca encontrar lo obvio sino introducirte a tu destino. Y después te diría que no puedes hacerlo, que poresoledigo, y optaría por alguno de los dos escenarios descritos. Tal vez cuentes con algún carné de periodista, tal vez pida información sobre tu cédula vía radio, tal vez haya tenido un mal día. Son instantes emocionantes, de suspenso.

Pero entonces es diferente. Porque solo el lunes es predecible y los policías son chéveres, son patria, bandera, son víctimas y un millón de buenos deseos, como la gente que se tomó esas calles. El resto de los días hay que protegerla de esa otra gente para nada chévere y que es más o menos cualquier persona porque, ya sabes, son cuestiones de seguridad y así estamos mejor. Y pues, qué más da, siempre hay que sacrificar inocentes.

***

Un video al respecto de todo esto.

Para quienes gustan de las teorías conspirativas que se hacen realidad, cortesía del papá argentino que estas tierras vuelve a visitar.

El vecino (y 2)

Jueves, 8 de Noviembre de 2007

—Caipirinha y una cerveza.
—Ya no hay cocteles. Se acabaron los cocteles.
—Como este bar, hijueputa.
—Sí, como este bar.
—Entonces deme una cerveza.
—Pero está al clima.

***

—El man debe de estar borracho y empeloto llorando en un baño.
—Ah, pero igual sale y no dice nada sino «¡blues!».

***

—A ver cuándo subastan todas estas maricadas…

El vecino

Miércoles, 7 de Noviembre de 2007

Desde mañana no podré decir más que vivo al lado de Crab’s. Desde mañana será al lado de donde era.

Suena la banda que ensaya, como sonaban las otras noches de miércoles que al principio no me dejaban dormir. El sonido monótono de los arpegios (?) de blues que subían y hacían vibrar el edificio. Vibró sobre todo una noche de Beatles en que la gente, no tengo idea de por qué, saltó mucho. Y eso poco después del falso positivo de temblor.

A Crab’s me llevó Roberto, quien entonces vivía aquí, donde mañana será solo un lugar al lado del bar. Fue seguramente en marzo de 2002 y lo recuerdo así porque mi mamá acababa de ser diagnosticada con cáncer y no pude dejar de decirle que el nombre del bar me parecía muy apropiado para la circunstancia.

Volví varias veces después de esa porque era un lugar que llegaba a ser agradable de alguna manera. De hecho, era el único bar que podía decir que frecuentaba, a pesar de que pusieran casi siempre la misma música y que esta fuera cada vez fue menos de mi gusto. Me gustaba la sensación de que alguien estuviera compartiendo algo conmigo con esa música, con esos afiches sucios y esa decoración no planeada. Además de que no cobraban cover y uno no estaba obligado a consumir nada. Con ese ideal romántico nació este bar y no hace falta leer su historia para saberlo.

Con el mismo romanticismo pachuco, desgarrador, lacrimal e invendible, se cierra el bar. Según datos de primera mano, el valor del canon de arriendo fue triplicado, lo que da lugar a especulaciones sobre construcción de propiedad horizontal. De no ser así es un episodio más para replantearse la existencia del sujeto racional. Y es que quien sea el dueño está matando a la gallina de los huevos de oro pues dudo mucho de que alguien quiera pagar un arriendo tan caro por una «casucha» en medio de la nada.

Esa apartente soledad precisamente hacía parte del sabor de tonta exclusividad, de secta secreta y de ritos de iniciación y peregrinación que solo tienen los lugares como Crab’s, que ni rajan ni prestan el hacha, que no imponen lógicas urbanísticas ni obedecen a ellas y un día, por pura dignidad —o eso queremos creer, porque había presenciado con horror cómo le estaban soltando el chuzo a Radioactiva los martes—, se van para no volver, para que todo el mundo los extrañe o tenga motivo para escribir bobadas de este estilo.

El auténtico megalómano

Lunes, 5 de Noviembre de 2007

Hoy murió Jaime Duque, un hombre que dejó de ser persona para convertirse en nombre, en marca, en «múltiples significados». Ese nombre puede tenerlo cualquier persona, pero para un sector de la sociedad colombiana hace pensar en «el parque», es decir, «el Jaime Duque». Ese nombre, a su vez, significa grandeza o, más exactamente, dimensiones inusitadas, desproporcionadas, innecesarias, desconcertantes, sorprendentes, aterradoras, ridículas.

El pasado viernes, Posada Carbó estaba llorando en su tribuna de El Tiempo porque aquí supuestamente, a diferencia de Inglaterra, no se practica la necrología —pero sí la democracia—. Bien, a manera de homenaje ridiculizante a la persona que se tomó la tarea nunca pedida de hacer los monumentos por cuya ausencia tantas personas se rasgan las vestiduras —Posada Carbó, con toda seguridad—, reproduzco, sin autorización expresa de nadie, algo que escribí para Conexión Colombia —para hacer también homenaje a mi condición de «colombiano de bien»— por allá en marzo del 2006.

Para variar, no me encuentro muy a gusto con el texto, pero otra versión complementaria —y de la que en un tiempo no me sentiré a gusto— está en Equinoxio. Esta versión que publico, además, esta está disminuida pues lamentablemente no están las fotos, que sí me gustaban bastante y eran parte importante de este remedo de informe especial.

El parque de los colombianos

En Briceño, en medio del verde paisaje de la sabana de Bogotá, tan salpicado de vacas, aparece la inmensa mano de Dios que sostiene una esfera. Sabrá Él si alguna vez ese orbe terrestre o celeste se movió -como nos preguntábamos de niños- o si siempre, durante los veintidós años que lleva ahí, ha permanecido inmóvil. La gigantesca estructura metálica se llama Monumento a Dios y es única en Colombia, como es único el parque del que es símbolo, el Parque Jaime Duque.

Duque -nacido en Villamaría, Caldas, en 1917- es uno de los pioneros de la aviación en Colombia. Estudió aeronáutica por correspondencia y después ingresó a la Escuela Militar de Aviación, aunque no como piloto sino como técnico. Luego trabajó en la Sociedad Colombo Alemana de Transporte Aéreo, que dio origen a Avianca. En 1944 consiguió estudiar aviación civil en Estados Unidos, país que terminaría amando profundamente. Cuando nació Avianca, fue el primer jefe de pilotos, el primer capitán de un avión Constellation y el primer piloto que llevó a Europa un avión con bandera colombiana.

Finalmente, en 1952, se retiró para dedicarse a negocios de finca raíz y a su fundación: ha sido un hombre generoso y humilde en el correcto sentido de la palabra. Hace poco dijo lo siguiente a la Revista de la Policía Nacional: “No es que yo sea buena persona sino que es natural, ley universal, designio de Dios, que el que tenga con qué lo reparta entre los que están sufriendo”. En su vida no ha repartido su riqueza solo entre quienes sufre; se la ha dado a varios sectores de la sociedad que representan de alguna manera sus afectos. Donó la biblioteca de las Fuerzas Militares, interesado en la difusión de la ciencia y la tecnología. La fundación ayuda a mantener colegios en Caldas y un hospital en Sopó y para esto dedica todas las ganancias del Parque.

El Parque comenzó a construirse a finales de los setenta y abrió sus puertas a comienzos de los ochenta. La atracción más importante fue el mapa gigante de Colombia que busca hacer sentir al visitante lo mismo que Jaime Duque sintió cuando voló a pocos metros sobre las montañas, cuando volar era un acto heroico. Antes de poder ver el mapa, el visitante encuentra un reto: “En la cúspide de túnel puedes admirar el mapa de Colombia. Al contemplarlo medita unos instantes y pregúntate: ¿Soy útil a mi patria? ¿Qué estoy haciendo por ella?”

Todo en el parque es una invitación al visitante para que se sienta orgulloso de ser colombiano, a que reconozca como propio un pasado glorioso, representado por los héroes de la Independencia y a sus herederos actuales, los militares y policías. Nicolás Velásquez, historiador militar, reflexiona al respecto: “El patriotismo de Duque se me hace parecido al de López Pumarejo. Hay que hacer a Colombia grande, porque hasta ahora ha sido una nación ausente del concierto internacional. No es veintejulierismo sino más bien un sentimiento de responsabilidad con la tierra que lo vio a uno nacer”.

Tanta monumentalidad, comenzando por la increíble mano de Dios, es la forma como el parque quiere hacer emocionar al visitante, haciéndolo sentir pequeño. Tanta monumentalidad, además, llega fácilmente a la cursilería, a lo kitsch, como lo anota Natalia Marín, profesora de estética en la Universidad Javeriana: “todo tiene que llamar mucho la atención, ser muy grande, nada puede ser sutil porque tiene que impactar, aturdir, ser muy contundente. Este parque es villa kitsch.” Pero poco a poco los monumentos parecen demostrar una cierta decadencia. Mientras que la mano de Dios es de bronce y el monumento a la nacionalidad es de piedra, la réplica recientemente construida del Taj Mahal está hecha con bloque y pañete y en otros edificios se quiere dar la impresión de que está hecho con piedra imitando su apariencia con cemento y pintura.

Nacionalismo y cursilería son las dos razones de ser del parque, cada una en función de la otra. De este tono será la visita al parque, que además de incluir una casa de espejos, un museo del vestido en el mundo, dos recorridos en lanchas -uno de ellos de terror-, una pequeña ciudad de hierro, dos restaurantes un tren acuático y otro terrestre, dedica buena parte de su espacio a rendir homenaje a Colombia y a la cultura occidental de la misma manera que lo hacían los antiguos libros de historia con los monumentos y atracciones.

Dama de hierro

Miércoles, 31 de Octubre de 2007

—Marica, viene Maiden.
—Ah, eso dicen siempre.
—Confirmado: el 29 de febrero en el Simón.
—Claro, hueva, qué buena pega. Fijo el próximo año no es bisiesto.
—¡Está en la página!
—A ver… huy. Huy, huy, huy. Pues bueno, es el 28, pero es.
—¿Sí ve?
—Mierda, sí… va a estar tan caro como lo de Pavarotti.
—Toca ahorrar.
—Jm… no va a alcanzar. Va a ser un mierdero muy grande, va a venir mucha gente, va a estar tetiado como con Metallica.
—¿Adónde más van?
—Pues se van de aquí a Brasil.
—Se va a llenar de venecos y de ecuatorianos y de peruanos…
—Ja… la inmigración es una consecuencia del progreso.