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Para salir de la mala

Friday, 30 de November de 2007

En sintonía con el mundo incluyente por el que tantos luchamos, y que solo es posible si lo soñamos y somos chavistas, y en vista de que esta página ya no es lo que solía ser y está perdiendo dramáticamente participación en el mercado, dejando de comer de la gran torta, hemos decidido atacar dos segmentos de mercado muy difíciles en este negocio: los perezosos y los ciegos. Son segmentos disímiles, pero se solucionan de la misma manera.

De ahora en adelante los lectores invidentes, incapacitados de por vida por nuestro creador o por contacto casual con objeto cortopunzante o material abrasivo, o los visitantes perezosos que no gustan de leer chorreros, podrán encontrar al final de cada post un reproductor que, con contundente voz y acento al mismo tiempo pausado y atropellado, primos de los que se escuchan en Transmilenio, leerán de una manera bastante decente los posts. Basta escucharlo para darse cuenta:

Los papistas y el apocalipsis contrafactual

Saturday, 3 de November de 2007

Ando leyendo un libro llamado La idea de América latina —y me dijo Patricia al saberlo «¡Tu leyendo a Mignolo?», pero es que precisamente yo no leo autores sino libros… jo, jo, jo—, una crítica «de-colonial» —¡ay! esa vorágine guionesca que me aburre y que hace de este comentario una doble paradoja autorreferenciada— sobre la construcción del nombre y el apellido esos. De momento no hablaré sobre el libro y seguramente jamás lo haré.

Solo quería pasar a decir que hay una cosa que me molesta muchísimo cada vez que leo este tipo de textos, un comentario que se les escapa casi indefectiblemente a los poscoloniales o decoloniales o anticoloniales o como gusten llamarse. Se trata de decir, por ejemplo como hace este man Mignolo, «[los] indios y los criollos descendientes de africanos no fueron invitados al diálogo» (p. 29). Este diálogo es el supuesto debate supuestamente público sobre la construcción de América que habría podido hacerse en cualquier momento entre 1492 y hace cincuenta años, es decir, precisamente cuando resultó, por la razón que sea —incluso porque se impuso—, que había que invitar a esos pueblos hasta entonces marginados, olvidados, escondidos en las tristes alcantarillas de la historia que escriben los vencedores.

Y es precisamente esa falta de, no sé… llamarlo «tolerancia histórica» sería demasiado chévere, porque en realidad parece el reflejo de una soberbia ingenuidad o estupidez o falta de honradez. En realidad solo pienso en lo último y me pregunto a qué tipo de yo-no-fui pretenden jugar estos críticos cuando «desde el hoy» les exigen a los adelantados y a los encomenderos, que están «en el ayer», que piensen, por ejemplo, en términos de diálogo, de democracia, de inclusión, de diversidad, de tolerancia, de constitución del 91. «Pero por qué no se inventaron la máquina de escribir en el siglo XVIII si era tan fácil, si estaba ahí la imprenta y era facilito», «pero por qué Herón no se inventó la revolución industrial en vez de hacer cantar pájaros metálicos».

Desde luego, las consecuencias criticables de que no haya sido así en ese entonces solo pueden encontrarse hoy, precisamente porque solo hoy se piensa en los términos que permiten la crítica, los términos que hacen razonable o legítima la objeción, el desacuerdo, el desagrado y las infinitas reivindicaciones. Pero así parece un juicio, una acusación, equivalente en simplismo y utilidad política a seguir justificando la marginalización de indios y negros con «a estos pueblos los sometieron por ser débiles y adorar al demonio» o «se lo merecían por no conocer ni la rueda ni la escritura». O lo contrario: «el imperio incaico era naturalmente socialista». ¡Qué va! ¡Si es que era la utopía socialista! Hasta con la moderna bandera de la paz, esa que todo el mundo cree que es la bandera del orgullo gay.

Pero todo, como siempre, es pura mierda, es el grito herido de alguien que quiere ser patrón o ayudarle a alguien, de buena fe o por ambición, a serlo. Y la gracia de ser patrón, claro, es ser el único patrón.

Y me pregunto entonces, ¿cada cuánto deberían caducar la justicia, el rencor y la venganza? ¿Cuántos testamentos se han dejado firmados en la historia? ¿Cuántos cheques en blanco?

P.S. En vez de «el apocalipsis» podría leerse también «la hecatombe»: este post lo escribí hace más de una semana pero se vio pospuesto por la avalancha de eventos que siempre se viene cuando la gente quiere ser o seguir siendo patrón.

La puta verdad

Saturday, 20 de October de 2007

Volví a encontrarme con la noticia del señor que se había ganado el Nobel y había dicho que estaba demostrado que los negros eran menos inteligentes. O, más exactamente (o no, porque es lo que dice El Tiempo y ya sabemos cómo es eso), «todas las pruebas dicen que eso [la inteligencia de los negros es la misma que la de los blancos] no es así realmente». Su nombre, James Watson.

Está claro que cualquier cosa puede demostrarse si uno se aproxima de la manera correcta, esa que se parece más a la manera de pensar del público al que uno se dirige para que esté lo suficientemente de acuerdo antes de que comience la demostración. Así que incluso el hecho de que alguien diga «está científicamente demostrado que los negros son inferiores» puede ser igualmente válido para quien crea que una afirmación con el apellido «científica» es suficiente o para quien siempre ha creído y hasta demostrado empíricamente que los negros son inferiores.

Cuando oí la noticia en primer lugar estaba medio dormido y entendí que habían logrado demostrarlo científicamente, algo que me pareció muy interesante. Me gustaría saber cómo son las pruebas a las que se refiere este señor (probablemente esta), para saber con qué valores han sido construidas, queriendo buscar qué tipo de inteligencia, descartando qué variables, modelando quién sabe cuántas más y habiendo recogido tantas muestras a lo largo de tantos años. O sea, un trabajo pretendidamente científico —llevado a cabo con algo muy parecido a eso que se entiende por «buena fe»— que demostrara lo que siempre ha sido calificado como prejuicio, como afirmaciones infundadas. O sea, lo mismo que los colegas de Watson dijeron sobre él instantáneamente. Y finalmente lo declararon loco, suspendieron su investigación y ya que en esas estamos pues también lo echaron del trabajo.

Ahora presentan las cosas como que Watson se retracta. Pero no se retracta: aclara. Dice que sus palabras han sido malinterpretadas, que no afirmó que la causa del hecho sea genética, que la raza está condenada porque así la hizo el creador. Yo voy a creer que Watson está siendo sincero, pero está claro que como el tipo es biólogo y genetista había que suponer que hablaba en esos términos, había que inventarse una polémica. Aparte el tipo está viejo y ya está hablando mucha bobada, perdió el control del esfínter verbal y eso tiene claras consecuencias estratégicas porque la academia y las ciencias son políticas aunque no les guste.

Los hechos son una cachetada. Y más dolorosas pueden ser las interpretaciones. Aceptemos que la verdad y los hechos son construcciones, instituciones que manifiestan valores. Pero aceptemos que existen. Y los hechos nos dicen —hagamos las excepciones del caso acerca del hecho de que las razas existan y sean una categoría cultural o biológicamente válida— que los blancos han sometido a los negros, a los indígenas, y al resto de razas que se inventan. O al menos ese es el estado actual de las cosas, una vez que hemos dejado de interesarnos por los indígenas que dominaban indígenas —pero que entonces no se llamaban indígenas— y los negros que capturaban a otros negros para dárselos a sus socios blancos. Y claro, de los blancos que todavía dominan blancos.

Lo que es realmente molesto de esta pequeña polémica es que se basa en otro prejuicio. En esta circunstancia no le llaman prejuicio sino principio, porque es bueno, está aceptado, debería ser seguido por todos. Ese principio es que no debe tolerarse ninguna insinuación de que hay diferencias entre las razas —aparte, aceptando la existencia de razas, sin saber nunca en qué términos—, entre la gente, entre los individuos de esta sociedad de iguales. Y es una actitud tan reprobable como la del racismo porque, de la misma manera, casi nadie está dispuesta a cuestionársela, siempre se enuncia en los mismos términos esencialistas.

Atrapados

Saturday, 15 de September de 2007

Esta semana en cierto canal público de cierto país, en cierto magazín cultural que nadie ve, van a hablar de un caso de «un niño atrapado en un cuerpo de niña». Con esas palabras. Pero pues hay esperanza porque puede tomar hormonas y esas cosas que la sacaran de tamaña desgracia, porque es que a veces dios se equivoca y atrapa a la gente donde nunca debió haber estado.

Y yo me pregunto si en el futuro habrá procedimientos médicos similares, soluciones definitivas para gente que diga «soy un británico atrapado en Colombia» o, lo que es peor «soy un alemán atrapado en un cuerpo de colombiano y en Colombia».

No estigmaticen más

Wednesday, 12 de September de 2007

A todos los que por su pinta de homosexual están temiendo ahora por las hordas de gente sin pelo que invaden las otrora sin duda pacíficas calles de Chapinero y la Zona Rosa hay que hacerles entender que no pueden estigmatizar a esos miembros de las tribus urbanas que, además de hacer de esta ciudad un vividero más diverso, tolerante e incluyente —como los otros, que sí tienen no solo la pinta sino que de verdad son homosexuales—, reivindican posiciones políticas válidas y ejercen un papel fundamental en la construcción de líquidas dinámicas identitarias tardomodernas —como los otros, que sí tienen no solo la pinta sino que de verdad son homosexuales.

Todos los que temen que los cojan a puño, pata y chuzo por tener pinta de homosexuales tienen que entender que no solo los calvos hacen eso y que igual corren peligro en cualquier circunstancia.

Amar a el «Otro»

Sunday, 9 de September de 2007

Ya que venimos hablando de la sabrosa gente de color, por qué no citar esta joya de la correctez política de nuestro agobiado pueblo —en este caso con un ejemplo que enorgullecería a una de sus campeonas, Florence Thomas—, enunciada en uno de los comentario de Semana a propósito de la holandesa que se pasó de socialbacana:

Lo que pasa es que en ciertos países de Europa, tanta calma y sosiego cansa a ciertos seres. Por eso hacen cosas para nosotros raras, como irse a Taganga o casarse con chocoanas(os). Pero todo eso es poesía, simplemente tienen que saber que como en el país de origen hay reglas que se harán cumplir o terminan en una misma jaula como de donde vienen. Sencillamente en todo el mundo debe regir el dicho inglés para los que la quieren hacer, han de saber que algo les costará: If u wanna do the crime, u gotta take the time.

Y los(as) chocoanos(as) que se casan entre ellos(as), por ejemplo, ¿también están haciendo «cosas raras»? Digo, ¿o definitivamente son «el otro» del «nosotros»? ¿Son todavía más raros los «nosotros» que se casan con esos «otros»?

Además, no nos digamos mentiras, los señores que el Doctor Barbarie llama «americanos» no se casan con los chocoanos(as). Solo vienen a tirar y ya. (Y además suelen ser negras(os), y más exactamente negritas(os), de Cartagena, no del Chocó.) Sería bueno saber cuántos(as) terminan tan decepcionados(as) como esta vieja con las(os) FARC.

***

Y la verdad es que si uno lee las selecciones del Reader’s Digest del diario de esta nueva Ana Frank lo único que uno puede pensar es que está tan aburrida con la monotonía y arbitrariedad castrense —y, claro, hambrienta de sexo— como los «soldaditos colombianos» de cualquier batallón.

Una vez caminaba por la carrilera por Puente Aranda y un par de chinos del distrito 51 me llamaron desde una garita y me preguntaron qué hacía ahí. Después de intercambiar algunos datos sobre nuestras vidas, ambos coincidieron en decir que estaban aburridos de hacer guardia, ejercicio y recibir órdenes bobas todos los santos días: querían estar en el monte cargando kilos de equipo y echando bala. Es exactamente lo mismo, no me jodan.

También hace un mes estuve cocinando en el batallón Simón Bolívar de Tunja y en la cocina no tenían botiquín. Todavía más grave: todos los días les sirven el mismo arroz, la misma papa, la misma verdura hervida y la misma carne o pollo con guiso. Yo, como burgués que soy, me aburro resto con eso. Pero como ellos son pobres, están acostumbrados a vivir resignados.

Es igual. Cuando alguien exige un poquito, pues paila. Cuenta mi papá que cuando era capellán en el Cantón Norte, un soldado terminó muerto después haberle estado pidiendo a su superior permiso para ir al médico unas cuantas veces. Claro que puede suponerse que esas son cosas que pasan, hombre, que no jodan. Como cuando salieron a la luz los casos aislados de torturas en el mismísimo glorioso ejército de la patria.

Dirán que pretendo argumentar a favor de la guerrilla, pero más bien es un argumento a favor de los que se alienan combatiendo en cualquier hijueputa bando.

Por favor

Wednesday, 5 de September de 2007

Si queremos regresar al camino de la paz, que es tan esquiva, comencemos por transformar la realidad transformando el lenguaje y llamemos las cosas por su nombre: «Afrodescendiente Acacio», se llamaba ese señor. Todo sabemos que a esa gente no le gusta que la llamen de colores porque es degradante.