El camino al infierno III: Pausa
Jueves, 9 de Febrero de 2006Desde hace casi dos meses Conexión dejó las instalaciones principales de la Casa Editorial Semana para establecerse en un edificio en Teusaquillo, en uno de los extremos de la hermosa avenida llamada Parkway: un separador con prado, caminitos y altos árboles. Este es un parque de verdad, muy diferente al agitado y sobre todo pretencioso parque en el que estábamos antes y que ni siquiera llaman por su apellido: 93.
En uno de los costados de la avenida, en lo que antes era una casa, se encuentra el Café Pausa. Que un lugar se llame «café» —como las otras dos paradas de este camino— ya debería levantar sospechas entre el distinguido público pues en estos lugares se le suelta tanto la rienda a la creatividad que la calidad termina sacrificada. Y los precios por las nubes, claro. En el Pausa eso no termina ahí: se hace llamar «restaurante pintoresco».
Según el diccionario, «pintoresco» es algo que «se dice de cuanto puede presentar una imagen peculiar y con cualidades plásticas» o «estilo con que se pintan viva y animadamente las cosas» o, sencillamente, «estrafalario, chocante». El Café Pausa es especialmente pintoresco en este último sentido.
Todo comienza por su diminuto tamaño: en todo el sitio caben ocho personas acomodadas entre pufs, cojines, butacas y sillas. Unos entenderán que esta situación lo convierte en un lugar acogedor, pero el intenso color rojo de sus paredes hace sentir que es mejor huir antes de salir asfixiado. Mientras tanto, un único mesero se vuelve un ocho intentando atender cuatro mesas y la carta se demora una eternidad —pausada eternidad— en llegar.
Aprovechamos el paréntesis para ver qué hay en las paredes, qué compone la decoración, y nos damos cuenta de que nunca supieron qué diablos querían hacer con ese lugar. O sí, ¡algo súper loco! Por un lado una máscara africana; de otro, alguna deidad hindú; faroles chinos -o japoneses-, cortinas hippies; y, como no, también se asoman algunos representantes de las tendencias catolikitsch, siempre tan en boga: el Sagrado Corazón y compañía.
Llega por fin el mesero y ofrece la carta. Típico de cualquier «café»: sánduches, pastas, cocteles y algún café creativo. Un experimento: un mojito y un capuchino. Pausa. Pausa larga con una selección de música tan ecléctica como la decoración del restaurante: de drum and bass a downbeat en un segundo. Detrás de nosotros un mostrador con artículos para la venta. Todo muy a la moda, como parte de la decoración: carteras de tubos de succión odontológica, escapularios, tela satinada vintage, «cultura popular» y gráfica paila por todas partes. Y bien caro, como debe ser.
Finalmente llega lo que se pidió. Pero no es lo que uno espera, claro. El capuchino perdió la espuma en el pausado viaje desde la cocina. O tal vez nunca tuvo. La canela está flotando sobre el café con leche. ¿Es canela? Sabe a aserrín. La copa del mojito es de margarita. No importa. Importa que la hierbabuena hubiera sido licuada con el limón, el ron y el azúcar y hay algo que parece grasa en toda la copa. Y está caliente, tibio. Probémoslo con la mentalidad de que es algo completamente diferente a un mojito, una nueva creación de un espontáneo pero talentoso barman. Pausa para pensar. No. Mejor huir y no volver jamás a tan pintoresco lugar.




