Desde mañana no podré decir más que vivo al lado de Crab’s. Desde mañana será al lado de donde era.
Suena la banda que ensaya, como sonaban las otras noches de miércoles que al principio no me dejaban dormir. El sonido monótono de los arpegios (?) de blues que subían y hacían vibrar el edificio. Vibró sobre todo una noche de Beatles en que la gente, no tengo idea de por qué, saltó mucho. Y eso poco después del falso positivo de temblor.
A Crab’s me llevó Roberto, quien entonces vivía aquí, donde mañana será solo un lugar al lado del bar. Fue seguramente en marzo de 2002 y lo recuerdo así porque mi mamá acababa de ser diagnosticada con cáncer y no pude dejar de decirle que el nombre del bar me parecía muy apropiado para la circunstancia.
Volví varias veces después de esa porque era un lugar que llegaba a ser agradable de alguna manera. De hecho, era el único bar que podía decir que frecuentaba, a pesar de que pusieran casi siempre la misma música y que esta fuera cada vez fue menos de mi gusto. Me gustaba la sensación de que alguien estuviera compartiendo algo conmigo con esa música, con esos afiches sucios y esa decoración no planeada. Además de que no cobraban cover y uno no estaba obligado a consumir nada. Con ese ideal romántico nació este bar y no hace falta leer su historia para saberlo.
Con el mismo romanticismo pachuco, desgarrador, lacrimal e invendible, se cierra el bar. Según datos de primera mano, el valor del canon de arriendo fue triplicado, lo que da lugar a especulaciones sobre construcción de propiedad horizontal. De no ser así es un episodio más para replantearse la existencia del sujeto racional. Y es que quien sea el dueño está matando a la gallina de los huevos de oro pues dudo mucho de que alguien quiera pagar un arriendo tan caro por una «casucha» en medio de la nada.
Esa apartente soledad precisamente hacía parte del sabor de tonta exclusividad, de secta secreta y de ritos de iniciación y peregrinación que solo tienen los lugares como Crab’s, que ni rajan ni prestan el hacha, que no imponen lógicas urbanísticas ni obedecen a ellas y un día, por pura dignidad —o eso queremos creer, porque había presenciado con horror cómo le estaban soltando el chuzo a Radioactiva los martes—, se van para no volver, para que todo el mundo los extrañe o tenga motivo para escribir bobadas de este estilo.