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Marcela se comió una empanada y se la llevaron al infierno

Thursday, 21 de May de 2009

Es pecado comer en Transmilenio. Es como tomar fotos. Pero ya se sabe bien que en Bogotá no se puede tomar fotos en ningún lugar. No solo la autoridad uniformada y armada lo prohíbe siguiendo quién sabe qué norma tácita. También a mucha gente común y corriente el hecho le parece una «conducta sospechosa», como pasar tres veces por el mismo lugar buscando una dirección, fijarse en algún detalle en la calle, hacerse con un grupo de gente en un parque de barrio o llevar cinturón a un concierto. Ya se sabe que en Bogotá no se pueden tomar fotos a menos que sea para algo útil, algo constructivo y edificante, con dividendos morales y golpes de pecho. Así nació Transmilente.

La lógica de este «concurso de fotografía» explica perfectamente lo que significa el registro de imágenes para estas autoridades y estos gobiernos y, por tanto, la justificación de sus prohibiciones. Para ellos la fotografía sirve para meterse en la vida de los demás, para rastrear, para hacer seguimientos, para recabar información que solamente puede tener como fin delinquir. Y por esta razón es de uso privativo de los policías. También por eso hay que convertirse en policía para poder tomar fotos en un lugar donde (¿por qué?) sí está abiertamente prohibido tomar fotos: Transmilenio. Un concurso semejante al de la construcción del ejército de informantes que nuestro distinguido patrón nacional convocó en sus primeros años de administración.

Es curioso que alguien que dice estar preocupado por la interiorización consciente (¿acaso racional?) de la norma, esté detrás de esto:


Supuestamente el gran logro de Mockus —su mito, su caballito de batalla— fue haber «educado en la norma» a una ciudad que no tenía ni dios ni ley por, según dicen, no tener patria: como a esta ciudad nadie la sentía como propia todos hacían lo que se les daba la gana, reza el lugar común. Supuestamente la gente se hizo ciudadana por medio de la pedagogía y el juego, de la adquisición consciente de las normas. Pero en realidad era una estrategia basada en la represión y la vergüenza. Represión y vergüenza de formas lúdicas y divertidas. Pero represión y vergüenza, al fin y al cabo: tarjeta roja en público, el mimo jarto que persigue por no haber cruzado la cebra, la culpa por abrir la llave del agua más de la cuenta. Al final, de la norma solo queda la costumbre y del contenido supuestamente pedagógico solo queda la justificación arbitraria, mano derecha del policía.

Transmilente es lo mismo. Pero, claro, es usar lo que era «malo» para hacer el bien, para hacer control social, para hacer de nuestra ciudad y su sistema de transporte algo mejor. Antes de meterme en una campaña de ese estilo, ridícula y con una muy frágil justificación, me gustaría que me convencieran de la inconveniencia de tomar fotografías en espacios públicos. O de comer empanada.

Transmifoto fue un flashmob para protestar en contra de la imbecilidad de la ley.

En Nueva York la gente se alzó en contra de la arbitrariedad de la ley. Claro, la noticia es del New York Post (vía Andrés David).

Hay 82 millones de terroristas en Alemania:


Du bist Terrorist from alexanderlehmann on Vimeo.

Allá en Alemania (más exactamente en Múnich, lo que explica muchas cosas) una vez me detuvieron unos policías en la estación de tren para pedirme el pasaporte. Me dejaron, supongo, cuando vieron que no era «árabe».

Haciendo amigos

Tuesday, 10 de February de 2009

Ahí tienen. El primer resultado de la celebrada y ridícula medida del toque de queda etario-zonal estilo Los Simpson son dos niños quemados por cuatro pedazos de hijueputa debidamente uniformados y armados, bien «empoderados», con el paraco a flor de piel. Así de repugnante como esa burda tela verde oliva que los viste es su puta actitud frente a cualquier ciudadano. Los he oído burlarse de la gente que se llama a sí misma, y legitimamente así: ciudadano.

Historias de abuso policial he oído de amigos que fueron chúcaros. Forrados de verde oliva gozaban cogiendo a pata a los indigentes que se les atravesaban, si se les daba la gana. O empelotaban gente y la amarraban al poste del CAI por cogerla orinándose en la calle. Yo quejándome porque no dejan tomar fotos. Siempre supe que pudo haber sido peor.

Pero es la misma mierda. La misma arbitrariedad por la que nadie responde.

También conozco la historia de una reunión de estudiantes de la Pedagógica con el Secretario de Gobierno de Garzón. Que si acaso los del ESMAD podían coger a bate todo lo que se les atravesara aunque no estuvieran haciendo nada, aunque no tuvieran tubérculos explosivos o capuchas «I’m with terrorist». El funcionario dijo que la próxima vez se hicieran a un ladito para esquivar el golpe.

Ante este tipo de historia, de queja, oigo siempre la voz del calvo lascivo (y su séquito) que dice que la guerrilla usa pipetas de gas y se comporta como unos blockbusterbusters. Todos están haciendo amigos: entre los comentarios de El Tiempo no falta el que dice que se lo merecían porque son «unos hamponcitos».

El nuevo paradigma: sexo, drogas ≠ rock

Monday, 27 de October de 2008

A propósito de los horribles disturbios que protagonizaron todos esos personajes de Hip Hop al Parque —que son peores que negros porque se creen negros sin serlo—, mucha gente anda defendiendo a Rock al Parque de los señalamientos que se hicieron inmediata y naturalmente en su contra. Cada vez queda más claro para la respetable ciudadanía de este pueblo esencialmente mockusiano, pro zanahorio, que todos los que escuchan cualquier música alejada de las maracas, los bongoes y el acordeón sabanero son unos desadaptados necesariamente violentos y borrachos.

Las cosas, en realidad, comienzan por casa. El festival, como sus defensores, se ha encargado de mostrar como algo completamente diferente a esa imagen que la inmensa mayoría se hace. Pero haciendo eso termina metiéndose en el mismo juego. Si la gente cree que el rock es odio y patadas irracionales entonces el lema del festival es un cursísimo «días de extrema convivencia» o «vida, máximo respeto». Si la gente cree que los que oímos eso que llaman rock somos borrachos y mariguaneros —y, más exactamente, que por eso mismo somos unos irracionales belicosos—, se prohíbe el consumo de alcohol. Lo de las drogas es otra historia.

La otra defensa es decir que los asistentes que la embarran son unos pocos, que así no es la inmensa mayoría. Eso puede ser perfectamente cierto. Pero entonces hay gente que comienza a echarle la culpa al trago como si efectivamente fuera un brebaje lleno de demonios, como solía creerse cuando se inventaron el término «bebidas espirituosas». Nadie critica los bares de cualquier tipo, que son lugares para emborracharse y escuchar música. En los bares el 90% de la gente está borracha o prenda y oyendo música porque a eso van. Y mucha gente, Virgen Santísima, suele tener la iniciativa de consumir sustancias prohibidas.

En los festivales de rock en que he estado (South Side en Alemania y Quilmes Rock en Argentina) se vende cerveza sin problemas. Toca, en primer lugar, porque son patrocinadores. En segundo lugar, al parecer, sencillamente es posible porque la gente no tiene síndrome de posesión. Y probablemente las autoridades no tienen síndrome de exorcista. Claro que hay gente que jode, pero la controlan, como harían en cualquier bar con el que se lo quiera poner de ruana (a veces, como hemos visto, con consecuencias bastante trágicas).

El punto es que prohibir el consumo de alcohol en Rock al Parque es una actitud paternalista y prohibicionista de la Alcaldía y de las autoridades competentes, que se declaran abiertamente así. Pero también es una forma de señalar a los asistentes como gente esencialmente irresponsable porque escuchan un determinado tipo de música. Eso es lo más grave. No es para nada descabellado decir que sí hay gente que realmente cree que el rock es música del demonio y que escucharlo aliena el alma más allá del Purgatorio. Y quienes dicen eso probablemente jamás han escuchado doom, death, thrash o black metal sino a los mariconazos de Def Leppard. O vivían por el lado del Campín en diciembre de 1992, cuando recuerdo muy bien que todos los noticieros mostraban alguna nota sobre lo satánicos que eran los Guns ‘n Roses.

Los policías y las autoridades competentes no tienen la empresa de acabar con Rock al Parque o con el fútbol, como ya acabaron con la rumba más allá de las dos de la mañana, porque haya unos cuantos desadaptados. El fondo de todo esto es una actitud conservadora —que por aún tener cabida hoy es retrógrada— y homogenizante debidamente cobijada por el imbécil prejuicio, compartido por la inmensa mayoría de ciudadanos de esta ciudad de mierda, de que todo tiene que ser «para toda la familia». Andrés López sí cuenta chistes sanos —clasistas pero sanos—, en cambio Gonzalo Valderrama es un señor muy grosero. En los estadios antes no se oía ni una grosería y la gente se está putiando. En las obras del Festival de Teatro salen niñas empelotas y no hay payasos para mis pequeños. El cine nacional es pura violencia y no hay lindas historias en que Colombia sea pasión. Largo etc.

Por eso quiero cerrar esto con dos frases del más puro odio de Odio a Botero, grupo que fue censurado alguna vez en la también siempre muy bienpensante Medellín de tiempos de Fajardo porque cómo así que alguien odiaba a ese egregio precursor de Shakira y Juanes:

En la calle o el colegio
siempre te encuentras con algunos ineptos,
con soldados, policías
o algunos sapos que se creen de la CIA.
Y con ellos debemos acabar.
Mátalos y reclama un celular.

Las vicisitudes del rey Alberto

Monday, 20 de October de 2008

Bélgica es un país que tiene una hermosa capital donde no funcionan los teléfonos públicos y en su lugar la gente usa las cabinas para cagar después de haber comido lo que en español se conoce como gofre, platillo nacional al lado de los mejillones con crema. Cerca de dicha capital también hay un horrible monumento al átomo y un parque temático donde hay miniaturas de otros monumentos de otras partes de Europa. Básicamente por eso la gente sabe que existe ese país porque los Pitufos y Tintín son o gringos los unos o francés el otro.

Bélgica es un país cuyo símbolo nacional es un niño que orina. También es un país con un sistema de transportes incomprensible pero limpio y eficiente porque es un país muy pequeñito.

Aun así, Bélgica es un país dividido en dos facciones «étnicas», aunque étnico es un adjetivo que se usa para la gente salvaje, incivilizada, es decir, la que vive lejos de Europa. Entonces, Bélgica es un país dividido en dos facciones lingüísticas y más o menos religiosas, pero ambas igual de fascistas.

Se supone que lo único que une a los belgas, lo único que los hace belgas, y no valones o flamencos, es un rey gordo, con gafas y viejo que se llama Alberto.

El Reino de Bélgica tiene una embajada en Bogotá, en aquel reducto de intelectuales progresistas conocido por eso mismo como Bosque Izquierdo. En el mismo barrio, el señor representante de los intereses del rey Alberto en esta hermosa tierra enclavada en los andes, Joris Couvreur según la información de la página de la embajada, tiene una modesta residencia al frente de un parque abierto y al lado de un parquecito enrejado.

Este último parquecito, abierto al público, es un extraordinario mirador donde hay una banquita de piedra para sentarse y ver pasar los carros que van por la carrera quinta, el parque de la Independencia o la torre Colpatria. Pero también desde ahí pueden verse, tan bellos como son, los cerros tutelares de Bogotá. Qué bellos planos. Qué ganas dan de registrarlos con la cámara fotográfica, herramienta constructora de relatos en estos días dospuntocerescos.

Pero Joris, como si fuera un colombiano más y no un súbdito de su majestad don Alberto, le tiene miedo a la cámara, la cree un elemento de terrorismo, una amenaza y tal vez una prueba de que pronto habrá algún interesado en atentar contra su vida.

Al lado de la casita del embajador hay una caseta ocupada por unos señores agentes cuya tarea es velar por el buen sueño del señor embajador y eso implica amedrentar a todos los antisociales que por ahí se acerquen y se atrevan a tomar foticos para vendérselas al mejor postor terrorista. O a una revista de chismes, o al blog más visto de Colombia, porque a todos nos interesa saber qué es de la vida de Joris. Es más, todos sabemos que ahí vive ese señor.

Como era de esperarse, al increpar a la ley hecha carne sobre las razones por las que había que borrar las fotos y firmar, con cédula, una minuta, solamente pudieron apelar a las cosas más imbéciles como «usted no me trate como alguien de su casa» (yo en mi casa suelo razonar con la gente, por cierto, pero está claro que eso no se puede hacer con esta casta del poder), «yo puedo tenerlo aquí 36 horas si quiero porque ya después hay habeas corpus» (si no estaba cometiendo ninguna contravención eso es mentira, punto) y «usted no me puede hablar así porque tengo un uniforme y estoy armado» (el argumento más paraco de todos).

Pero entre tanta imbécil muestra de autoridad y poder, claro está, señalaron la dignidad del residente de la casa, que no solamente era embajador sino sobre todo… ¡extranjero! Es la misma razón pendeja por injusta, ilegítima y maldeveredosa que aducía el policía cualquiera en Séptimo Día cuando le preguntaban por qué no encanaban a los turistas que disfrutaban las bellezas narcóticas y venéreas de Colombia en el siempre abierto de piernas barrio de La Candelaria o la siempre presta a ser sodomizada ciudad de Cartagena: «a los extranjeros no hay que molestarlos».

En vez de hacer pendejadas como ir a darse almohadazos a un parque propongo que hagamos un flashmob en ese parque, una vez consideradas las posbilidades y subterfugios legales. Imagino una montonera de gente que llega ahí y toma fotos de Monserrate y de Guadalupe y de la Litografía y de Andigraf sin tocar la casa de este llorón que está que se orina del susto por ver una puta cámara, artículo que en Bélgica aún no deben conocer porque están sumidos aún en la irracionalidad de las etnias (se parecen a sus ex súbditos de Ruanda) y en el retrógrado sistema de gobierno conocido como monarquía.

Vaya a llorarle al rey, embajadorcito.

La gran mancha roja

Wednesday, 9 de April de 2008

La gran mancha roja · 1

La historieta de 1949

«Revolution No. 9 de abril», por Hotel Regina y la Orquesta Sinfónica de Chapinero, se encuentra en el álbum Gaitanista y pueden bajarlo aquí haciendo click derecho y seleccionando «guardar destino como»

Marijuana kills

Tuesday, 26 de February de 2008

La semana pasada un muchacho fue sodomizado por un epistemólogo de origen austriaco. Su ano hizo tantas contracciones que al final explotó.

Antier una señora murió cuando tuvo alucinaciones vívidas con el hermano cherokee de Freddy Krueger en el patio de una casa en Normandía.

Las drogas están de moda porque las drogas matan.


Resemantizar el espacio

Wednesday, 21 de November de 2007

Con la victoria sobre Argentina y la conservación del invicto, la clasificación para el mundial, faltando solo catorce fechas, y el levantamiento de la Copa Mundo en julio de 2010 en Johannesburgo son hechos inminentes. Lamentablemente, Bogotá no cuenta aún con un lugar lo suficientemente significativo para albergar una celebración de las dimensiones de una copa del mundo o un triunfo contra la selección de Argentina. Aparte, la total ausencia de títulos por parte de los equipos bogotanos no ha ayudado a que en el imaginario del rolo de a pie aparezcan estos cuestionamientos sicogeográficos en términos prospectivos.

Muchos dirán que el parque de la 93 es el sitio ideal pues desde los años del ruido la gente iba allá a celebrar las decapitaciones y escarmientos de los virreyes tiranos y por eso es hoy el lugar para ir a ver y ser visto. Otros podrán afirmar que lo mejor es ascender hasta los 3.200 metros sobre el nivel del mar del cerro de Monserrate, símbolo edenista de esa líquida identidad que es la nacionalidad bogotana. Pero está comprobado científicamente que tal vez sea un volcán y se conoce la fecha exacta en que probablemente haga erupción.

Proponemos entonces que el lugar donde se celebren los triunfos que se nos vienen pierna arriba sea el olvidado y muy venido a menos baño público y atracódromo conocido como Monumento a los Héroes, ubicado al lado de la homónima estación de Transmilenio. De fácil acceso desde todos los rincones de la ciudad —los cinturones de miseria de Usme y Cazucá, la apestosa desembocadura del Juan Amarillo en el río Bogotá, el cabildo indígena seudomuisca de Cota— dicho espacio representa mejor que muchos otros las proezas de la raza valiente que habita los límites de esta tierra linda con la que nuestro señor nos premió para vivir y sirve para recordarles a todos los vecinos sudamericanos los nombres de quienes les dieron la libertad, papá.

La explanada servirá para que las gentes se emborrachen felices y, sin darse pata, puño o verga, se puedan echar tranquilos a los carros que cruzan la autopista mientras agitan las banderas y gritan, apelando al más castizo lenguaje bogotano «¡argentino cabrón, argentino cabrón! ¡Sos un hijo de puta la puta madre que te parió!» (y esto es un hecho real, acaban de mostrarlo en la televisión). Por esta misma línea de argumentación, ofrezco una última razón, la más importante: se parece al obelisco de la Barcelona de los pobres. Al menos tiene la misma altura y está en una avenida ancha.