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Factores

Monday, 12 de December de 2011

Tener empleados «negros» (o de cualquier «raza») no es racista. De hecho lo que suele considerarse racista es no tener ni un empleado «negro». Del mismo modo, en algún contexto, tener solamente empleados «negros» podría ser considerado racista. A veces solamente se considera racista tener empleados «negros» que se dediquen únicamente a oficios considerados indignos (hasta ahora hablaba de cualquier tipo de empleo), es decir, los que nadie quiere hacer pero que alguien debería hacer, o sea, los que «nadie» hace justamente por la posibilidad de que haya gente que sí.

En la práctica es muy difícil escapar de estos círculos cognitivos, estas autorreferencias en que un «dato» —como raza, origen, ingreso o lugar en el mundo— está fuertemente correlacionado con los otros. En la práctica, insisto, es muy difícil marcar una diferencia clara entre el estereotipo —o la caricatura— y la realidad. O, mejor «la realidad». En la práctica todo suele seguir como está por mucho tiempo, como ha estado ya por mucho tiempo. Por eso dejar de ocupar el lugar usual en el mundo acaba casi siempre en lo que algunos, en el mejor de los casos, entienden como «perder la esencia»: los negros dejan de bailar sabroso, los indígenas ya no usan más emplastes para curar, los mestizos renuncian al paseo de olla. Ese tipo de cosas. En el peor de los casos no lo llaman perder la esencia sino arribismo, trepamiento y otros nombres horribles. ¿Los blancos? Ellos siempre han sido blancos. Pero por fortuna hacia allá vamos todos por la vía del progreso.

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Es una composición. Parece un cuadro de Fra Angelico. Hay un punto de fuga en el centro, que se pierde en el valle verde. Hacia él, con ángulos muy agudos, se orientan los muebles blancos, los bordes de la piscina. Y en cada lado hay una negra vestida de blanco, robusta, erguida, sosteniendo una bandeja con tetera y tazas. Quedan dos negras como resultado de duplicar uno de los lados de esta composición simétrica. Ellas se miran frente a frente, de manera perpendicular a la cámara. Hacia el lente sí miran las cuatro mujeres que son centro del cuadro y que le dan su título: «Las mujeres más poderosas del Valle del Cauca».

Las mujeres poderosas tienen nombre. Las negras también, pero no salen ahí. (Me gustaría tener evidencia para asegurar que es más probable que salga el nombre de las mascotas, incluso si no salen en la foto.) Desde luego, las negras no son esclavas porque en este país ya no hay esclavitud. Con seguridad, a las negras les pagan por servir el té y las otras tantas cosas que hagan.

Las negras son negras porque el Valle del Cauca era en la Colonia una región productora de oro adonde, por eso mismo, como es lógico, hubo que llevar muchos esclavos. Los negros se volvieron parte del paisaje e imaginario sociales y ocupan un lugar en particular en el que pasan de ser esclavos sin alma a sirvientes inmóviles, sin voz y sin carácter. Es decir, objetos, como en esta foto. Pero no, por favor, no sigamos diciendo estas cosas, que es hilar muy fino. Mejor digamos que los negros se vuelven gente que da sabor y color al Valle, que aportaron (en pretérito: acción concluida) la música y la sazón («sabor a negro», decía cierta cocinera de Twitter sobre las empanadas que de allá vienen) que distinguen a la región.

Por lo demás, las negras son más pintorescas que otras «razas» que podrían desempeñar ese oficio en otros lugares de Colombia y además sirven bien a la imagen de racismo global: los blancos son poderosos y los demás deben servirles. ¿Gente mestiza? Bueno… es que no genera tanto contraste. Condimente esto con buenas intenciones y el manido cuento de que los empresarios andan derramando empleo y dignidad con una cornucopia (y a cambio, si se lo «piden», usted debe posar en una foto como si fuera un mueble) y lista la composición.