Volver al origen
Jueves, 25 de Agosto de 2005Después de atravesar el bosque de robles y trepar por un sendero de piedras y arbustos, se bordea finalmente el cerro. Allá, al lado de los frailejones, estando muy arriba sobre todas las cosas, se ven las tierras de Chíquiza, las nubes que rodean las altas montañas, los relámpagos y la lluvia que caen sobre Villa de Leyva. Del otro lado de la montaña suena nítidamente el agua que va por el curso del río y es voz de esperanza. Una vuelta más y ahí está por fin: Iguaque, la laguna, el origen.
Por fin tuve mis vacaciones, mi nimierdismo, mi alejarse de quién sabe qué. No era del todo un impulso, tampoco algo completamente preparado. Llamé en la mañana del lunes y me dijeron que podía ir allá mismo, al Santuario, a ver si me dejaban quedarme. Y así lo hice. Salí a las doce, llegué a las cuatro y media. Llovía y todo era precioso. Al día siguiente salió el sol y me cansó todo el camino. Las nubes aparecieron por fin cuando me encontré de nuevo con la laguna, después de casi siete años.
Esta vez estábamos solos. La cuna de los muiscas y yo. Los montes que dan de beber al centro de Boyacá y yo. Los sapos, las ranas, los pájaros, los insectos y yo. Las montañas y yo. El agua y yo. Esa agua tan limpia que se recoge de la quebrada, que sabe a musgo, que después cae y corre hacia el oriente. Me sentí inmenso y único, como nunca antes.
Antes de irme, de la manera más cursi, me despedí del páramo gritando «¡Bachué, adiós!». En algún momento de la vida a todos nos toca ser Andrés Hurtado. En la noche un cucarrón se metió en la caneca del refugio, entre los paquetes de achiras y me asustó.











