Menos es más
Viernes, 30 de Septiembre de 2005Tenía muchísimas ganas de ver Sumas y restas, muy a pesar de que el señor Víctor Gaviria está entre mi colección de fotos para la diana de dardos. Esperaba una película diferente a las insoportables Rodrigo D, La vendedora de rosas y al cortico que rodó para una película que se llamaba en español algo así como Todo el mundo goza con el fútbol. Sospechaba que esta película iba a ser más universal que las otras. Y así fue.
Naturalmente tiene muchas fallas técnicas. El sonido es, como se decía, desastroso: las voces cuadran con el movimientos de los labios con la precisión de cualquier película de kung fu. La imagen a menudo tiene exceso de ganancia y grano, como si la hubieran filmado con la video 8 de la casa. Hay unos primerísimos planos tan pero tan primerísimos que parecen de telenovela mejicana, si bien algunos sí parecen tener sentido. Por último, la música original es de lo peor, de lo más cliché, de lo más pachuco, de lo más organeta Casio. En fin, esto no es Ciudad de dios.
Y sin embargo el resto de la película hace olvidar fácilmente esos detalles porque la actuación es verosímil, porque las situaciones son verosímiles, porque la tensión es verosímil. Ya no parecen sujetos de por ahí obligados a actuar, metidos a la fuerza en un papel. Y lo curioso es que los actores de las otras películas eran en verdad sicarios, en verdad chirretes. Aquí el narquito es un taxista y se pega unas borracheras y unas embaladas que parten el alma. Al igual que el co-protagonista, el ingeniero.
Estoy muy contento por haberla visto. La recomiendo y le sugiero a quien la vaya a ver que se fije en dos aspectos. Primero, la personalidad empresarial —por lo que el título y el tagline de la película son excelentes— y su relación con la actividad criminal y lo que los seguidores de Elias llaman «zonas sin pacificar». Segundo, el papel de las mujeres en esta historia. Ambas cosas son muy bien desarrolladas, muy dicientes y gravísimas. Y también muy verosímiles.









