Archivo de June de 2014

El peatón radical

Tuesday, 10 de June de 2014

En la casa nunca hubo carro. En la casa nunca hubo un montón de cosas que sí había en otras casas «normales», es decir, las de mis compañeros del colegio o mis familiares, que vendrían siendo mis pares de clase socioeconómica. Mientras otras cosas fueron llegando, conforme las leyes del mercado y el progreso económico lo permitían, el carro nunca llegó. Nunca hubo carro y mucho menos voluntad de tenerlo. Tampoco hubo horno microondas.

Después de la primera revascularización que le hicieron a mi papá (1984), el cardiólogo le dijo que ahora sí debía comprarse un carro «para hijueputiar» y liberar todo ese estrés que mágicamente se le había convertido en ateromas. Por mucho tiempo, con ese argumento, intenté convencer a mi papá de que «compráramos» un carro. Es que no tenerlo se volvía otra razón para configurarme como el tipo más raro del curso: papá anciano, no le gustaba el fútbol y sí la música clásica, no estaba bautizado… ¡y no tenía carro! Pero nunca pasó.

***

Cuando mi papá volvió a tener muy serios problemas coronarios (1994), las órdenes del nuevo cardiólogo fueron dos: comer sin grasa y limitando las harinas, y caminar al menos una hora diaria. En los primeros días acompañé a mi papá a dar vueltas lenta y monótonamente en un parque al lado de la iglesia del barrio. Durábamos una hora exactamente.

En poco tiempo las caminatas se volvieron nuestra forma principal de desplazamiento, como cuando íbamos juntos a mi academia de música en El Polo. Una vez nos fuimos a pie desde nuestra casa en Los Alcázares hasta Unicentro a buscar discos. Para mi eso era una distancia extraordinaria. En el camino nos encontramos al esposo de una prima, que iba en carro, en un trancón en la 9; ya entonces había trancones en Bogotá, curiosamente. Lo recuerdo ahí, viéndonos con esa combinación de desprecio, envidia y admiración con la que tantas veces he visto que juzgan a mi papá al contemplar su austeridad.

Era la austeridad de quien camina para desplazarse.

Han pasado veinte años desde entonces y mi papá no ha dejado de caminar un día. Aunque cada vez más lento, sigue haciéndolo erguido, solitario, como es él.

***

Solo podemos desplazarnos si desplazamos nuestro cuerpo. Nuestra primera forma de independencia es cuando podemos desplazarnos torpemente por medio de nuestro propio cuerpo, nuestro frágil cuerpo, el accidente que nos hace individuos. y por eso todos somos peatones, a todos nos iguala serlo. El mundo, sin embargo, parece estar armado para privilegiar una forma específica de desplazamiento: el motorizado.

No se trata solamente de que puedan faltar andenes o que no sean suficientemente anchos. Algunos dirán que faltan puentes peatonales para cruzar las amplias autopistas. La realidad es otra: es que lleguemos a pensar eso mismo, que lo que falta son unas construcciones que demandan que la gente que va a pie deba esforzarse físicamente para que los que van en carro se ahorren uno o dos minutos de trayecto.

La realidad es que la gente cruza la calle con miedo porque sabe que quienes van en carro muy difícilmente disminuirán la velocidad pues ante todo usan la máquina con la que se desplazan como una amenaza para disuadir el paso de la gente, un espantador de «bestias». Y dirán que esa gente es imprudente, atravesada, y que si los cogieron fue por eso. «Por eso los matan», me gritó una vez una conductora energúmena a la que «me le atravesé». A mí me sonó a «por eso las violan». «¿Quieres morir?», gritaba una exnovia desde su carro a los peatones que pasaban frente a ella.

El peatón y su fragilidad no son prioridad y muchos peatones terminan actuando en consecuencia, alienados, para que el río siga su curso.

***

Algunos dirán que una ciudad bien planeada exige segregación para carros y personas. Sin necesidad de decir que eso es algo que está muy lejos de suceder realmente en Bogotá, yo simplemente quiero ir más lejos, tan lejos como pueda, porque quiero ser radical.

El hombre del tanque se enfrentó con la fragilidad de su cuerpo a una fila de auténticas máquinas para matar.

Frente a la arrogante violencia de estas máquinas que matan, hagamos lo mismo. Quedémonos quietos frente a ellas, retándolas, retando a quienes las manejan. Caminemos despacio para reivindicar la velocidad con la que también somos capaces de llegar a cualquier lado. Busquemos esa mirada de quienes desprecian la austeridad de nuestro propio cuerpo. Dejémoslos desnudos, como estamos nosotros, los que no nos desplazamos con esa coraza asesina.