Archivo de October de 2013

Recoger café

Tuesday, 22 de October de 2013

La buena noticia —y de verdad espero que lo sea para ustedes— es que ando en el plan de abrir un restaurante. ¡Pero por ahora no hay más detalles!

¿Para qué hablar de eso? Antes de armar el plan de negocios del restaurante es necesario hacer una investigación de mercado. Y como Javier, que es mi socio, y yo somos tan buenos obsesivos y amantes de los datos por los datos, nos pusimos a ver manzana por manzana, cuadra por cuadra, puerta por puerta, cuántos restaurantes hay en la zona, qué ofrecen, a cuánto lo ofrecen y a cuántas personas podrían atender. Hasta hoy hemos recogido esta información para algo más de cien restaurantes en la zona de Quinta Camacho, donde pensamos que quede el restaurante. Esos datos después se tabulan, se geolocalizan, se corren en un modelo matemático complejísimo y, en resumen, nos sirven para tomar una serie de decisiones o para echar un gran carreto que logre convencer a nuestros inversionistas de que invertir en un negocio de comida más en ese sector tendrá un buen retorno en cachimoni.

Recoger estos datos en una mugre planilla no es tarea fácil, básicamente porque la planilla hace pensar que somos encuestadores. Pero cuando ven que no lo somos e igual estamos ahí mirando, se ponen nerviosos. Hasta ahora no nos había pasado nada extraño (a excepción de un pequeño incidente en el restaurante suizo Divino, que es además carísimo, no vayan) hasta que hoy nos tocó enfrentar el eje más gomelo del sector: la carrera 9. Decidimos que, por el perfil de la zona, para no llamar tanto la atención, íbamos a quedarnos un rato en cada lugar, pedir una cerveza, ver por encima e irnos.

La primera —y a la larga última— parada fue el restaurante La Herencia, un lugar donde sirven algunos platos colombianos o de inspiración colombiana. Después de pedir la cerveza, salí a contar mesas en el primer piso y después en el segundo. Estamos anotando cuántas mesas y cuántos puestos por mesa hay, así que llevamos esos datos en una matriz. Yo me anoto los datos en la mano. Estando en el segundo piso apareció la administradora y preguntó si me podía ayudar en algo. Guardé silencio un rato y, mirando al salón y no a ella, le pregunté cuál era la capacidad del segundo piso. Me dijo que era de sesenta mesas. Anoté, bajé las escaleras, miré el otro salón, anoté y volví a la mesa con Javier.

A la vista de todos anoté el resto de datos que nos faltaban en la planilla. Seguiamos hablando, yo seguía tomándome la cerveza; veíamos pasar a los meseros, a la gente de las otras mesas, la desastrosa decoración de día de las brujas —que no le puede quedar bien a ningún lugar—, comentamos cuando la administradora botó unas alcaparras…

Y de pronto llegó un par de policías directamente a nuestra mesa. Cédula, requisa, que muestre lo que llevo ahí, que explique qué estaba anotando. La verdad y nada más que la verdad: mesas y puestos. Los tombos siguieron ahí y no devolvían las cédulas. Yo ya estaba emputado, pero quería emputarme más, sobre todo con la administradora. Comencé a decirles a los meseros que la llamaran, pero nada. Cada vez que pasaba les exigía que quería hablar con ella, les decía que quería saber si este era un tratamiento normal para con los clientes o si simplemente se trataba de discriminación. Cuando dije que esto era discriminación el mesero respondió inmediata y contundentemente: «sí».

Las cédulas no volvían. Poco después regresó el mesero con un papel y un esfero y dijo «por favor anote aquí sus datos para que la administradora se ponga en contacto con ustedes». Entonces, ahí sí, me emputé mucho más y le dije que de ninguna manera nos íbamos a ir sin hablar con la administradora, que finalmente se hizo presente para decirnos que nuestra actitud era sospechosa. Le expliqué que estábamos recogiendo información a simple vista y tomando una cerveza. La señora respondió diciendo que le parecía sospechoso que no la hubiera mirado a la cara para preguntarle el dato de los puestos. También habló de los videos, del cuadrante, de las amenazas, etc. Volví a increparla sobre lo recurrente de una actitud de este estilo con los clientes, haciendo cada vez más escándalo.

Finalmente, en medio de todo eso, pedimos la cuenta. El restaurante está decorado con libros y la cuenta la entregan dentro de un libro cualquiera. Para mayor ironía, el libro en el que nos entregaron la cuenta fue Crimen y castigo. Pero olvidé algo: la administradora había dicho que no nos iba a cobrar por «la molestia».

Salí del restaurante muy emputado a desamarrar las bicicletas. Me quedé esperando a Javier, que salió un rato después. Me contó que había hablado con los policías para explicarles qué estábamos haciendo, previendo que esta situación podría repetirse en todos los restaurantes de la carrera 9. Salimos y cruzamos varias palabras sobre los alegatos nuestros, de los tombos y de la administradora. Estábamos emputados y preocupados, pero también con una cierta sensación de diversión porque por fin nos habían cogido.

Nos dirigimos al siguiente restaurante, que es Itano’s. No había mesas. Nos quedamos esperando un rato. Le dije a Javier que aquí sí, de una, debíamos llamar al administrador y pedirle los datos directamente. Ahí la pregunta es si sí se puede confiar, ya que desconfían de nosotros por hacer preguntas. Pedimos cervezas pero no alcanzaron a llegar con el pedido cuando el mesero dijo que afuera nos buscaban dos policías. Javier y yo nos miramos con cara de no poder creerlo.

Cuando salimos estaban ahí los mismos tombos. «Usted está detenido por atentar contra propiedad del Estado», me dijo. Yo lo miré todavía más estupefacto. «Hay un video que lo incrimina y aquí mi compañero dice que lo vio a usted rompiendo el espejo de la moto». Le dije que me gustaría ver el tal video. «El video lo podrá ver en la audiencia con el fiscal. Le voy a leer sus derechos…». Y sí, me leyó mis derechos, como en serie gringa, pero sin ponerme esposas y sin meterme en una patrulla empujándome la cabeza. En ese momento me quedó clarísimo que estaban hablando muchísima mierda.

Nos fuimos caminando. Mientras tanto llamé a mi abogado, quien me confirmó que todo era irregular e indirectamente me dio a entender que seguramente querían plata. Me dijo que no podía estar allá hasta después de las cinco. Me programé para pasar hambre. Le conté a Javier y llegamos al CAI de Lourdes, donde iba a ser «detenido». Cuando entré había dos jóvenes esposados. Me senté en una silla a la que le faltaba una pata, así que me puse de pie y empecé a tuitear:

Algunos lo tomaron como una broma, otros lo tomaron en serio. Algunos se preguntaron qué era CAHP y otros afirmaron que en Lourdes no había CAI. Pronto recibí una llamada de Frank, que me habló de una amiga de él, abogada. En Twitter alguien le decía a Paula que me ayudara. Más ironías…

¿Por qué necesitaba un abogado? Porque mi ignorancia me volvía indefenso. El sentido común —y, cómo no, estar convencido de que no había roto ningún espejo— me daba a entender que esto era completamente irregular. Pero no tenía forma de discutirlo, aunque tenga por pasatiempo increpar a los policías por sus arbitrariedades monumentales. El patrullero me llamó y me pidió mis datos. Mientras tanto fui anotando los números de las chaquetas de cada uno de los tombos que había en el CAI; pueden jugar al Baloto con esos números, tal como lo sugirieron. Cuando le dije que mi profesión era historiador y que vivía cerca de donde todo había comenzado, el tipo cambió el tono y me llamó para que saliéramos.

Afuera del CAI el patrullero insistió en que confesara que yo había roto el espejo. Dije que no. Me dijo que me había visto. Pero después me preguntó que si no había sido yo entonces quién. Ahí apareció Javier, con quien comenzó a hablar el patrullero, intentando convencerlo de que había sido yo porque yo había quedado muy bravo en el restaurante. Javier me defendió. Mientras tanto yo hablaba por teléfono con Carolina, una abogada tributarista que ya estaba buscando jurisprudencia y normas para saber qué había que hacer. También recibí llamada de Claudia, una periodista, que a su vez había llamado a una ONG de abogados.

Nadie apareció. Y, como era de esperarse, el tal video que me incriminaba tampoco. «La vieja se aculilló», dijo el tombo refiriéndose a la administradora de La Herencia. Me devolvieron mi cédula y nos dijeron que tuviéramos cuidado con la forma de hacer la investigación porque qué tal que algo así nos pasara a nosotros cuando se abriera el restaurante… Esa siempre es la moraleja de los tombos.

No quiero concluir nada. Simplemente voy a decir una vez más que la Policía es el peor esperpento de este país, que no confío en absolutamente nada de lo que dicen o hacen, ni en su forma de ver las cosas, que aborrezco el modo como tratan a la gente, desde su condescendencia hasta sacar el arma para ganar una discusión, como ya me pasó y como seguramente le ha pasado a tanta gente con peores resultados.

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¡Este post tiene tanto que ver con el anterior!

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Gracias a todos los que me ayudaron y me acompañaron hoy.

Me gustaría saber qué hay que hacer, si es que hay algo que se pueda hacer, para que esto no se quede así y para que podamos salvarnos de las sistemáticas arbitrariedades de los tombos.