Archivo de February de 2013

El miedo

Thursday, 28 de February de 2013

Declaración de suficiencia moral: En Bogotá me han robado unas seis veces. Dos veces me han robado el celular en la calle. Una vez me lo sacaron del bolsillo en Transmilenio. Dos veces, en dos meses, se entraron a mi casa y robaron varios artículos electrónicos. La segunda vez, inclusive, fue a mano armada y permanecí encerrado en un baño sin saber qué le podía estar pasando a mi papá. Otro par de veces me robaron un discman sacándomelo del bolsillo. También tengo varios amigos y conocidos a los que han robado de mil maneras. Aún no sé de heridos o muertos. También he sido víctima de atraco en Medellín (allá fue mi primera vez) y Buenos Aires, Argentina. Hago esta declaración para demostrar que tengo autoridad moral para firmar lo que sigue. La hago porque sé bien cómo piensan… como medida de precaución.

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A propósito de las desafortunadas declaraciones de Petro sobre el uso de celular en lugares públicos dije lo siguiente en un tuit que, de acuerdo con mi tasa corriente, se volvió extraordinariamente popular:

Creo saber por qué fue popular: porque habla mal de Petro. Qué obviedad. Pero también sé que fue popular, y no creo que en menor medida, porque a muchos les debió sonar a que sí hay razones, y muchas, para vivir crónicamente con miedo en Bogotá, que se necesita mano dura y que ojalá algún día podamos hacer lo que algún día se resumió con «volver a la finca». Entonces escribo esto por si acaso, para desmarcarme de eso, si es que alguien lo pensó, pero sobre todo para ampliar la idea.

Por ahora le apuesto a sacar a Petro de este tema. Por más que el alcalde haya quedado sonando, como dijo Lewin, «como una mamá preocupada», si él se queda, el tema se vuelve, como ya se volvió, una nueva ronda de buscar razones para demostrar que es pésimo alcalde. (Originalmente había escrito «despolitizar», pero de lo que voy a hablar es claramente un asunto político.)

Sobre todo le apuesto a no hablar de Petro porque el tuit tiene un fondo más grande, que era lo que más me interesaba, y se refiere a una idea que desde hace rato me da vueltas en la cabeza: Bogotá, sin importar quién la gobierne, es una ciudad que se tiene miedo a sí misma. Obviamente no es la única ciudad con esa condición —otro ejemplo muy claro es Buenos Aires—, pero eso es algo que no importa.

He hablado aquí de la prohibición, implícita o explícita, de hacer fotografías en lugares públicos y cómo la gente ha hecho suyas esta y otras reglas porque son reglas y no porque puedan tener algún sentido. Como están las cosas, creo que es casi imposible considerar que está cercano el día en que suficiente gente se cuestionará si ciertas reglas de verdad tienen sentido o se hará preguntas sobre su origen y los supuestos en que se basan o sobre sus alcances. Digo esto porque casi siempre la gente exige más represión suponiendo que como son «gente de bien» nunca les va a tocar (en últimas eso puede ser, como ha sido, una realidad), porque esta es una ciudad de espíritu prohibitivo.

Creo —y esto es una obviedad monumental para cualquier sociólogo y quizá politólogo— que el miedo está relacionado con la arbitrariedad de las normas y la incapacidad estructural de la sociedad para cuestionarlas. El miedo es otra forma de regla implícita, una suposición frente al futuro que se interioriza y comienza a prohibir permanentemente hacer cosas, usar la libertad. Con miedo de por medio, actividades triviales como ir a una determinada calle, salir a una determinada hora y hasta expresar una idea se vuelven imposibles.

El camino que va del miedo individual al miedo colectivo y a la prohibición no es muy corto. Voy a ilustrarlo. Aunque es un gran mirador de Bogotá, muchísimo mejor que Monserrate, el cerro de Guadalupe es un lugar con muy mala reputación porque para llegar o salir hay que pasar cerca del sector de Los Laches, un barrio que, en la psicogeografía local, está lleno de maleantes. Hace poco fui con unos amigos a la cima del cerro, un domingo casi minutos antes de que fueran las 5 de la tarde. Valdría la pena dar detalles sobre la luz que hubo esa tarde, pero nos tuvimos que ir porque los policías que había comenzaron a rondarnos a los que estábamos ahí diciendo que teníamos que irnos. Entre mis amigos y yo comenzamos a preguntar por qué a diferentes policías y ahí comenzaron a salir las más diferentes razones: porque es inseguro, porque nos quedábamos bajo nuestra propia responsabilidad y finalmente porque no está permitido quedarse en el cerro después de las 5. No está permitido. Y lo dice un policía entonces debe ser verdad. Claro, claro. Así, Guadalupe seguirá siendo un lugar inseguro, no solo porque lo sea, digamos, efectivamente, sino porque los mismos policías dicen que es así, que se lo advirtieron y que, si llegara a pasarle algo, usted ya sabía.

Lugares así hay miles en Bogotá. Para muchos, gente que me parece insoportable, es incluso Bogotá toda. Son lugares prohibidos consuetudinariamente, sobre todo por los prejuicios que crea el miedo. Son miedos prestados, miedos magnificados, con bases reales incuestionables, las mismas que se muestran con indignación cuando se ridiculiza la idea de «percepción». No vale la pena cuestionar el pánico del que robaron, asaltaron, amenazaron o el que mataron porque es suficiente evidencia para saber que algo está mal. Pero sí que vale la pena preguntarse por el miedo a lo que aún no ha pasado y a no confundir ser precavido con renunciar a la libertad o a la tranquilidad, ni siquiera a favor de la represión de un régimen sino de darle el poder a quién sabe quién para no dejarnos llevar la vida en paz.

Los invito a usar la ciudad sin miedos y mucho menos pensando que es una aventura valerosa. Los invito a caminar de noche, a exigir que deje de ser una ciudad oscura y sin vida nocturna, a motivar a las tiendas para que sigan abiertas porque la gente sigue ahí, sin miedo. Los invito a salir del centro comercial, aunque ese espacio ya ganó, justamente por lo seguro y contenido que es. Los invito a no vivir tanto de la esperanza de gentrificación, a ver si nos damos cuenta de que la ciudad es, sobre todo, como es. Los invito a caminar de noche con Hernando Gómez Serrano, pornomiseria aparte, o con Antonio Manrique. Los invito a leer lo que dice el grupo Stalker sobre los territorios reales, los lugares donde aún no se ha consolidado nada y solo pueden entenderse, ahí sí como dice el lugar común, si se está ahí mismo. Casi siempre el mayor riesgo al caminar son los perros. En fin, esa es la forma en que los invito a no tenerle miedo a Bogotá para que las cosas comiencen a cambiar. Si el alcalde propuso guardar el celular como forma de cultura ciudadana, yo los invito a hablar donde quieran, incluso cerca de los CAI, donde los policías consideran que eso los amenaza (los policías nos tienen miedo a los ciudadanos) y correrán a «tomar precauciones», a pedirle rutinariamente el documento para verificar que no tienen antecedentes y a pedirle que deje de hablar o que lo haga lejos de ahí. A mí ya me pasó una vez.