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Costal de papa

Monday, 21 de January de 2013

Convencer no siempre pasa por hacer que el interlocutor asuma como propias las posiciones de uno. A veces convencer es simplemente hacer que el otro se quede callado, tal vez pensando que lo que antes sostenía puede ser insostenible o necesita trabajo. Pero si es difícil cambiar de parecer, es mucho más difícil, hasta el punto de lo imposible, hacer que otros cambien de parecer. Siempre hay premisas ocultas en nuestros razonamientos (o errores cognitivos o ideologías, les ponen muchos nombres), unas bases que nos llevan a pensar una cosa y no otra frente a la misma situación o los mismos hechos o evidencias.

En el juego de la argumentación hay montones de supuestos y el principal es que todos somos «racionales». La argumentación es una de esas ilusiones de nuestra ilusoria experiencia racional —sea por «naturaleza», por «cultura» o como momento de la vida—, la ilusión de que permanentemente estamos evaluando evidencias. Pero la argumentación es en realidad un juego con unas reglas, con unos supuestos, una forma de comportarse en el diálogo, una forma de expresar lo que se dice. La argumentación es un estilo, un modo. Tal vez no todo lo que podamos decir argumentando lo podamos decir de otra manera. En cambio hay muchas formas de convencer. (Ahora vuelva al párrafo anterior y siga leyendo una y otra vez, indefinidamente.)

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Bienvenidos al club de la argumentación. En el club de la argumentación nunca peleamos contra los que sostienen un argumento.

La primera regla del club de la argumentación es que se pelea contra los argumentos, no contra la persona que los sostiene.

La segunda regla del club de la argumentación es que se pelea contra la forma de hacer los argumentos, no contra la persona que los sostiene.

Atacar a la persona y no al argumento es una conducta tipificada desde hace mucho como falacia ad hominem, «contra el hombre». (Hay muchos tipos de falacias.) Todos sabemos, por experiencia, que hacerlo es bastante práctico y sumamente efectivo para convencer al gran público, pero no es adecuado si se está en el club de la argumentación. De hecho es gravísimo porque va contra las primeras dos reglas.

Un ejemplo: Miguel es un tipo que se dedica a hablar mierda. Un día encuentra, con mucho interés, que una antigua compañera de universidad está hablando con mucha propiedad sobre moda y estilo. La compañera —que se llama, digamos, Vanessa— sostiene que las mujeres del país se visten con «mal gusto», algo reprobable porque dicho «mal gusto» es la manifestación estética de la visión machista de narcotraficantes o terratenientes ganaderos. Miguel interpela a Vanessa diciendo que no encuentra suficiente el argumento de la ubicación socioeconómica de dicha estética, pues esto solo reflejaría que vestirse bien o mal es cuestión de llevar una vida acorde con lo legal; y señala que el argumento parece basarse más bien en una idea de la relación entre lugar en la sociedad y legitimidad, o sea, que es una posición clasista, si acaso moralista, y que a esta altura de la vida y de la historia no tiene sentido juzgar a la gente con posiciones de ese estilo, sin bases objetivas. Vanessa le responde a Miguel pidiéndole que se calle, ya que resulta evidente, por la forma como él se viste, que no sabe nada sobre cómo es vestirse bien. Vanessa también pudo haber dado por terminada la discusión aduciendo que Miguel tiene sobrepeso, se afeita poco, nació en Bogotá, vive en Colombia o que su nombre suena a Miguey. Pero al final Vanessa opta por decir que Miguel es «un resentido lleno de carencias» y da a entender que por esto no deberían tenerse en cuenta sus argumentos. En fin, atacó a la persona, no al argumento. Por cierto, no era difícil despachar lo que decía Miguel porque no era tanto un argumento sino un juego de espejos en busca de la reducción al absurdo.

El abuso de ad hominem haría de un programa como Hora 20 algo mucho más aburrido. Sería muy fácil despachar a Navarro Wolff porque es cojo y habla con una papa en la boca, a Gómez Buendía porque no pronuncia correctamente la r, a Rangel porque chasquea como comiendo papaya cuando acaba las frases o a Juan Carlos Flórez porque tiene un acento amanerado o porque no se lavó bien los dientes. Hasta ahora, por suerte, quizás, no se ha llegado a este nivel de estupidez que haría ver peor —como un niño de preescolar— al atacante que al atacado.

Pero con el tiempo uno aprende a disfrazar este mismo tipo de descartes falaces con fórmulas más sofisticadas. Entonces aparece otro tipo de falacia —que también tiene su nombre en latín porque fue tipificada desde hace mucho—, que llaman tu quoque. Tu quoque significa «tú también» y se usa cuando la validez de un argumento se ponen en duda porque quien lo sostiene no hace lo que dice el argumento, porque no es coherente.

Un ejemplo: Diana es una madre joven que tiene un hijo de siete años, llamado, digamos, Isaac, que lleva una larga cabellera rizada. Un día Diana dice, en una conversación casual, que lo mejor para que a los niños no les dé piojos es que lleven el pelo corto. Agrega que lo leyó en una revista donde citaban un estudio que mostraba una mayor incidencia de piojos en niños con pelo largo, aunque no mucho más. Su interlocutora, oportunamente, le señala a Diana que está equivocada porque si fuera cierto Isaac llevaría el pelo corto. Diana se siente mal, se calla y tal vez regresa a la casa a calvear a Isaac.

Un ejemplo más fácil: un hombre infiel dice que la infidelidad es mala. Agrega que es así porque sale muy cara. En respuesta, le dicen que se equivoca al decir que la infidelidad es mala porque él mismo es infiel. En consecuencia la infidelidad es buena, aun si sale cara. ¿Se diferencia de decirle a alguien que está equivocado porque tiene mal aliento?

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Hay una forma específica de tu quoque que es muy común. La llamo «costal de papa» por una anécdota personal. Un día hablaba de cualquier cosa con Alejandro Peláez y acabamos hablando de la izquierda o de Chávez o algo así. Entonces él me pasó un video en que entrevistaban a un funcionario de Chávez que afirmaba cualquier cosa que afirmaría alguien de izquierda o chavismo o lo que sea que sea eso. El periodista encontró la forma más elevada de dejar callado al chavista: «¿y entonces por qué está vestido con [marca de ropa fina]?». El funcionario se quedó callado. Lo dejaron callado. Le pregunté a Peláez si acaso le daría validez a las afirmaciones del funcionario chavista si mejor estuviera vestido con un costal de papa.

A diario se invalidan los argumentos de izquierda porque los sostienen personas que están «bien vestidas», viven en barrios ricos y no parecen estar pasando hambre ni tener origen pobre. Hace poco, justamente en Hora 20, interpelaron a León Valencia preguntándole cuánto ganaba mensualmente. Valencia respondió que ganaba 10 millones de pesos y la reacción de, por ejemplo, Laura Gil, fue decir que era «izquierda zarrapastrosa». La idea es que alguien con esa cantidad de ingresos o patrones de gasto no puede ni debería ser de izquierda o, más exactamente, andar ventilando ideas de izquierda o argumentos a favor de estas.

Lo curioso es que cuando aparece gente, digamos, coherente —Pepe Mujica— el antiargumento costal de papa se vuelve en su contra, ya no para señalar la invalidez de la idea por incoherencia sino porque cómo alguien que vive como un pobre va a gobernar un país. Y eso no es muy diferente de joder porque usa sudadera o monta a caballo con sombrero. Pero es más curioso que nunca se use un argumento así para hablar de coherencia con los supuestos valores de la derecha. Casi nadie invalida a «la derecha» denunciando que no salgan a hacer etnocidios o que vivan en barrios de clase media dado que ser de derecha es cosa de ricos.

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Predicar pero no aplicar nunca es grave al argumentar si se está en el club de la argumentación. Predicar y no aplicar es desastroso para el ejercicio político porque simplemente la política no es cosa de argumentar sino de hacer, de hacer para obtener respaldo y ser muy hábil con la retórica, donde caben todas las trampas. La retórica es el todo vale.

¿Van a destruir las reivindicaciones de un movimiento que aparentemente es de izquierda porque los que jodían con eso oyen música en un iPod, como hicieron con los que ocuparon Wall Street? Más altura, por favor, no me traten como a un niño. Bastante se puede decir en contra de los supuestos de la izquierda antes de andar señalando esas nimiedades. O despáchenlos por feos; pero entonces estén dispuestos a convencerse si les sale alguno bonito.

¿Van a joder a un gobernante de izquierda por regalarle un país a unas multinacionales? Eso tiene más sentido. Pero el problema nunca es la coherencia porque el verdadero problema es que no haga lo que quiero que haga. Pero esa es otra historia.