Archivo de January de 2012

Inventario

Tuesday, 24 de January de 2012

Magia, píldoras, «¡vamos!», nada que perder, el Opus, Caperucita roja, bazuco, niñas perdidas en el bosque, rastrojos, helado de lulo, τετέλεσται, ¡Oh, libertad!, «Tu papá me cae bien», Alcaraván, guarapo, La Mayorista, «lávate los dientes», «nunca he estado en Coveñas», vikingos, hamaca, tobillo, Oatmeal, Zelda, tzatziki, wikileaks, «tu matica, mi matica, el chat», Nouveau défi, «llévame», ceibas, «ajá», Marinos, narcoterraza, El Machetico, alcachofas, John, pichar, Otraparte, buñuelitos y empanaditas, El Poblado, «mucho taco», Counting Crows, mortero, cometa, medias veladas, Ubaque-Cáqueza, «demás que», la loma del Campestre, Aurora, María, cultura Metro, Arví, Fenicia, Cantaleta, Te busco, botas, «perfecta imperfección», pintar paredes, La niña Juani, Firehouse, peye, pájaros, «bueno… esto es Bogotá», peces, reinado, baile de tío, Ara ararauna, Urocyon cinereoargenteus, retraso, Diane Lane en Rumble Fish, Envigado F. C., Quiero una chica chonqueta, ardillas, Carepaisa…

Y así…

Pelo

Tuesday, 10 de January de 2012

Mi pelo —mi cabellera, mi vello facial, mi abundante vello corporal, en ese orden— ha definido mi vida. Me ha hecho sentirme vanidoso o dejado, apreciado o rechazado, bonito o feo. Nunca realmente cómodo.

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Mi cabellera es un montón de pelo de varios colores que al final parecen café muy oscuro. Aunque en el nivel agregado puede decirse que soy crespo, si se ve cada pelo individualmente podemos ver que no son crespos ni ondulados sino en zig-zag. Sobre mi frente se ve más rizado que atrás. Los pelos de atrás tienden a bajar lisos, o más exactamente rectos, pues no caen sino que siguen erectos. Nunca he encontrado un corte de pelo que me haga sentir realmente cómodo. A veces hay días en que todo parece muy bien, pero son muy escasos. Casi siempre me gusta como me veo cuando salgo de la ducha, cuando está aplacado por la humedad y se ve brillante y con alguna forma. Pero eso es una ilusión pasajera. Después se seca y aparece quemado, opaco. Las cremas para peinar han ayudado un poco desde que comencé a usarlas hace unos cinco años. Pero en general es un desastre.

En el colegio, entre los 14 y los 16 años, usé el pelo largo. Me decían «La Mota», «Afrid», «Disco», «Kramer»… Una vez, en un paseo en San Agustín, uno de los montadores del salón comenzó a sacudirme el pelo mientras hablaba con un profesor. Yo le grité pidiéndole que parara pero el man seguía. El profesor me dijo «tolere». Me quedé sentado, emputadísimo, preguntándome por qué carajos tenía que aguantarme la montadera, esta y tantas más, por esta y otras razones. Debía ser cuestión de poner la otra mejilla: el profesor estaba a cargo del área de religión. Entonces tomé aire y le mandé al profesor un puño en la boca del estómago. El puño, por supuesto, iba en realidad para el que me estaba jodiendo. Pero a él le tocó recibirlo de manera simbólica. Quedó sin aliento y yo le dije «tolérelo». No me echaron. Esa noche me iban a dejar sin comida, pero al final comí. El profesor era un amigo más y yo tenía privilegios por ser inteligente y esas cosas.

A los 17 años me calveé. Por varios años duré calveándome regularmente cada vez que me aburría del pelo. No he dado con un peluquero que pueda resolver el problema de mi pelo, de domarlo, de darle forma, de proyectarle un futuro. La mayoría de peluqueros opta por dejármelo bajito, «juicioso». Varias veces he ofrecido mi melena tan larga como me la llego a aguantar (a veces un año entero sin cortar) y en vez de hacer algo maravilloso con eso, la solución casi siempre es bajarla a su mínima expresión, donde ya no se ve crespo pero tampoco liso, porque eso es imposible. Así que es imposible hacer algo maravilloso con mi pelo, al menos algo con lo que me sienta conforme.

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Mi barba comienza en la mitad del cuello y acaba un centímetro o menos debajo de los ojos. Mi barba apareció como bozo a los diez años y como pelos aislados en el mentón a los once o doce años. Una vez me quité los pelos del bigote con una crema para depilar que tenía mi mamá. El miedo era, como siempre, que no desaparecieran sino que se volvieran más gruesos. Pero igual lo hice. Y lo hice y lo hice. Hasta que a los catorce fue necesario comenzar a afeitarse, aunque no con mucha regularidad. Pero qué aburrido era afeitarse, afeitarse para acabar con tres pelos con el único fin de que en el colegio no me la montaran por tener bozo.

A los quince o dieciséis pasó lo peor porque comenzó a crecer un lanugo asqueroso entre el área razonable de la barba y los ojos. Me comparaba con horror con mis tíos maternos, especialmente con uno que tenía una mancha gris en todo el rostro. Veía en él mi futuro, un futuro lleno de pelos que iba a hacer falta controlar, cortar, dejar a raya, que nunca iban a desaparecer. Mi barba era, pues, invertida. Por mucho tiempo intenté aplicar la fórmula que según mi mamá le había garantizado no tener vellos en los brazos: restregarse piel de calabacín con regularidad. Ella en verdad no tenía pelos en los brazos. En mí no funcionó o no lo hice tantas veces como hubiera sido necesario. Y me demoré mucho en adoptar la otra solución. Un día en que comprendí que la «buena presentación personal» era fundamental por la magnitud de lo que tenía que hacer, me hice depilar los pómulos con cera. No dolió mucho, pero me dejó quemaduras. La depilación abrió una nueva puerta a la montadera: ahora era el man que se había hecho quitar sus pelos. Pero el lanugo desapareció y se convirtió el pelos normales, gruesos y un poco menos abundantes.

No me afeito con regularidad. No me gusta usar cuchilla porque me maltrata la piel. Prefiero pasarle la máquina a los pómulos, con cierta regularidad. Pero la máquina de afeitar que usaba, una que olvidó un chino con el que compartía pieza en París, la dejé en Buenos Aires. A veces, simplemente, me la dejo crecer indefinidamente hasta que la cara se ve sucia y, reuniendo ánimos, me la vuelvo a perfilar. La barba hace parte de mi identidad. Cuando no llevo barba me dicen que parezco menor o que me veo más cachetón. O que simplemente no soy yo. Es difícil darle forma porque es crespa y rebelde, porque salen pelos mirones entre el mar de aparente regularidad. Hace mucho, unos ocho años, no me afeito a ras todo el rostro. Odio ver cómo la piel queda brillante y ese sentir en exceso de la piel sin vellos. También, por alguna razón, asocio esa sensación con «ser guiso». Una idiotez, pero algo que evado.

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Tengo pelos en todo el cuerpo. En la nuca, en los nudillos, en el culo, en las rodillas y detrás de ellas, en el pecho, en el abdomen… Nunca me han incomodado. A veces recorto los de alguna zona. Nunca me he depilado ni he pensado en hacerlo. Pero los pelos caen y caen sobre las cosas, en la ducha, en la ropa, en la cama… No tengo problema con mis pelos. Yo no.

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Un día, en el chat de Facebook, López, uno de los montadores del colegio, me habló. Él, que nació en la misma fecha que yo, pero es un año más viejo, volvía a joderme doce años después con mis pelos, con mis muchos pelos.