Archivo de November de 2011

Ah… ¿era en serio?

Sunday, 20 de November de 2011

En El péndulo de Foucault, Umberto Eco parecía advertirnos sobre el inminente establecimiento (que no venida, ellos ya habían llegado) de gente como Dan Brown o el enfoque cada vez más exobiológico, espectral y conspiratorio de Discovery y History Channel. Si hoy hicieran una película sobre El péndulo, seguramente dirían que es un plagio de El código Da Vinci. Ahora bien, Dan Brown dice —al menos de dientes para afuera— que todo lo que cuenta en sus novelas es la pura verdad, basada en documentos que existen. Los canales, por su parte, sostienen todo lo que dicen porque lo dice alguien, alguna autoridad. En suma, lo que originalmente Eco mostraba como un chiste acabó por volverse realidad. Quién sabe cuánta gente se lo ha tomado en serio, quién sabe cuántas veces han llamado a Eco para explicar, con mucha solemnidad, con aura de verdad, temas como textos perdidos que cambiarían el destino de la humanidad, sectas ocultas con planes macabros de dominación que ya están en marcha, desdoblamientos y sinestesia entre gemelos y, por supuesto, viajes a tierras desconocidas y los seres fantásticos que allí habitan.

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El enfoque cada vez más popular de freakonomics parece una copia de Allegro ma non troppo, de Carlo Cipolla. Pero en serio. ¡Y con datos! ¿Realmente, a pesar del título y de la introducción, era tan fácil leer este panfleto de Cipollla como algo «en serio»? (Y cuando digo «en serio» quiero decir que es algo que se expresa con una solemnidad que hace suponer que todo lo ahí afirmado pretende ser una descripción de «la verdad», de revelaciones, como expresa la etimología de esta palabra en griego.) Pues al parecer sí: el artículo de Wikipedia en español sobre Cipolla todavía dice que él «exploró el controvertido tema de la estupidez formulando su famosa Teoría de la Estupidez». En efecto, el artículo de Cipolla es formalmente muy sólido y cada ley se interrelaciona elegantemente con las otras. Al final nos resume todo con un gráfico cartesiano muy hermoso, del estilo del political compass. ¡Pero es jodiendo, maldita sea!

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Todo iba bien y nos reíamos, como quien lee una carátula de Barcelona. Hasta que dijo que era en serio. Cuando eso sucedió fue necesario hacer otra cara al leer «el país progresa», la conclusión a la que llegó Alejandro Gaviria después (o no, incluso antes: está en el título) de presentar unos gráficos hechos a partir de una robusta serie histórica de datos, principalmente antropométricos, relativos a las concursantes del Reinado Nacional de la Belleza. (Esto también nos lleva a la pregunta sobre cómo los obtuvo y a la respuesta tentativa de que fue con chimpancés.)

Si el tema es en serio, si hay que tomárselo en serio, con solemnidad, todo parece ser muy preocupante. No hablaré sobre la proyección de valores machistas en las conclusiones o la selección de los temas de estudio. No sugeriré nada sobre cómo se validan estereotipos clasistas o racistas desde el mismo planteamiento de este tipo de investigaciones, incluso antes de llegar a conclusiones. Simplemente haré algunas preguntas válidas a partir de las reglas, los supuestos y los postulados de las ciencias duras y su arma fundamental, la estadística.

¿La muestra sí es representativa? ¿Representan quince mujeres por año las características o la influencia de o en la economía y la cultura en todo un país? No porque, entre otras cosas, el grupo no abarca una variable definitiva como el sexo.

¿Un dato como la longitud del ancho de las caderas es suficiente para concluir (o si quiera suponer) que la «raza negra» es más predominante o ha logrado «mezclarse más» hoy que hace cuarenta años? ¿Se controló rigurosamente esta variable —con otro estudio, por ejemplo— para poder concluir que «raza» y ancho de cadera estaban estrecha y concluyentemente relacionadas? ¿El ancho promedio de la cadera nacional tiende al ancho promedio de la cadera «negra»? Y una pregunta sobre las implicaciones ideológicas de una afirmación como que mientras menos racismo haya hay más progreso. ¿De dónde saca eso? ¿En qué se basa? ¿Por qué se está comprometiendo con unos valores? Por último: si bien las tetas han disminuido de tamaño, ¿no corresponderá el tamaño de las caderas a una nueva tendencia en cirugías?

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Cada vez que alguien de las llamadas ciencias sociales se aventura a hacer extrapolaciones y generalizaciones a partir de un puñado de observaciones localizadas con la discutible y subjetivista técnica de la etnografía o análisis de discurso, que sobreinterpretan las palabras de un texto —que son simplemente datos, entiéndanlo, y estos nunca mienten—, lo que hay que hacer es llamarlos charlatanes y gente sin rigor.

En las ciencias sociales nunca se usan herramientas ni estrategias metodológicas que permitan llegar a conclusiones que de verdad merezcan este nombre, nunca abarcan en sus estudios suficiente tiempo, suficiente muestreo estadístico, suficientes diferencias, nunca comparan. En cambio sí pierden el tiempo intentando describir cosas que quieren ver más complejas de lo que en realidad son. Lo que es peor: nada de lo que dicen suele tener provecho técnico, no da elementos que sirvan para orientar a la sociedad por el camino del progreso.

Pero lo peor de todo es que los científicos sociales tienen una manía terrible que es coger como objeto de estudio cualquier bobada que se les aparece, como reinados de belleza o futbolistas, y a partir de eso buscan hablar de valores de la sociedad, de cambios de paradigma, de dispositivos de dominación y otras chácharas posmodernas, por poner problema, por figurar por ahí en la prensa como formadores de opinión.

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Quizá Gaviria se refería a otra cosa cuando dijo que era «en serio»: que los datos no son inventados, que su procesamiento fue tan riguroso como el de cualquier estudio «serio» (sobre cosas serias), que las gráficas se hicieron con STATA y no con Excel.

Quizá Gaviria no hablaba en serio cuando dijo que no era en serio.

Pero quizá no.

Grave, ma non troppo. Grave ancora.