No me gusta la arquitectura de Salmona porque es exclusivamente estética. Los espacios que creaba tenían como único propósito verse bonitos. Pero detrás de todos esos caracoles de ladrillo albino, asqueroso y veteado concreto vaciado y espejos de agua puerca y suspendida, quedaban solo formas incómodas, recorridos panorámicos entre puntos marginales, escaleras infinitas que no llevaban a ninguna parte, precipicios que no se anunciaban y una ausencia de vacíos, de luz, de diálogo con el entorno, que ensombrecía todo.
Por ejemplo, en el Archivo General de la Nación, hay que recorrer todo el edificio, siguiendo una interminable línea curva, antes de llegar al baño, diminuto, nunca ventilado y siempre humeante de caca y orines, la marca registrada que también reprodujo en la biblioteca Virgilio Barco y el edificio de posgrados de la Nacional.
Esos cursos de agua que puso en todos lados eran más parecidos a los wadis que a las fuentes alhámbricas que pretendía evocar. La loable epopeya peñalosista de recuperar el río San Francisco dizque con caracter «ambiental», esa que en un comienzo llegó a arrullar a los paseantes con el crepitar del agua, se vio opacada rápidamente por las deficiencias prácticas de la obra, hoy pintada de verde limo y amarillo papa frita.
Pero Salmona tenía que estar en todas partes como la buena vaca sagrada que era, acaso porque construyó el monumento al tesoro vivo de la cultura colombiana, las tres torres del hato sagrado, esas que si un día tumban con un avión al mando de un guerrero de Alá, borrará de un tajo el legado de todo lo que es realmente importante y vale la pena en Bogotá, o sea en Colombia. Y habrá muchas lágrimas y más palabras tristes, como ahora.