Archivo de Noviembre de 2006

Obras

Jueves, 9 de Noviembre de 2006

Cuando estaba en seminario de tesis, Diana Bonnett me decía, con su manera cariñosa de regañar, que las fuentes son lo más importante en un trabajo de historia. No creo que sean en realidad lo más importante, pero nadie duda de que son definitivamente importantes: precisamente por no haber tenido un acervo documental definido en el momento de hacer mi proyecto, este quedó cojo.

Vale la pena preguntarse, sin embargo, si las fuentes tienen que ser el trabajo mismo. A veces algunos títulos de obras de historia dan la impresión de que solamente se centraron en las fuentes. A veces el título es sencillamente el tipo fuente. Entonces terminan teniendo un tufillo más bien jarto que a veces parece positivista y a veces crítica textual sin más. Me refiero a esas obras que seguramente escribiré cuando sea grande y serio, cuando logre reunir un vasto conjunto de documentos. Por ejemplo, Javeriana, amplio, ubicadísimo, recibo vehículo, venpermuto: Los avisos clasificados de finca raíz en Chapinero en El Tiempo, 1983-2002.

Pesos oro

Domingo, 5 de Noviembre de 2006

En todas las lagunas fue siempre fama que había mucho oro y que particularmente en la de Guatavita, donde había un gran tesoro, y a esta fama Antonio de Sepúlveda capituló con la Majestad de Felipe II desaguar esta laguna y poniéndolo en ejecución le dio el primer desaguadero, como se ve en ella el día de hoy, y dijo de solas las orillas de lo que había desaguado, se había sacado más de doce mil pesos. …la laguna es muy hondable y tiene mucha lama y ha menester fuerza de dineros y mucha gente.

Rodríguez Freile, El Carnero, Capítulo 6, parte II

A comienzos de los ochenta señaló Daniel Samper (Pizano) que en algún ejemplar de la revista Disneylandia —o como se llamara— había venido a Colombia el ratón homónimo al autor de estas líneas a buscar la legendaria ciudad del El Dorado bajo las oscuras aguas de la laguna de Guata-Vita (con guión). En sus aventuras había tenido que enfrentarse con peligrosos indios en taparrabo que usaban *cerbantanas* cargadas de flechas poderosamente envenenadas para espantar al roedor invasor.

Quién sabe cómo llegó allá la rata esa, pero para uno es difícil. El bus se coge en un céntrico lugar de Bogotá. Vale cuatro mil quinientos y lo deja a uno a siete kilómetros de la entrada. Desde ahí se puede caminar pero qué pereza. Y la gente que pasa por ahí sola en sus narcoburbujas no para solidariamente para echarle a uno el empujón. Cerca hay un chuzo de un viejo que cobra «no más» seis mil pesos para llevarlo a uno hasta la loma. Es que la gasolina, es que esos de la CAR se quedaron con el negocio, es que antes llevábamos de a cuatrocientas personas por día. Ya. Grave.

Y eso la laguna la han vaciado. Los españoles traían unas motobombas y lograron sacarle la mitad del agua que había. Españoles así como los de ahora, que pagan doce mil pesos para verla porque son extranjeros, porque esa fue la plata que sacaron de allá. Seguramente el plan no solo era robarse el oro sino hacer una plaza de toros, aprovechando la estructura natural. Pero eso es demasiado sofisticado para imaginárselo. Olviden que lo escribí. También los gringos ya tenían pensado hacer una antena como la de Arecibo para establecer contacto con culturas extraterrestres en taparrabo. Para eso habían mandado a aquel ratón infeliz. Pero seguramente el proyecto quedó en manos colombianas y por eso hay que pagar ocho mil pesos para entrar —en mi caso, porque soy colombiano— ahora sin derecho a tocar las sagradas y verdosas aguas, sin derecho a depositar sagradas botellas de gaseosa o licores y paquetes de papas en sus orillas.

Hacía mucho sol y todos quedamos tan enrojecidos como los campesinos y jornaleros que parecen más descendientes de los parientes del ratón Miguelito —vía Nicolás de Federmán— que de los caciques que despilfarraban el preciado metal que tan bien se ve en los retablos de la catedral de Sevilla. A la salida se puede pasar por Sesquilé, población donde se encuentran parte de los orígenes de este homónimo del roedor yankee. Y con suerte se podrá disfrutar de los aparentemente muy aburridos Festivales de la India Infiel o sencillamente ver la luna gigantesca que se eleva sobre las montañas y tiene de fondo un cielo increiblemente azul. ¡Qué rico! ¡Eso es priceless! Pero volver a Bogotá vale otros cuatro mil pesos.

Todavía prefiero Iguaque.

Yet another Colombian movie

Miércoles, 1 de Noviembre de 2006

Según lo vio en EquinoXio.

Cometimos el error de no hacer reservas y nos tocó en la segunda fila. Si el lugar nos incomodaba no podíamos pedir que devolución de la plata. Pero aunque la sala pintaba repleta pudieron más las ganas. Cada uno de nosotros se encontró con algún conocido antes de entrar. Y mejor hacerlo sin más rodeos porque leyendo el cartel se infiere que pronto la van a prohibir.

Comienza El Colombian Dream. La imagen es granulosa. Pero es un grano intencional y no el que produce el abandono o la película de mala calidad o la mezcla de ambos factores. Sé que es intencional por la cantidad de colores cálidos y saturados que jamás quedarían registrados en esa cinta de mierda. Seguramente se veía del putas a una distancia decente. A esa distancia la gente no se queja y no piden reembolso. Pero de cerca también se ve bien.

El sonido es diáfano y se pueden distinguir las voces del ruido del fondo. Momento. Volvamos. Aún no hay ruido de fondo. Un niño abortado está hablando. No importa. Vamos adelante. La cámara se mueve desesperadamente. Por fin una evocación de La gente de la Universal. Pasan los minutos mientras nos presentan a los protagonistas. Es el niño abortado que está hablando. Los protagonistas están rumbiando. En Girardot hace calor. En Girardot rodaron la película. En Girardot sucede la historia.

Girardot está en la frontera entre Cundinamarca y Tolima. La gente de Girardot es tolimense aunque vivan en Cundinamarca y frente a sus ojos corre el Magdalena. El Magdalena es el río más importante de Colombia. Pero solo los tolimenses dicen nacer y vivir y morir amándolo porque así la pena se hace buena y alegra el existir. Girardot es una plaza de veraneo de rolos. Pero Bogotá está muy lejos del Magdalena. En esta película Girardot es Girardot pero la usan como metáfora de Colombia.

Sí. Otra vez una «película colombiana». Esas que se preguntan tácita o explícitamente quiénes somos o cómo somos o por qué somos así. ¿Así cómo? Así tan malos y tan corruptos. Así con esas ganas de ganarse la plata fácil. También así tan llenos de magia y cosas inexplicables y absurdas que supuestamente solo pasan aquí. Los ángeles y el amor y las brujas y la poesía y el calor. Mucho calor y muy poca ropa y resto de hormonas para que los actores puedan tirar y cogerse el culo y chupar tetas.

Y tricolor veantiao. Sí señor. El ejercicio es tan evidente que da pereza. De tres colores son las pepitas que drogan y las camisas de los personajes y los vidrios de la casa del traficante y los únicos colores predominantes en la ridícula secuencia del obligatorio derroche de billete. Es demasiado evidente. Es como el niño abortado que narra la película. Es evocador de una manera tan barata. Es como ponerle a una película El Colombian Dream.

La historia no está llena de lugares comunes. Aceptemos definitivamente que Girardot es una metáfora. Entonces está bien que los ladrones sean paisas y que los policías sean negros y que el locutor de la radio sea español. (¿Cuál es el fetiche de Aljure con los españoles?) Incluso es verosímil que una mamá rola de «clase popular» pero levantada tenga un hijo muy paisa que curiosamente es traficante de drogas. La historia no está llena de lugares comunes porque los personajes son los lugares comunes. Pero la historia es inverosímil. O tal vez la escala con la que se propuso narrarla no le permite ser verosímil.

¿Y tiene que ser así? Sí porque la película tiene una evidente intención crítica. La crítica convencional contra el estereotipo del vivo. La «cultura de la ilegalidad». El malicioso indígena. En La gente de la Universal nos confrontaron a algo no más novedoso pero sí menos explorado. «Por eso le digo» decía el celador. «Por eso le digo» terminaban diciendo las españolas al salir del país. (¿Cuál es el fetiche de Aljure con los españoles?) Esa insolencia velada que algunos posmodernos llaman el «arma de los débiles». Los ciudadanos de a pie le decimos «hacerse el marica».

Vale la pena ir a ver El Colombian Dream. Vale la pena mantener la industria nacional de cine porque pronto se acabará cuando manden al carajo la Ley de cine con la reforma tributaria. Vale mucho más la pena porque algún día Felipe Aljure o Dago García entenderán que hay mejores guionistas o mejores guiones que los que ellos o sus amigos hacen. Vale la pena porque algún día esos buenos guiones ganarán no solamente con una factura limpia y sofisticada sino con el dinero esquivo que tradicionalmente hay que buscar con las uñas. Tengamos fe. Un lugar común sobre la colombianidad habla de que serlo es un acto de fe. Seamos muy colombianos y vayamos a cine a ver cine nacional. Confiemos. Alegremos nuestros corazones al ver las salas llenas y espectadores en primeras filas que no pueden pedir reembolso. Pero ojo. Esos realizadores también podrían estar queriendo robarnos la plata sin más. Por todos es bien sabido que los colombianos somos unos pillos.

Inquietudes

Miércoles, 1 de Noviembre de 2006

Me pregunto por ejemplo si a Shakespeare lo tienen mal visto en la Liga Antidifamación.