Archivo de September de 2005

Menos es más

Friday, 30 de September de 2005

Tenía muchísimas ganas de ver Sumas y restas, muy a pesar de que el señor Víctor Gaviria está entre mi colección de fotos para la diana de dardos. Esperaba una película diferente a las insoportables Rodrigo D, La vendedora de rosas y al cortico que rodó para una película que se llamaba en español algo así como Todo el mundo goza con el fútbol. Sospechaba que esta película iba a ser más universal que las otras. Y así fue.

Naturalmente tiene muchas fallas técnicas. El sonido es, como se decía, desastroso: las voces cuadran con el movimientos de los labios con la precisión de cualquier película de kung fu. La imagen a menudo tiene exceso de ganancia y grano, como si la hubieran filmado con la video 8 de la casa. Hay unos primerísimos planos tan pero tan primerísimos que parecen de telenovela mejicana, si bien algunos sí parecen tener sentido. Por último, la música original es de lo peor, de lo más cliché, de lo más pachuco, de lo más organeta Casio. En fin, esto no es Ciudad de dios.

Y sin embargo el resto de la película hace olvidar fácilmente esos detalles porque la actuación es verosímil, porque las situaciones son verosímiles, porque la tensión es verosímil. Ya no parecen sujetos de por ahí obligados a actuar, metidos a la fuerza en un papel. Y lo curioso es que los actores de las otras películas eran en verdad sicarios, en verdad chirretes. Aquí el narquito es un taxista y se pega unas borracheras y unas embaladas que parten el alma. Al igual que el co-protagonista, el ingeniero.

Estoy muy contento por haberla visto. La recomiendo y le sugiero a quien la vaya a ver que se fije en dos aspectos. Primero, la personalidad empresarial —por lo que el título y el tagline de la película son excelentes— y su relación con la actividad criminal y lo que los seguidores de Elias llaman «zonas sin pacificar». Segundo, el papel de las mujeres en esta historia. Ambas cosas son muy bien desarrolladas, muy dicientes y gravísimas. Y también muy verosímiles.

Anoche soñé…

Thursday, 29 de September de 2005

…que Juanes me mandaba muchos mails.

¿Sería una pesadilla?

Pasa en las mejores familias

Wednesday, 21 de September de 2005

Dedicado a Patton, si quiere.

Hoy sentí en carne propia que el país está muy mal. Pero primero algunas anotaciones contextuales.

Estaba con el cacharro haciendo legítimo uso de mi faceta empresarial en el Gimnasio Moderno, ese colegio club que mezcla la tradición pendenciera del boarding school británico con el liberalismo del Gymnasium alemán.

Estaba allá porque hoy se jugaba el llamado «Juego tradición», epítome del odio cordial entre este colegio club y el otro Gimnasio que se dice Campestre: los equipos de las dos instituciones batallan en aquel terreno de camper-cross que tiene el Moderno —y que caprichosamente siguen llamando cancha de fútbol— para encontrar el honor en la humillación pública del rival en singular encuentro. Entonces, aparte de Pombo, Pardo, Santos, Brando, Nieto y demás niños del Moderno, están sus bucólicos pares del campestre y las novias de todos, repartidas entre Femenino, el Mary Mount o alguna de las tantas santas. Qué buen mercado, dice uno. Todos esos gomelos llenos de plata porque son los herederos de la aristocracia nacional.

Soberbia ingenuidad.

Siempre me había dicho Robertinho —que allá trabaja— que no creyera que al Moderno iban solo ricos. «Es que eso uno lo sabe, decía yo, porque también hay pobres vergonzantes, que no han perdido su noble apellido pero sí su fortuna». Pero no tanto para llegar a ser mendigos. Clase media, como uno, que sencillamente deja de tener una serie de gastos suntuarios pero que tampoco la tiene de p’arriba para vivir.

Soberbia ingenuidad.

Acercose al cacharro un pequeño infante de unos ocho añitos —rostro angelical, típica camisetica blaca con visos negros y escudo verde y naranja— a pedirnos con cara de lástima dos mil pesitos «para comer». ¿Qué podía yo decirle a esa criaturita? ¿Que mejor se fuera a pedir frente a la Iglesia de San Francisco o por la Décima para que corriera con más suerte? Y más adelante acercábanse niños que ofrecían su servicio de repartir volantes a cambio de una puerca camiseta. ¿A cambio de qué cosas más valiosas estarán dispuestos a hacer otras más enajenantes? ¿Qué oscuros negociantes podrían aprovecharse de su situación de necesidad?

Sí, amigos. El país está muy mal. Tan mal que hasta los niños del Moderno están mendigando para poder comer y vendiéndose para poder vestirse. Tan mal que no hay plata para que arreglen esa dizque cancha.

Y tan mal que no compraron nada.

Amor, honor y juventud

Saturday, 17 de September de 2005

Pasada la ceremonia y convertido en profesional (¡ja!) me dispongo a reflexionar sobre el espíritu uniandino. Lo haré recurriendo a lo que se dijo en los tres discursos de la velada.

El discurso de Carlos Angulo (rector) hizo énfasis en la diferencia que hay entre las carreritas básicas —la mía entre ellas junto con las demás ciencias sociales y las ciencias naturales— y las que son «propiamente oficios»: ingeniería, derecho, arquitectura. ¿Algo más? Medicina, pero esa todavía no. Y que ahora no es suficinte un pregrado para ser persona digna en este mundo. No señor, que a hacer posgrados como unos desesperados porque si no uno no es nadie en esta vida. Y que no se puede olvidar el importante papel de la Universidad de los Andes en Colombia y su compromiso con le país. Sobre esto último, especialmente, me voy a hacer una serie de preguntas toda la vida, especialmente sobre por qué diablos lo dicen, pensando acaso en lo que han hecho o en lo que debería ser. Y, como colofón, que hace treinta años él y Miguel Urrutia —que viene ahora— intentaban pescar en Columbia británica. Jo jo jo.

Después habló Nicolás Van Hemelryk, arquitecto cum laude. Dijo que se había ido al Pacífico, a un pueblo perdido cerca de Buenaventura —o algo así, el tipo de distinguía por una perfecta vocalización de borracho— y allá había conocido a un niño que, con cinco años, no sabía hablar. Y eso que no era retrasado. Y pobre niño famélico y analfabeta, que para colmo no podía hablar. Y en cambio graduarse de los Andes es todo un privilegio y eso nos compromete una vez más con el país porque es la universidad más prestigiosa e importante de estas tierras y el futuro que se nos viene por delante. Finalmente nos dio una serie de numeritos acerca de la inequidad… pero eso mejor dejárselo a los expertos.

Porque finalmente habló Miguel Urrutia. En realidad no habló sino que vimos un video con el discurso que les había dado a los de las ceremonias pasadas: en los Andes es por tandas. «Ahora hago parte de la mafia uniandina», dijo. ¿Mafia? ¿Uniandina? ¿Qué es eso? Y de existir, ¿sirve? El tipo hizo un recuento de sus estudios sobre la sociedad colombiana y la inequidad y los ganadores y los perdedores e hizo una apelación al optimismo por medio de la lógica de aquí están las cifras. Que en Europa el índice de redistribución de la riqueza para tiempos de la guerra era apenas más pequeño que el de ahora en Colombia, que gracias a él la inflación bajó «por medio de políticas sensatas» de un tanto por ciento a un tanto por ciento. Y otras cosas así. En fin, que el país va mal pero la economía va bien y que tener paciencia.

Ojalá Eduardo Arias ya tuviera publicadas las canciones «El modelito macro» y «Son de los Andes» del álbum Concierto para delinquir, que habrían podido servir para amenizar esta mediocre lectura.

P.D. Es la primera vez que oigo el himno de la Universidad de los Andes. Para variar, no me gustó. Me alegra saber que no fui el único que sintió eso.

Que no sea una efeméride

Saturday, 17 de September de 2005

El 17 de septiembre de 2005 será recordado como el día en que más blogueros se graduaron; y de una misma carrera. Hoy, por su propia voluntad —o en algunos casos solo hasta hoy por falta de ella—, los reconocidísimos señores Don tomate, Lewinski, Sergio Méndez y un servidor recibiremos nuestro diploma en sensacional ceremonia a la que siempre se define como «peluqueadera de locos».

Me da muchísima pereza ir a la tal ceremonia cuando en cambio podría estar pegado a este aparato, como siempre. Pero fui tan pendejo de poner que sí, que sí iba en el formulario que había que llenar. Acompañando a mi padre estarán el Cacique de la junta —distinguido lector de estas letras— y una niña judía que anoche estaba echando pola conmigo a las siete, en soberbia contradicción de la ley y el Talmud. Les regalé las dos invitaciones que quedaban porque fueron los primeros aparecidos.

Mi señor padre cometió el triste error de decirles esta mañana a mis tías chismosas que hoy me graduaba. Ellas tradicionalmente llaman los sábados a eso de las diez de la mañana. Cosa que ellas sepan la sabe después toda la familia. Y tal cual. Ya a mediodía estaban llamándome todos. Maldita sea.

Lo que no saben es que me gradúo, no de mala gana, pero tampoco con mucho orgullo. Cosa de mi personalidad tan pesimista, pero es que yo no nací pa’ semilla. Así que no entiendo por qué diablos estoy graduado de algo que no va conmigo, que supe que no me gustaba desde que estaba en primer semestre. Entonces ya era mi segunda vez como primíparo.

La verdad es que a mí lo que me gusta es hablar mierda; o escribirla. Eso cuando uno es primíparo es una delicia porque todo el mundo lo hace y es feliz. Pero entre más avanzan las cosas más hay que hacer de cuenta que uno es serio y para eso yo nunca serví. La verdad, las cosas solo me bastaban para tener la idea general de algo pero nunca llevarla a cabo. Aunque mi papá siempre me dijo que yo era un inconstante. Con eso en mente, poco que hacer. Me he puesto a pensar que lo único que me entusiasma es ponerme a cacharrear con Corel, Photoshop, Freehand o Flash o haciendo caldos, bases y salsas o escribiendo. Pero la investigación me causa mucha dificultad. La pasión que hay que tener, no la tengo.

Por eso este título se me hace un poco —o completamente— de mentiras. La historia a nivel de pregrado, por fortuna, no es un oficio. No tengo que tomármelo en serio, como tampoco me he tomado a mí mismo nunca.

En cambio, y esto es muy cursi pero necesario, las cosas que vienen junto a la vida en la universidad se agradecen y se extrañarán muchísimo:

  • Los entrañables amigos, conocidos y pasajeros con los que uno se sentaba a hacer nada —hablar mierda— en el G. Especialmente Eduardo, David, Diego y Daniel.
  • La monitoría en Administración, donde la conocí.
  • El espíritu y el amor de entre mamá —o tía— y patrón de finca de Diana Bonnett.
  • La asquerosa indiferencia de casi todos los profesores: Arias, Muriel y Bosenberg.
  • Decsi Arévalo, la mejor persona del Departamento de Historia, la más paciente, la más bacana, la más amable, la que más quiero también y a quien le debo quién sabe qué.
  • Aquel fenómeno de la naturaleza, de la humanidad y de la academia, la nefasta Adriana Maya de quien no hace falta dar detalles.
  • El año 2003 o de reingeniería general: Popayán y el congreso, conocerla, conocer a Meme, las placas, conocer una vez más a mis amigos.
  • La niebla de marzo y noviembre.
  • El R y Villa Paulina.
  • Ahora voy a bañarme.

    Quienes quieran ir, es esta noche en El Gabinete, calle 34 arriba de la Séptima. Celebraremos conjuntamente todos —o casi todos— los nuevos historiadorcitos, los que ya son y los que serán o no.

    In memoriam

    Wednesday, 14 de September de 2005

    De la tradición popular colombiana:

    «Después de que murió, el cadáver de Turbay fue llevado a una autopsia.

    «El forense abrió primero el pecho. Había mierda.

    «Siguió con los brazos. Había mierda.

    «Abrió después las piernas. Más mierda.

    «Así que llegó a una conclusión definitiva: “Lo que sospechábamos. Fue un derrame cerebral.”»

    En esta fecha tan señalada, invito a que todos homenajeemos al señor difunto ex-presidente reuniendo la mayor cantidad de chistes sobre su papayerísima persona. Paz en su tumba.

    Extra histórico: Todos sabemos que Colombia iba a hacer el mundial de fútbol de 1986 y finalmente, como todos sabemos, no fue así. Turbay tuvo a bien justificar por qué no con estas elocuentes palabras: «Si los colombianos quieren ver el mundial, pueden verlo en televisión.» Claro, y además a color…

    El camino al Infierno II: El café de Rosita

    Monday, 12 de September de 2005

    Uno es muy pendejo. Uno sabe que la plaza del Chorro de Quevedo es uno de esos lugares donde hay un letrero que dice «pierda usted aquí toda esperanza». Pero no, había que mostrársela a Sebile y a Vera, dos visitantes alemanas que se están quedando en la casa. Y como nos cogió el hambre ahí mismito pues echémonos una pasadita por El café de Rosita, que si todo el mundo dice tan buenas cosas sobre ese lugar debe de ser porque es una maravilla.

    Entramos a tan acogedor lugar decorado, claro, con loza tipo Carmen de Viboral, tapicería de imitación de seda sin espaldar, cubiertos envueltos en servilleta de papel y el infaltable candelabro con velas derretidas: el ambiente del vino caliente. Beber vino caliente garantiza, tarde o temprano, la llegada al Infierno.

    En el menú del día se ofrecían dos opciones. La primera, por cinco mil pesos, contenía pan o fruta, sopa de ajiaco —esa cosa que es como fútbol sin balón—, plato con carne o pollo en «salsa suiza», arroz, papa con mayonesa y ensalada y, por último, postre y bebida. El segundo, por ocho mil pesos, ofrecía pan, ensalada, pasta con alguna salsa y bebida. Vera y yo pedimos el primero, mientras Sebile pidió el segundo. Debía ser una tonelada de pasta lo que le iban a servir a Sebile…

    ¿Jugo? «De mora», dijo Vera. Y el mesero dijo que sí. «De piña, dijo Sebile», y el mesero dijo que bueno. «¿De qué hay jugo?», pregunté. «De mora o piña», dijo el mesero. ¡Qué buenas son las alemanas adivinando! ¡Ni siquiera habían tenido que preguntar! Y yo pregunto… Si hubiera dicho «maracuyá» seguro también había. Después regresó el mesero y dijo que no había más jugo de piña. ¿Acaso hubo alguna vez? Eso habla bien del jugo de mora, que siempre está.

    Mientras tanto les contaba a las distinguidas huéspedes que la plaza del Chorro era un nido de hippys —que efectivamente ya les habían dicho «com toc tu de colombian gay!»— y que ahí se vivía la dizque bohemia candelariense, muy manifestada en las devoluciones o evacuaciones de los hijos perdidos de Baco los jueves, viernes y sábados. En ese mismo instante entró una niña con sudadera de colegio que se desmayó en la entrada y se tropezó con una silla.

    La escena me recordaba las descripciones de las chicherías que se encuentran en los legajos del fondo criminales del Archivo General. Y efectivamente la niña estaba enchichada. Todos los compañeritos entraron junto con la señora profesora a rescatar a la niña de su estado, con los «¡Ay Dios mío!» que siempre acompañan la situación. Y ante nuestros ojos de comensales, la niña se echó involuntariamente su guasca. Ya que la profesora había hecho mucho énfasis en que no había comido nada, se supone que la muchacha se había echado sus buenos totumazos.

    La sacaron del lugar y, de mil maneras, intentaron reponerle los colores al lado de la fuentecita, espectáculo que podíamos presenciar desde el ventanal del restaurante, teniendo como alternativa ver cómo trapeaban el piso para limpiar el vómito.

    Y por fin le llegó la pasta a Sebile. Y no era tanta pasta. Era muy, muy poca. Y no era napolitana, como ella había dicho, sino boloñesa. ¿Y eso por ocho mil pesos? Porque no había nada más… Así que llamé al mesero, que naturalmente no pudo explicar la naturaleza del precio. Pero gentilmente me llamó a la dueña a quien manifesté mi disgusto: el precio no era nada justo.

    Comenzó la señora a decirme que en su restaurante hacían todo de manera natural, que ellos mismos pelaban los tomates y hacían la salsa, en vez de comprarla en un supermercado, «¿Es que usted lo ha hecho?». «Claro: pongo a hervir agua, echo los tomates y se pelan solos». Hacer eso y después quitarles las semillas y echarlos en una licuadora era la diferencia de tres mil pesos que había entre mi almuerzo y el de Sebile. Pero además hizo énfasis en cómo se esmeraban confitando las tres julianas de zanahoria y cocinando los pedazos de acelga (¡acelga!) que servían como ensalada o haciendo la «salsa suiza» —que dizque tiene mostaza— para engalanar los menos de cien gramos de carne o pollo que sirvieron. Hacer algo así implicaba subir los costos terriblemente, porque ese no era un restaurante corriente «de cuatro mil pesos».

    No, El café de Rosita es sencillamente un restaurante con menús de tres mil pesos que cuestan el triple.

    Tercer tiempo

    Monday, 12 de September de 2005

    Ayer domingo hubo sensacional encuentro de fútbol 4 disputado en el Parque Metropolitano Simón Bolívar en el que participaron, además de quien les habla, Federico de la Regueira, Ciudadano Típico, Chico de la Tapa, Mal Ladrón, Uno menos, Arte de confundir, DG y un usuario anónimo. No comentaré las incidencias de los dos o tres cotejos que se jugaron y que resultaron todos con el infaltable saldo en contra para el equipo en el que yo jugaba. En cambio sí de lo que pasó después, en la charla técnica y que me recuerda un viejo post del fallecido Sangre Rebelde.

    Encontrábamos tendidos en el pasto, jadeantes y muy necesitados de agua, cuando se acercan a nosotros dos señoritas con camiseta blanca y pulserita tricolor y nos preguntan: «disculpen. ¿Alguno de ustedes aquí está de acuerdo con la reelección?» Nadie levantó la mano hasta que todos miramos a Ciudadano Típico que, como Pedro, estaba negando a su Mesías. Levantó la mano demostrando bastante timidez y pidió la planilla para firmarla, para apoyar la continuidad de nuestro generoso caudillo.

    Y uno se pregunta: ¿de ocho personas sólo firma uno? ¡Pero si teníamos que firmar 6,4 personas! Eso significa que el grupito este no era en absoluto una muestra representativa de la opinión nacional, pues bien sabido es que una furiosa y contundente mayoría de este pueblo agobiado y doliente pide a gritos el soberano derecho de cambiar esa tiránica Constitución que no permite que los patriarcas se perpetúen (al menos como presidentes). Claro… él sí es el «ciudadano típico».

    Despidiéronse las señoritas con un «Dios lo bendiga» dirigido exclusivamente al bloguero uribista. A los demás, por lo visto, nos llevará el Patas.

    Felicidades en tu cumpleaños

    Sunday, 11 de September de 2005

    Es limpio, es bello, es misterioso, es una joda, es tramador: es sencillamente genial. El mejor blog del mundo entero se llama Korochi Industrias. Es argentino y no nació hace seis meses, como todos los de ahora. No señor. Ayer este blog cumplió ni más ni menos que cuatro años.

    Supe de Korochi por un link de otro blog viejo (El tatuaje falso, este colombiano y ahora como de capa caída). Es de humor o hace reír o hace pensar o qué sé yo. Sus chistes son apenas tres líneas o el simple título y una foto.

    El autor es un diseñador o programador o ambos —o tal vez otra cosa— que se llama Lucas Worcel, creador y administrador o quién sabe qué del directorio de blogs argentinos.

    Me cuento entre sus hinchas e invito a todos a que se unan.

    P.D.: Feliz cumpleaños también a Meme, que no contesta el celular.