Hace tres años
Miércoles, 15 de Junio de 2005Fue hace tres años.
A veces no se piensa en más.
No hay certezas.
Se dan las gracias.
En días como hoy hace tres años había que hacer de uno otra persona.
Fue hace tres años.
A veces no se piensa en más.
No hay certezas.
Se dan las gracias.
En días como hoy hace tres años había que hacer de uno otra persona.
Julito casi lloró, pero no puedo demostrarlo ahora mismo porque no tienen link. Fue el viernes en la mañana. Hoy se reveló por qué: hoy salió la SoHo especial de aniversario. Etc. Ahí salió el artículo en el que mi amiga Mónica Cabarcas (si necesita un elefante rosado ella le consigue el más bonito) más o menos demuestra que hay racismo en la zona Rosa, en la zona T y en la 93. Eso precisamente hizo que los ojos de mi querido calvo caucásico de voz sensual derramara lágrimas pues los lugares reseñados —y que quedaron como un culo— les hacían el feo a los especimenes nubios que acompañaban a la bella princesa guajira. ¿Cómo era posible que esos lugares —«tan queridos y cercanos a nosotros», dijo él— rechazaran a estas gentes buenas, que nada malo nos hacen? Por llevar tenis blancos, dicen en una de las tantas disculpas que quedan ahí en evidencia.
Dr. Barbarie y yo comentábamos que debería hacerse aún más extremo el experimento, al mejor estilo del fenecido Séptimo día. Una pareja —de blancos, claro— llega al bar y pregunta sencillamente «¿aquí dejan entrar negros?». A ver qué dicen. Auguramos que haya respuestas como «el pelao que diseñó el lugar nos dio una paleta de colores. Mírela. Antes de que alguien quiera entrar, mi compañero mira si el color de la gente si cuadra con esta escala cromática. Aquí tenemos un ambiente oscuro así que nos gusta que haya alto contraste entre la pintura de la pared y la gente, por eso no dejamos entrar negros. No se preocupe.» En otro lugar podrían usar la misma fórmula pero decir que, al contrario, la idea es que no haya contraste. Digo yo… si la vaina en realidad es por el color de los tenis. Mejor volver al Griffin.
Uribe ―o José Obdulio o ve tú a saber― es de los que piensa que si uno deja de llamar «rosa» a la rosa esta inmediatamente comienza a oler a pedo. Es más, probablemente piensa que todas las propiedades físicas biológicas y químicas de la rosa se trasformen por completo hasta volverse un gaseoso pedo. Y así.
Mejor no decir qué creíamos que era lo que pasaba aquí porque así las cosas tal vez mañana prohíban usar esa palabra en los medios ―so pena de regaño con sombrero y ruana y hasta cancelación de frecuencia― y tal vez en la calle, a menos que quieras que te den bolillo y chumbimba.
Una vez más la revista que me dará de comer da muestras de lo que es. O de lo que tiene.
Hace dos semanas Olga Lozano escribió una columna en la sección de contenido exclusivo para Internet llamada «Los cuarenta principales», ya reseñada aquí. Ocho días después, en la edición impresa, Antonio Caballero escribe una columna que se llama, claro, «Los cuarenta principales».
El Espíritu Santo es el pajarito que va de rama en rama, como decía Javier Darío Restrepo cuando defendía o qué sé yo a Hernando Gómez Buendía por su plagio a Kovach y Rosenstiel. El Espíritu Santo no es que se le ocurran a uno las ideas de la nada, como suele suponerse. El Espíritu Santo es lo que se entiende como conocimiento de todos. En fin, el pajarito que va de rama en rama. Un día el pajarito del cálculo infinitesimal se posó en Newton y al otro día en Leibniz y así.
Sin embargo, volviendo al incidente de Gómez Buendía, dieciséis pajaritos volaron de una rama a otra y se posaron exactamente igual, mirando para el mismo lado. Eso ya está lejos del poder de lo sutil de la vida humana y sobre todo del azar y la contingencia. A Gómez Buendía lo echaron de Semana supuestamente por «autoplagiarse»; pero lo más probable es que haya sido por la vergüenza que pasó la revista por la primera denuncia ―total, Semana todas las semanas pasa por alguna vergüenza―, de la que no dudo que haya sido válida.
Que a Antonio Caballero se le haya ocurrido hablar del articulito tan chimbo es de lo más natural. Cualquier colombiano con criterio sabe que ese informe era un relleno escrito desde una burbuja de cristal (ver los comentarios, a manera de ejemplo). Lo que me parece bastante idiota es que le pongan el mismo título a la columna, aunque la situación da fácilmente para que el pajarito se fuera de una rama a otra. Ni siquiera creo que Caballero hubiera leído la columna de Olga. Mucho menos creo que Caballero deje que el editor le cambie el título a la columna que él escribe. Pero ahí el editor debería pensar si la revista puede pasar una vergüenza más de más o menos la misma naturaleza y decir «Toño, es que ya una pelada escribió sobre eso y con el mismo título. ¿Por qué no escribes contra los gringos como siempre haces?»
Nadie lo sabrá igual.
A pesar de lo que dice Eduardo Arias, no creo que el septimazo haya sido un gran evento para la ciudad o qué maravilla y que se repita. O bueno sí, que se repita a diario como quiere Eduardo, pero no por lo que significó, a pesar de que el evento esté disfrazado de mockusianismo (gracias, Óscar).
Yo prefiero llamarlo «celebración de la expulsión de los mercaderes del templo». Claro, esto no significa que la celebración no pueda repetirse, pero yo sugiero que se haga usando siempre este nombre, que remite al pasaje bíblico en el que un Jesucristo enajenado y energúmeno dio muestras de ser enemigo del capitalismo global, de la ramera universal y sobre todo de la evasión de impuestos.
Me faltaba escribir, a causa de las dificultades técnicas, que no he caminado por la «avenida más tradicional de la ciudad de Bogotá» desde el memorable día en que Lucho supo que no podía seguir tapando el sol con las manos: que eso es cuestión de mafias y otras perogrulladas. Se dice que ahora los policías recorren las calles con sus caballos cagones y su mirada atenta a las infracciones contra el espacio público, cual águila o cernícalo que buscan su presa. ¡Loa a la ley! ¡Loa al eterno sobornable! En verdad parece esta la capital socialdemócrata de América Latina.
Y sobre todo loa a Lucho, que es un gran burgomaestre pero sobre todo un excelente político por aquello de prometer cosas para después dejar de cumplirlas. Por eso lo madriaron cuando se tomaba su chocolatico con almojábana en La Florida. A mí me conviene que no haya vendedores en la séptima, después de ocho años de acostumbrarme al peñalosismo. Pero a los vendedores… ¡y las mafias para las que trabajan! Pobres todos. Y sobre todo pobre Lucho y sus cuotas. ¡Déjenlo trabajar!
* * * * *
Y a propósito de esto podría traer a colación (colación, como colaciones de la cafetería La Florida) una reflexión muy sesuda y válida sobre el valor instrumental que tiene el petardo de Lucho Garzón y su supuesta izquierda en la cosmovisión de nuestro país, siempre tan bien explicada por Julito.
Como la W es una emisora uribista por accidente ―porque en realidad sólo está a favor, chauvinistísimamente a favor, de Colombia―, es preciso que no se metan con el régimen del doctor-cito. Así las cosas, la vez que los daneses locos de Rebelion le mandaron un chequecito a las FARC, ellos argumentaron que el régimen colombiano no era autoritario ni paraco ni nada de eso porque el alcalde de la capital era «de izquierda», de «el partido de oposición de Colombia».
Sobra decir que no se sabía quién era más idiota de los dos. ¿La linda e ingenua diputada danesa que imaginaba una flor en cada uno de los cañones de los fusiles de las FARC? ¿Mi querido locutor calvo, ignorante y lascivo que quería dejar claro a toda costa que esta no es una banana republic, que existen el parque de la 93 y «beautiful Cartagena» y que por eso Lucho es alcalde? ¿O, hasta mejor, que todo eso es posible porque Lucho es alcalde?
Antes que nada me disculpo con aquellos a quienes les importa un carajo que hable de estas cosas. En efecto puede parecer galimatías, pero es que www.juglardelzipa.com por ahora también tiene función de oficina de prensa de Miguel Olaya, persona natural. Es sabido, además, que el contenido de esto podría interesar al menos al 1,6% de personas que me leen (y no hablo de Patrocinio).
«Hoy» fue como esa bella película de Cuatro matrimonios y un funeral. Ayer hubo dos matrimonios y un funeral. A uno me invitaron, al otro no. Al funeral en cambio fui convidado desde que comenzó el largo y jartísimo velorio, no sé si hace dos años, hace seis meses o sus escalas.
Sólo queda decir que mucha suerte, que gracias ―de verdad― y que aquí a la orden aunque, como es bien sabido es mejor que no sea verdad a pesar de que haya querido protagonizar la memorable escena final de El graduado y por ahí alguien me sugirió que hacer una variación de la escena en la que Michael Douglas entra borracho a la elegante cena en La guerra de los Roses y se orina en un florero o una olla, no recuerdo. Así que, como quedamos ―aunque se haya dicho que de pronto en tres años―, hasta nunca.
…
Pf… qué mierda. «¡Ay! ¡Deje la lloradera!» Sí, sí… ¿Se habrá acordado de mí al dar «el sí»? Bla bla bla…

La muerte me/te/le/nos/os/les sienta bien.
Ayer fui al edificio de la revista que no se debe ojear sino leer a ver cómo era aquello del trabajo. Algunas impresiones.
El celador en la puerta, como todo buen celador, pide que la maleta sea abierta con esa nueva forma de imperativo indirecto, la primera persona del plural del presente indicativo: «abrimos la maletica». Rigurosamente, el celador no va a mirar nada. Nada nuevo.
En la entrada la recepcionista va a sonreír y a preguntar a dónde voy. Cuando se confirma que puedo subir me pide un documento. Nada nuevo. Pero a cambio del documento me dan una ficha que dice «visitante de honor». ¿En Semana todos somos visitantes de honor? ¿Es un honor ser visitante de Semana? En realidad es mucho más difícil entrar a la Universidad de los Andes.
Me dirijo al ascensor y antes de llegar veo un cartel en gran formato que enigmáticamente propone: «Simón Trinidad = 63 secuestros. Esto necesita análisis.» Y después algo como «Semana abre sus mentes» o «libera sus mentes». Semana es como Excusado, entonces. O al contrario. (Paréntesis: interesante parodia la que presenta mi amigo Federico al respecto.)
Cuando llego al cuarto piso la secretaria me manda a un sofá y allá me espera la jefa. Está en un computador mejor que el que tiene ella para trabajar. Lo tiene que pedir prestado a veces porque se desespera. Me imagino entonces en qué tipo de máquina de escribir habré de trabajar. Mientras tanto Alejandro Santos se pasea y saluda a las redactoras ―muy bellas todas ellas en verdad y ellas si tienen computadores Apple― con picos en los cachetes.
La jefa me ofrece tinto pero no hay. Toca salir. Al lado del ascensor del cuarto piso hay otro afiche en gran formato con las torres gemelas a punto de caerse y dice algo como «Tres años y Osama no aparece. Esto necesita análisis.» ¿A quién ponen a analizar en Semana? En la mesa editorial se reúnen Alejito, Laricita, Juanita, Maricita, otrocitos y Eduardo. Y le encargan a alguien que analice por qué Osama no aparece si ya van tres años. O cuatro. Entonces el alguien escribirá que no han encontrado a Osama porque hay muchos problemas políticos, económicos y sociales pero que aún no se puede sentar ninguna posición al respecto. Justo al lado, en posición de honor, una siempre muy relevante entrevista a los hijos del presidente con el estilo desparpajado y alevoso de María Isabel Rueda.
Bajamos en el ascensor y se abre la puerta en el primer piso y una muchacha chusca aparece y pregunta con muy mala cara «¿se van a bajar?». Y para su sorpresa, nos bajamos.
La falta de computador a la mano no me permite reaccionar a la más importante noticia de estos días: ¡el Celta regresa a primera!
Y, ¿cómo reaccionar? Pues bien… ya se sabía. Je je je je je.