Archivo de May de 2005

Julito el aseador

Tuesday, 31 de May de 2005

Todos se esmeran en hablar mal de Julito porque es un superficial y todo eso pero no se dan cuenta de la importancia que tiene él como abanderado de la causa colombiana. Es una tristeza que la gente sea así y no valore la gran calidad de su trabajo y sus pataletas cuando se indigna ante las infundadas acusaciones de quien, ignorante, desconoce todo lo bueno de esta tierra que dios olvidó después de darle tanta riqueza y belleza.

Hoy Julito, el aseador de la imagen de mi país, llamó a Pedro Alonso, director de un hospital de Barcelona, a regañarlo por haber dicho que unas vacunas que nuestro glorioso Pasteur nacional, Manuel Elkin Patarroyo, había mandado allá. O algo así. El caso es que Julito se fajó porque él sabe que este país es una chimba. «Don’t forget: never come to visit beautiful Cartagena».

En cambio sí llamó a felicitar a la nueva Miss Universo —Natalie Glebota— porque un simpático coterráneo había cautivado su corazón donde, según sus palabras, «él siempre estará». «Don’t forget to visit beautiful Cartagena».

Una novela de Santiago Gamboa

Tuesday, 31 de May de 2005

A propósito de la película Perder es cuestión de método, encuentro que Santiago Gamboa hace sus novelas usando una matriz, es decir, una serie de variables que satisfacen una determinada función estructural. Aunque las partes del todo varían, el todo es el mismo al final. Dichas variables siempre son personajes, situaciones y, en menor medida, lugares.

Procedo a describirlas:

1. Un agobiado periodista es el protagonista. Se describirá como inepto, enamorado irredento de la belleza femenina —torturado incesantemente con un amor del ayer— y siempre tendrá algún problema de salud crónico e incurable. Por alguna razón, el periodista-protagonista, que se convierte en outsourcer, es reclutado por alguna entidad —oficial o clandestina— para hacer uso de las dos facetas del oficio del periodista: así como debe resolver algún grave misterio —faceta investigativa—, debe redactar algún precioso pero insignificante informe —faceta literaria—. No importa el lugar donde suceda, no importa el momento histórico, este siempre será el protagonista. En realidad lo que cambia es el nombre del periodista-protagonista, pero en el fondo es claro que sus iniciales son S. G.

2. Un sujeto de bajísimo perfil que hace las veces de escudero y marrano del periodista-protagonista. Este tipo al final sabe todo lo que al periodista se le había encomendado saber, es carne de cañón y no recibe nada a cambio. El escudero llega a la vida del periodista-protagonista de manera natural, sin mayor explicación ni justificación dentro de la historia, a manera de bella metáfora de las «moscas en el oído» y «pajaritos que cuentan» que tienen todos los periodistas, excepto yo.

3. Una mujer bellísima que sacia el alma y la romántica necesidad carnal del periodista-protagonista. A la larga se sabe que dicha mujer es perfectamente prescindible en función de la misteriosísima historia policíaca que se desarrolla y sin embargo es también protagonista del final de la novela.

4. Un sujeto de alto cargo que le encomienda al periodista-protagonista la misión de resolver un importante caso que las autoridades competentes por sus conocidas virtudes no son capaces de esclarecer. Los oscuros mundos que representa este alto cargo son reflejo de que lo único que vemos tú y yo, simples mortales, es la punta del iceberg y que todo es mentira.

5. Un misterioso caso irresuelto. Un muerto, un libro robado, una red clandestina de distribución de mercancías.

6. Unos tres personajes «malos» que están envueltos de cabo a rabo en el caso no resuelto que se le encarga al periodista-protagonista.

7. Al menos una secta o comunidad de interpretación de lo más simpática y extraña.

Con estos sencillos elementos cualquiera puede ser Santiago Gamboa y hacer novelas publicables en Colombia, España, Francia, Italia y otros países. Señor y señora de a pie: ¡anímese! ¡Usted también puede ser Santiago Gamboa!

La nada

Tuesday, 31 de May de 2005

Cuando era niño lloraba de pensar en «la nada». Imaginaba el mundo sin mi existencia; cuando uno deja de existir deja de existir el mundo. Y como la nada no puede concebirse realmente, pensar en ella era tan agotador que no podía dormir. La pregunta sobre el sonido que hace un árbol en un bosque donde no hay nadie: nada. Me preguntaba qué podría ser de esos presentadores de noticias que decían «gracias por su atención, buenas noches». ¿Qué tal que nadie, absolutamente nadie, estuviera viendo el noticiero? Nada. La nada.

La vida sin mí hace más desoladora la pregunta por la nada. Pero no es destructiva. Tampoco es cursi ni clichesuda porque es honesta, verosímil y convincente: es la antítesis de Mi vida.

La música es excelente y conmovedora. El final, innecesario.

Ya lo que pasó, pasó

Monday, 23 de May de 2005

Estoy desolado. También asolado. Este miércoles 18 de mayo, por segunda vez en dos meses, robaron mi casa. Esta vez fue con armas de fuego en mano, siendo yo víctima de amenazas verbales, potenciales y contundentes. Tras ser encerrado en el baño del estudio y haber jurado por mi madre muerta que no había ninguna maldita caja fuerte boyante de lingotes de oro y piedras preciosas, mis aposentos fueron despojados de todo ―o casi todo, porque el Betamax no se lo llevaron― aparato electrónico y un insignificante reloj de pared.

Raudas y veloces, las autoridades competentes llegaron a mi casa pocos minutos después de haber llamado al 112. Claro, debí llamar cinco veces antes de que me contestaran en la central, porque siempre sonaba ocupado. Dos rechonchos agentes, egregios representantes de la Policía Nacional de Colombia, tuvieron a bien decirme que no era culpa de ellos que se robaran mi casa ni ninguna otra en mi sector porque ellos eran cuatro agentes para un radio muy grande. Agregaron que ellos cuidaban su propia casa y ya. Y se despidieron llamándome estúpido, argumentando que hasta un niño de diez años sabe que no hay que abrirle la puerta a extraños. Ah, claro, es que entendieron que uno es tan huevón para decir «Buenos días, señor extraño con armas y sus cuatro compañeros. Por favor sigan y róbenme».

Poco después, una segunda patrulla se hizo presente en mi casa. Esta vez uno de sus miembros, que ya había estado dos meses antes, me hizo la misma pregunta de la otra vez: «¿Qué quiere usted que haga la Policía Nacional?» Le respondí que me preocupaba notablemente que me tuviera que preguntar eso, a sabiendas de que yo, ciudadano común y corriente de la República de Colombia, desconocía mi condición de Comandante de la Policía. «Que los cojan», dije. «Ya lo que pasó, pasó», dijo el agente haciendo referencia a un reguetón, por no usar el típico cliché nacional «deje así». «Pues que no vuelva a pasar, porque es la segunda vez en dos meses, usted lo sabe», agregué. «Ponga trancas. Vea, ahí las tiene», dijo el otro mientras señalaba mis trancas. «Yo cuido mi casa. ¡Y soy policía!», me explicó. «Pues en veintitrés años que llevo viviendo aquí nunca me habían robado», dije, ya exaltado. «Ya lo han robado dos veces. Esos eran otros tiempos», me contestó. «¡“Otros tiempos” era hace dos meses, cuando no venían a atracarme cada dos meses!». Pero los agentes se fueron en su moto, raudos y veloces, indignados por mis majaderías y sin saber qué hacer, como es natural en ellos.

Si alguna vez un policía le pregunta qué hacer podría usted responderle (nota: basado en hechos de la vida real):

-Llame a SS Papa Benedicto XVI.
-Muérdase un codo
-Mate a porrazos a un niño.
-Concierte para delinquir.
-Haga amigos.
-Busque el Santo Grial.
-Sobórneme.
-Chantajéeme.
-Ice el pabellón nacional.
-Vístase mejor.
-Sea corrupto para mí.
-Haga que su caballo se orine sobre ellos.
-Vaya a cobrar su parte del robo.
-Hable bien.

Cuando Uribe haga un consejo comunal en Bogotá, voy a pedirle que me reponga mis aparaticos que me robaron los rateritos, que así es como se hacen las cosas aquí. Porque, bueno… a mí me robaron. Pero aquí estoy entero, sano y salvo. Pero cuando a la gente la secuestran, la vuelven mierda o la matan es la misma respuesta: «Ya lo que pasó, pasó». Y no es chistoso.

Lisboa

Wednesday, 18 de May de 2005

Cuando comienzan a verse las primeras luces de la mañana el bus entra al puente Vasco da Gama. Los vidrios parecen empañados pero es la niebla corta que hay sobre el Tajo. El olor de la sal engaña porque lo que parece el mar es realmente el río, que en Toledo era de estrecho cauce.

Lisboa com suas casas
De várias cores,
Lisboa com suas casas
De várias cores,
Lisboa com suas casas
De várias cores …
À força de diferente, isto é monótono.
Como à força de sentir, fico só a pensar.
Se, de noite, deitado mas desperto,
Na lucidez inútil de não poder dormir,
Quero imaginar qualquer coisa
E surge sempre outra (porque há sono,
E, porque há sono, um bocado de sonho),
Quero alongar a vista com que imagino
Por grandes palmares fantásticos,
Mas não vejo mais,
Contra uma espécie de lado de dentro de pálpebras,
Que Lisboa com suas casas
De várias cores.
Sorrio, porque, aqui, deitado, é outra coisa.
A força de monótono, é diferente.
E, à força de ser eu, durmo e esqueço que existo.
Fica só, sem mim, que esqueci porque durmo,
Lisboa com suas casas
De várias cores.

Álvaro de Campos (F. Pessoa)

Tres hechos

Sunday, 15 de May de 2005

Tres hechos sucedieron esta semana. Algunas palabras:

1. Los comentaristas de fútbol son irresponsables. Se les permite serlo porque prácticamente a nadie le importa que sean de otra manera. No importa si confunden Suecia con Suiza o Irán con Irak; no importa si pronuncian mal los nombres de los jugadores de la liga de Inglaterra o de Albania. Importa un poco si con un par de palabras le dañan la vida a un jugador, inflándolo o destruyéndole la moral. Pero al final tampoco importa mucho, que al fin y al cabo jugadores hay muchísimos en cambio comentaristas sólo hay cuatro o cinco desde los legendarios años de la panela. En fin, la diferencia entre lo que pueda decir un taxista hablador un domingo por la tarde y un comentarista deportivo es la misma que hay entre un alfiler y una aguja.

Esos mismos comentaristas irresponsables, en virtud de los hechos del miércoles en El Campín, se convierten en sociólogos y analistas políticos. Apenas atinaron a decir lo mismo de siempre: «son esos jovencitos que van al estadio a ser vándalos, a hacer fechorías, malandrines, pillos que ni van a ver fútbol».

Por supuesto, hay que ser más que malandrín para apuñalar a alguien hasta matarlo. Pero lo más importante es que eso no sólo implica un grado de criminalidad que va mucho más allá del vandalismo, sino las razones. A pesar de la cara de enajenamiento y furia de los criminales —que pueden verse en las fotos—, debió haber algún motivo para que tres personas fueran apuñaleadas en el estadio.

Pero como los comentaristas viven en el tercer piso de El Campín y nunca pagan boleta, no saben todas las porquerías que pasan y han pasado en las tribunas sur y norte del estadio de Bogotá y de las mafias que, fuera el estadio, favorecen que tales cosas pasen. Tampoco saben de los grados de organización de esas barras; ni siquiera los intuyen. No se les ocurre preguntarse por qué unos garsas apuñalearon a otros garsas iguales. «Es la misma violencia de nuestros campos que se vive en los estadios», habrán dicho alguna vez.

Punto aparte, hace años que llevan echándole la culpa «a la violencia» de espantar al hincha del estadio. Pero no saben que desde hace más o menos ocho años los precios de las boletas han subido espantosamente y, claro, la calidad va en dirección diametralmente opuesta. Tampoco se les ocurre que, curiosamente, el estadio se llena más cuando hay partidos que —mira qué chistoso— resultan potencialmente más peligrosos: los clásicos, como el del miércoles.

Pero bueno, a quién le importa eso al fin y al cabo. Ah, sí: es que resulta grave que por ser un hecho relacionado con el fútbol sean ellos quienes lo comenten, claro, irresponsablemente.

2. Alberto Santofimio fue detenido porque podría ser el autor intelectual del asesinato de Luis Carlos Galán. A pesar de lo que pone Vladdo en su última caricatura, a mí sí me sorprendió el asunto. Primero, porque no estaba al tanto de los chismecitos. Segundo, porque no pensaba que ese politiquero ladrón fuera capaz de eso. Creía, acaso ingenuamente, que era un gran ladrón más.

Buenísimo que algo se sepa. Como puso Caballero hoy, al menos hay interés en saber quién es el autor intelectual de un magnicidio en Colombia. Pero el más grave magnicidio sigue no sólo sin resolverse sino prácticamente olvidado: la masacre sistemática de la UP.

3. En El Tiempo salió ayer un artículo en el que se muestra que el cuentico de la corrupción podría estar comenzando a pasarle factura a Uribe. ¿Qué se puede decir? Que ya era hora. Ojalá le cancelen la cuenta en mayo del próximo año. O antes. Si es antes, mejor.

De médicos y meretrices

Sunday, 8 de May de 2005

Según la costumbre es una novela de Gonzalo Mallarino Flórez que salió en 2003. Son las tribulaciones de un médico en su guerra contra la sífilis y un proxeneta. Aunque en la contraportada dice que la historia se desarrolla en Bogotá a finales del siglo XIX, la verdad es que todo pasa a comienzos del siglo XX, después de la Guerra de los Mil Días, tal vez antes de o durante el quinquenio de Reyes.

El libro se deja leer rápidamente. Para quien tenga la lectura como costumbre puede acabar con el libro en uno o dos días. Yo lo acabé a seis golpes de bus. Mallarino escribe de manera muy relajada, tal vez trascribe lo que antes ha grabado. En todo caso es como si a uno le contaran la historia con la voz.

Sin embargo me dejó muchas inquietudes relativas a la forma como se documentó Mallarino. No sólo porque muchos episodios están llenos de palabras relativas a procedimientos e instrumental médico, sino por la disposición geográfica de los lugares y las cosas que menciona. Parece que hubiera uno que otro anacronismo y no se sabe en qué año exactamente se desarrolla la novela. ¿A qué debe creérsele más? ¿A los puntos de referencia cronológica o a la forma de ser de los personajes de la novela?

Me gustaría conocer la opinión sobre esta novela del profesor Germán Mejía Pavony, historiador de la Javeriana y experto en Bogotá durante los siglos XIX y comienzos del XX.

La franqueza de Excusado

Wednesday, 4 de May de 2005

Llegó a mis manos el último ejemplar de El Franco —ese periódico que se niega a morir o que se niega a dejar de vivir en el pasado o que tiene un metabolismo digno de un oso que hiberna: a lo largo de mi vida uniandina de 5 años han sacado sólo quince ediciones—. En la página 22 de la edición abril-mayo de 2005 aparece un artículo llamado «Ciudad excusada», escrito por Manuela Montoya (antropóloga) y Robert Max Steenkist —literato, si no me equivoco—. El título es bastante elocuente: una vez más, ahí están los chicos de Excusado.

En el cuarto párrafo aparece lo siguiente: «…las imágenes de este y otros colectivos quieren hablar por los sectores que gracias a las modas y al comercio han quedado rezagados al silencio […] aseguran [los integrantes] que quieren hablar por aquellos que no están siendo representados ni reconocidos». Quién sabe si eso lo dijeron en serio.

Supongamos que sí. Entonces lo dicho resulta un tanto contradictorio con respecto a las afirmaciones que hizo Ómar Delgado (alias Stinkfish) en el foro de este blog. Porque según eso, primero, Excusado no busca hacer nada más allá de poner a la gente a pensar o a envidearse; segundo, ellos no han sustraído nada de ninguna parte para apropiarse y mostrarlo.

Pero, según lo que le dijeron a los juiciosos reporteros uniandinos, ellos son, como Dago García y Mauricio Navas, paladines y defensores de la subalternidad, de lo que se ve amenazado por la moda y el comercio. ¿Defensores de «lo auténtico»? Noble propósito. Eso es otra cosa. Pero también es darme la razón de nuevo. Igual qué, si tomar en serio a Excusado va a ser siempre un despropósito.

Salpicó la polisemia

Wednesday, 4 de May de 2005

De nuevo le robo a Pixtorm un link. Espero que no pierdan mucho el tiempo

Drama a pie

Tuesday, 3 de May de 2005

La sombra del caminante es una película sobre una simpática amistad, profundamente histérica y enfermiza. Es bueno que después de las casi dos horas de aletargados ires, venires y discontinuidades espacio temporales se encuentre la aparente moraleja.

«¡Esta agua sabe a mierda, hermano!»

Ventaja: el blanco y negro ayuda a quitarle lo caspiado (del cine y la vida cotidiana) al centro de Bogotá.

Desventaja: si yo bruto, no entender complejo universo de sentido de pretencioso realizador Universidad Nacional.