A propósito de los horribles disturbios que protagonizaron todos esos personajes de Hip Hop al Parque —que son peores que negros porque se creen negros sin serlo—, mucha gente anda defendiendo a Rock al Parque de los señalamientos que se hicieron inmediata y naturalmente en su contra. Cada vez queda más claro para la respetable ciudadanía de este pueblo esencialmente mockusiano, pro zanahorio, que todos los que escuchan cualquier música alejada de las maracas, los bongoes y el acordeón sabanero son unos desadaptados necesariamente violentos y borrachos.
Las cosas, en realidad, comienzan por casa. El festival, como sus defensores, se ha encargado de mostrar como algo completamente diferente a esa imagen que la inmensa mayoría se hace. Pero haciendo eso termina metiéndose en el mismo juego. Si la gente cree que el rock es odio y patadas irracionales entonces el lema del festival es un cursísimo «días de extrema convivencia» o «vida, máximo respeto». Si la gente cree que los que oímos eso que llaman rock somos borrachos y mariguaneros —y, más exactamente, que por eso mismo somos unos irracionales belicosos—, se prohíbe el consumo de alcohol. Lo de las drogas es otra historia.
La otra defensa es decir que los asistentes que la embarran son unos pocos, que así no es la inmensa mayoría. Eso puede ser perfectamente cierto. Pero entonces hay gente que comienza a echarle la culpa al trago como si efectivamente fuera un brebaje lleno de demonios, como solía creerse cuando se inventaron el término «bebidas espirituosas». Nadie critica los bares de cualquier tipo, que son lugares para emborracharse y escuchar música. En los bares el 90% de la gente está borracha o prenda y oyendo música porque a eso van. Y mucha gente, Virgen Santísima, suele tener la iniciativa de consumir sustancias prohibidas.
En los festivales de rock en que he estado (South Side en Alemania y Quilmes Rock en Argentina) se vende cerveza sin problemas. Toca, en primer lugar, porque son patrocinadores. En segundo lugar, al parecer, sencillamente es posible porque la gente no tiene síndrome de posesión. Y probablemente las autoridades no tienen síndrome de exorcista. Claro que hay gente que jode, pero la controlan, como harían en cualquier bar con el que se lo quiera poner de ruana (a veces, como hemos visto, con consecuencias bastante trágicas).
El punto es que prohibir el consumo de alcohol en Rock al Parque es una actitud paternalista y prohibicionista de la Alcaldía y de las autoridades competentes, que se declaran abiertamente así. Pero también es una forma de señalar a los asistentes como gente esencialmente irresponsable porque escuchan un determinado tipo de música. Eso es lo más grave. No es para nada descabellado decir que sí hay gente que realmente cree que el rock es música del demonio y que escucharlo aliena el alma más allá del Purgatorio. Y quienes dicen eso probablemente jamás han escuchado doom, death, thrash o black metal sino a los mariconazos de Def Leppard. O vivían por el lado del Campín en diciembre de 1992, cuando recuerdo muy bien que todos los noticieros mostraban alguna nota sobre lo satánicos que eran los Guns ‘n Roses.
Los policías y las autoridades competentes no tienen la empresa de acabar con Rock al Parque o con el fútbol, como ya acabaron con la rumba más allá de las dos de la mañana, porque haya unos cuantos desadaptados. El fondo de todo esto es una actitud conservadora —que por aún tener cabida hoy es retrógrada— y homogenizante debidamente cobijada por el imbécil prejuicio, compartido por la inmensa mayoría de ciudadanos de esta ciudad de mierda, de que todo tiene que ser «para toda la familia». Andrés López sí cuenta chistes sanos —clasistas pero sanos—, en cambio Gonzalo Valderrama es un señor muy grosero. En los estadios antes no se oía ni una grosería y la gente se está putiando. En las obras del Festival de Teatro salen niñas empelotas y no hay payasos para mis pequeños. El cine nacional es pura violencia y no hay lindas historias en que Colombia sea pasión. Largo etc.
Por eso quiero cerrar esto con dos frases del más puro odio de Odio a Botero, grupo que fue censurado alguna vez en la también siempre muy bienpensante Medellín de tiempos de Fajardo porque cómo así que alguien odiaba a ese egregio precursor de Shakira y Juanes:
En la calle o el colegio
siempre te encuentras con algunos ineptos,
con soldados, policías
o algunos sapos que se creen de la CIA.
Y con ellos debemos acabar.
Mátalos y reclama un celular.